POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /
América Latina atraviesa una encrucijada histórica. En un escenario internacional marcado por la crisis de la hegemonía estadounidense, la consolidación de China como actor económico global, la emergencia de nuevas potencias y la disputa por minerales estratégicos, Washington ha vuelto a mirar la región no como un espacio de cooperación entre iguales, sino como una zona de influencia que considera indispensable recuperar.
Bajo el Gobierno de Donald Trump, esa orientación se expresa con mayor crudeza: presión electoral abierta, coerción económica, amenazas militares, endurecimiento migratorio, bloqueo contra Cuba, hostigamiento contra gobiernos no alineados y una narrativa de seguridad que convierte al narcotráfico, la migración y la presencia china en justificaciones de intervención.
Una larga genealogía de intervencionismo
La actual ofensiva estadounidense no es nueva. Se inscribe en una tradición de más de dos siglos que comenzó con la Doctrina Monroe de 1823, formulada inicialmente como advertencia contra la intervención europea en el continente, pero convertida progresivamente en fundamento ideológico de la tutela estadounidense sobre América Latina. A comienzos del siglo XX, el Corolario Roosevelt y la política del Big Stick ampliaron esa pretensión al justificar la intervención directa en los asuntos internos de los países latinoamericanos bajo el argumento de preservar el orden, proteger inversiones o garantizar la seguridad hemisférica.
Desde entonces, la región ha conocido múltiples modalidades de intervención: ocupaciones militares, apoyo a golpes de Estado, patrocinio de dictaduras, operaciones encubiertas, bloqueos económicos, condicionamientos financieros, campañas mediáticas, persecución judicial contra liderazgos progresistas y guerras declaradas contra enemigos móviles como el comunismo, el terrorismo, el narcotráfico o la migración.
Cambian los lenguajes y los instrumentos; permanece la lógica estratégica: impedir que América Latina actúe como sujeto soberano y coordinado en el sistema internacional.
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La región en la disputa mundial por recursos, rutas y poder
La renovada importancia de América Latina se explica por tres factores principales. Primero, la región posee recursos decisivos para la transición energética y tecnológica: litio, cobre, niobio, agua, biodiversidad, hidrocarburos, alimentos y tierras raras.
Segundo, varios países latinoamericanos han profundizado vínculos comerciales, financieros e infraestructurales con China, que se ha convertido en socio clave para exportaciones, inversión y obras estratégicas. Tercero, el continente conserva una posición geográfica central para el control de rutas marítimas, corredores logísticos, flujos migratorios y accesos bioceánicos.
En ese contexto, la política de Washington no puede leerse únicamente como reacción coyuntural de una administración determinada. Responde a una disputa estructural por cadenas globales de valor, energía, datos, defensa, tecnología y control territorial indirecto.
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La presencia china en sectores como el litio, el cobre, los puertos y la infraestructura logística ha encendido alarmas en el establishment estadounidense, que interpreta cualquier autonomía latinoamericana como pérdida de influencia estratégica.
Trump y el retorno explícito de la coerción hemisférica
La particularidad del trumpismo no consiste en haber inventado el intervencionismo, sino en haberlo despojado de buena parte de sus envolturas diplomáticas. La presión sobre procesos electorales, el respaldo abierto a candidaturas ideológicamente afines, la amenaza de sanciones, el uso político de aranceles, la militarización del Caribe y la pretensión de condicionar gobiernos mediante la agenda de seguridad revelan una forma más descarnada de poder imperial. En lugar de producir consenso, Estados Unidos busca imponer obediencia.
Esta orientación expresa una paradoja: cuanto menor es la capacidad estadounidense de sostener su hegemonía global mediante legitimidad, instituciones y promesas de prosperidad compartida, mayor es la tentación de recurrir a mecanismos coercitivos.
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El declive irreversible de Estados Unidos frente a China, Rusia, India y otras potencias no vuelve menos peligrosa a Washington; por el contrario, la hace más agresiva en su zona histórica de influencia, precisamente porque percibe que allí se juega una parte de su autoridad mundial.
