POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /
La transformación de la guerra entre el siglo XX y el XXI no puede comprenderse únicamente como una evolución tecnológica del combate. Es, ante todo, una mutación del vínculo entre violencia, política, legitimidad y poder.
Durante buena parte del siglo XX, la guerra fue interpretada desde una lógica estatal, industrial y territorial: ejércitos nacionales, frentes definidos, objetivos militares identificables y una relación relativamente directa entre victoria en el campo de batalla y resultado político. Sin embargo, el tránsito hacia el siglo XXI ha erosionado esa claridad. La desaparición progresiva del orden liberal unipolar, el retorno de la competencia entre grandes potencias, la proliferación de actores no estatales y la expansión de dominios como el ciberespacio han vuelto más difusa la frontera entre guerra y paz, defensa y coerción, necesidad y elección.
De la guerra industrial a la guerra política expandida
El siglo XX estuvo marcado por guerras de masas, movilización industrial y choque entre Estados. Las dos guerras mundiales, la Guerra Fría y los conflictos de descolonización consolidaron una idea central: la guerra era un instrumento extremo de la política estatal. En ese marco, la victoria táctica —la destrucción de fuerzas enemigas, la ocupación territorial o la superioridad operacional— podía considerarse condición necesaria para imponer una decisión política.
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No obstante, incluso en ese período, la experiencia histórica mostró que el éxito militar no siempre equivalía a éxito estratégico. Vietnam, Afganistán y múltiples guerras de liberación nacional demostraron que un actor militarmente inferior podía sobrevivir políticamente si lograba sostener su voluntad, erosionar la legitimidad del adversario y prolongar el conflicto hasta convertir el costo político en inaceptable.
En el siglo XXI, esa tendencia se intensifica. La guerra ya no se limita al choque armado entre fuerzas regulares; se desplaza hacia escenarios híbridos donde intervienen campañas de información, presión económica, operaciones encubiertas, terrorismo, insurgencia, ‘lawfare’ (guerra jurídica), sabotaje, coerción energética y competencia tecnológica.
La guerra contemporánea no busca siempre conquistar capitales o destruir ejércitos; muchas veces pretende modificar percepciones, fragmentar sociedades, negar acceso a espacios estratégicos, paralizar decisiones políticas o imponer hechos consumados por debajo del umbral de una guerra declarada.
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“Guerras de necesidad” y “guerras de elección”: una frontera cada vez menos estable
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, los conceptos de «guerra de necesidad» y «guerra de elección» adquirieron centralidad en el debate estratégico. Richard Haass distinguió entre la guerra del Golfo de 1990-1991, entendida como una guerra de necesidad por responder a la invasión iraquí de Kuwait y contar con amplio respaldo internacional, y la guerra de Irak de 2003, considerada una guerra de elección por basarse en una decisión preventiva y discrecional, con alternativas políticas disponibles. Esta distinción permitió ordenar el debate sobre legitimidad, proporcionalidad y prudencia estratégica.
Sin embargo, en el actual entorno internacional esa frontera se ha vuelto más ambigua. Las amenazas rara vez aparecen como ataques convencionales inmediatos; se manifiestan como acumulaciones graduales de riesgo: milicias patrocinadas, ataques cibernéticos, desinformación, coerción económica, expansión territorial limitada o uso de proxies (guerras por delegación).
En ese contexto, los Estados presentan acciones preventivas como necesarias para evitar amenazas futuras, mientras que sus adversarios las denuncian como guerras de elección. La necesidad se politiza y la elección se securitiza.
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Desvanecimiento del orden liberal y retorno del equilibrio de poder
El orden liberal posterior a la Guerra Fría se apoyó en la premisa de que la interdependencia económica, las instituciones multilaterales y la expansión de normas democráticas reducirían la guerra interestatal. Pero el ascenso de potencias revisionistas, la competencia entre grandes poderes, la crisis de legitimidad de las instituciones internacionales y la militarización de la economía han debilitado esa expectativa.
El sistema internacional vuelve a parecerse menos a una comunidad normativa y más a un espacio de competencia estratégica donde los Estados calculan riesgos, zonas de influencia y capacidades de disuasión.
En este escenario, la guerra recupera una función clásica: alterar o preservar equilibrios de poder. No obstante, lo hace con formas nuevas. La disuasión nuclear continúa limitando la guerra total entre grandes potencias, pero no elimina la confrontación; la desplaza hacia guerras indirectas, conflictos regionales, competencia tecnológica, presión sobre cadenas de suministro y operaciones por debajo del umbral convencional.
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El equilibrio de poder del siglo XXI no se mide solo en divisiones, portaaviones o misiles, sino también en resiliencia social, control de datos, autonomía energética, capacidad industrial, superioridad informacional y cohesión política interna.
Clausewitz, Liddell Hart y van Creveld: del triunfo táctico al resultado político
El estratega militar prusiano Carl von Clausewitz (1780-1831) afirmó que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Su tesis no reduce la guerra a la batalla; al contrario, subordina la violencia al propósito político. La victoria táctica solo tiene sentido si contribuye a quebrar la voluntad del adversario o a crear condiciones favorables para la decisión política.