Cuba, México y la nueva gramática de presión
Cuba sigue siendo el caso más persistente de castigo geopolítico en el hemisferio. El bloqueo económico no solo busca presionar a un gobierno, sino enviar un mensaje disciplinador al conjunto de la región: cualquier proyecto que desafíe la subordinación puede ser sometido a asfixia financiera, aislamiento diplomático y desgaste social prolongado. En esa lógica, la sanción opera como pedagogía del miedo.
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México ocupa un lugar especialmente sensible. Washington exige resultados frente al narcotráfico, amenaza con medidas unilaterales y presiona al Gobierno de Claudia Sheinbaum, pero elude con frecuencia la responsabilidad estructural de su propio mercado de armas y drogas.
Diversas estimaciones y reportes oficiales estadounidenses han reconocido que una proporción mayoritaria de las armas recuperadas en México proviene de Estados Unidos. La contradicción es evidente: se externaliza la culpa hacia México mientras se protege el entramado comercial, político y legal que facilita el flujo de armamento desde territorio estadounidense.
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A ello se suma la injerencia electoral como mecanismo de reordenamiento político regional. El apoyo explícito a candidatos afines, la estigmatización de gobiernos progresistas, el uso de sanciones selectivas y la articulación con élites económicas y mediáticas locales configuran una estrategia de intervención menos clandestina que en el pasado, pero no menos eficaz.
La disputa ya no se libra solo mediante tanques o embajadas; también se libra mediante algoritmos, financiamiento, tribunales, calificadoras de riesgo, plataformas digitales y campañas de miedo.
Escenarios de prospectiva política
Escenario de subordinación fragmentada. Si los países latinoamericanos responden de manera aislada, Washington podrá negociar bilateralmente desde posiciones de fuerza, premiando gobiernos alineados y castigando a quienes busquen autonomía. Este escenario profundiza la dependencia financiera, la militarización de la seguridad, la privatización de recursos estratégicos y la competencia entre países vecinos por atraer inversiones bajo condiciones desventajosas.
Escenario de pugnacidad y desestabilización. La presión estadounidense puede intensificar fracturas internas, alimentar discursos de odio, erosionar instituciones electorales y promover salidas autoritarias bajo la promesa de orden. En este escenario, la democracia formal sobreviviría debilitada, mientras decisiones estratégicas sobre recursos, seguridad y política exterior quedarían capturadas por intereses externos o corporativos.
Escenario de autonomía concertada. La alternativa consiste en construir una estrategia regional de soberanía, integración y solidaridad efectiva. Ello implica coordinar posiciones en organismos multilaterales, defender la no intervención, fortalecer mecanismos de solución pacífica de controversias, crear cadenas regionales de valor, negociar colectivamente con China, Estados Unidos y la Unión Europea, y proteger los minerales críticos bajo criterios de industrialización, justicia ambiental y beneficio social.
Hacia una estrategia latinoamericana de soberanía
La respuesta de los sectores democráticos y progresistas latinoamericanos que están en abierta oposición a los gobiernos entreguistas de ultraderecha no puede limitarse a la denuncia. Requiere proyectar una región emancipada en la que haya capacidad estatal, coordinación diplomática, integración energética, cooperación en defensa, soberanía tecnológica, regulación de plataformas digitales, control público sobre recursos estratégicos y una política común frente al tráfico de armas. También exige democratizar la información, proteger los procesos electorales de la injerencia externa y reconstruir proyectos nacionales capaces de ofrecer seguridad, empleo, derechos y horizonte de futuro.
La región enfrenta, en suma, una disyuntiva civilizatoria: aceptar una nueva fase de subordinación bajo el lenguaje de la seguridad y el mercado, o avanzar hacia una integración soberana capaz de negociar con todos los polos de poder sin someterse a ninguno.
América Latina no está condenada a ser patio trasero, zona de sacrificio o reserva de recursos para potencias externas. Su posibilidad histórica depende de convertir la memoria de las intervenciones pasadas en estrategia común para el presente y en proyecto político para el futuro.