El capitán e historiador militar inglés Henry Liddell Hart (1895-1970) profundizó esa intuición al insistir en que el objetivo de la guerra no es simplemente destruir al enemigo, sino alcanzar una paz mejor desde la perspectiva política del vencedor. La estrategia, por tanto, debe medir el éxito no por la magnitud del daño infligido, sino por la utilidad política del resultado.
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La pregunta central es entonces: ¿por qué una victoria táctica clausewitziana no garantiza hoy el éxito estratégico que advierte el teórico militar israelí Martin van Creveld? La respuesta está en la transformación del escenario.
Van Creveld cuestionó la suficiencia del modelo estatal-trinitario de la guerra cuando los conflictos posteriores a 1945 mostraron actores armados no estatales, guerras de baja intensidad, terrorismo, insurgencias, identidades religiosas o étnicas y violencia organizada que no encaja plenamente en la lógica Estado-ejército-pueblo. En esas condiciones, derrotar militarmente a una fuerza no equivale necesariamente a destruir la causa política, la red social, la narrativa legitimadora o el incentivo estratégico que sostiene el conflicto.
El logro de los escenarios como objetivo político
El logro del objetivo político, en la guerra contemporánea, puede entenderse como la capacidad de producir un escenario final favorable, sostenible y legitimado. No basta con degradar capacidades militares enemigas; es necesario configurar un entorno político en el que el adversario no pueda, no quiera o no necesite continuar la confrontación.
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Ese escenario puede adoptar varias formas: disuasión efectiva, negociación ventajosa, control territorial estable, neutralización de una amenaza, restauración de la autoridad estatal, contención regional o preservación de la credibilidad internacional.
La dificultad reside en que los escenarios contemporáneos son multidimensionales. Una operación puede ser tácticamente exitosa y estratégicamente contraproducente si genera radicalización, colapso institucional, rechazo internacional, crisis humanitaria o pérdida de legitimidad interna.
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Del mismo modo, una fuerza puede perder combates y, aun así, ganar políticamente si conserva capacidad de resistencia, explota la narrativa de victimización o transforma el tiempo en un recurso estratégico.
La guerra actual premia menos la victoria inmediata que la capacidad de administrar consecuencias.
Superioridad operacional sin garantía estratégica
Desde el punto de vista militar, el siglo XXI ha ampliado el campo de batalla. La precisión, la Inteligencia Artificial (IA), los drones, la vigilancia satelital, la guerra electrónica y el ciberespacio permiten golpear con rapidez y profundidad. Pero también reducen la estabilidad del combate: actores menores pueden adquirir capacidades disruptivas, negar superioridad aérea, atacar infraestructura crítica o erosionar la voluntad política de sociedades tecnológicamente avanzadas.
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La asimetría ya no consiste solo en enfrentar tanques con guerrillas; también puede consistir en enfrentar portaaviones con misiles antibuque, Estados con hackers, ejércitos con enjambres de drones o democracias abiertas con campañas de desinformación.
Por ello, la planificación militar contemporánea debe integrar objetivos tácticos, efectos operacionales y consecuencias políticas desde el inicio. La destrucción de capacidades enemigas es insuficiente si no se acompaña de gobernanza, legitimidad, control narrativo, protección de la población y una teoría realista del desenlace.
En otras palabras, la pregunta decisiva no es solo «¿podemos vencer?», sino «¿qué escenario producirá esa victoria y quién podrá sostenerlo?».
Legitimidad, narrativa y voluntad
La dimensión política de la guerra contemporánea se ha vuelto más exigente porque las sociedades observan, juzgan y disputan la guerra en tiempo real. La legitimidad ya no depende solo del derecho formal o del respaldo estatal; también se define en el espacio mediático, diplomático y moral.
Una intervención puede perder apoyo si sus costos humanos, económicos o reputacionales superan la percepción de amenaza. Así, la voluntad política se convierte en centro de gravedad: quien conserve cohesión interna, apoyo externo y narrativa estratégica puede resistir incluso frente a una inferioridad militar significativa.
Esto explica por qué las guerras por elección son cada vez más riesgosas. Al no derivar de una agresión inmediata e indiscutible, requieren una justificación política más robusta, una evaluación más prudente de los costos y una estrategia de salida más clara. Cuando esas condiciones fallan, la guerra puede producir el efecto contrario al buscado: debilitar al Estado que la inicia, fortalecer a sus adversarios, fragmentar regiones enteras o erosionar el orden que pretendía defender.
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Competencia continua por escenarios favorables
La transformación del conflicto bélico entre los siglos XX y XXI demuestra que la victoria táctica ya no puede confundirse con el éxito estratégico. Clausewitz sigue siendo indispensable porque recuerda que la guerra está subordinada a la política; Liddell Hart complementa esa visión al exigir que la acción militar conduzca a una paz políticamente útil; y van Creveld obliga a reconocer que los escenarios contemporáneos desbordan el marco estatal clásico y multiplican actores, motivaciones y formas de violencia.
En un mundo donde el orden liberal se desvanece y el equilibrio de poder retorna, la guerra deja de ser un episodio excepcional para convertirse en una competencia continua por escenarios favorables.
Por eso, el objetivo político no es simplemente vencer en el campo de batalla, sino producir una situación final sostenible, legítima y coherente con los intereses estratégicos de la nación.




