POR OMAR ROMERO DÍAZ /
El problema no es quién llegó al solio de Bolívar, sino cómo lo dejamos llegar.
El pasado lunes 10 de agosto, mientras un terremoto sacudía a Colombia y el volcán Puracé escupía ceniza, un video proyectaba imágenes desgarradoras por la tragedia, se observaba también al nuevo Presidente, al Vicepresidente y al Alcalde de Medellin bailando en las ferias de esta ciudad, sin que se haya nombrado al titular de la Unidad de Gestión de Riesgos y Desastres, por lo que ante esta conjunción de percepciones es válido plantearse las siguientes inquietudes: ¿llegará la ayuda humanitaria como debe ser? ¿Se logrará aprobar una reforma a la salud que tanto se necesita? Este Presidente no tenía que estar ahí, su gabinete está lleno de gente con problemas con la justicia y, para rematar, parece que todo esto es una estrategia de Estados Unidos para tener a América Latina controlada.
Es entendible la indignación. De verdad que sí. Ver a un político sin trayectoria, rodeado de funcionarios cuestionados y con denuncias penales encima, es para alarmarse. Pero si nos quedamos solo con esa idea, nos vamos a perder lo más importante.
Porque la historia no es tan sencilla como plantearse el por qué alguien sin mérito ni trayectoria llegó al poder. La historia es mucho más grave: es un sistema podrido que lleva décadas funcionando, y este nuevo dignatario es solo el espejo de esa podredumbre.
Primero, hablemos de los 13 millones de votos.

Dicen que nadie con “esa hoja de vida” podría motivar a 13 millones de colombianos para obtener su respaldo electoral. Esa gente no votó por el nuevo mandatario porque fuera un candidato carismático o porque su propuesta hubiese sido atractiva; votaron engañados por los medios de comunicación tradicionales, por el efecto algorítmico en esta era digital, por el trabajo de alienación realizado por las sectas religiosas y por los clanes politiqueros de siempre, el uribismo, el liberalismo, los conservadores, los de la U, Cambio Radical. La gente prefirió lanzarse al vacío.
Segundo, lo de “agente de Estados Unidos”. Lo que realmente hace Washington es más frío y calculador: ellos necesitan poner un empleado en la silla. Ellos se sientan a negociar con el que esté con sus intereses. Les importa el carbón, el oro, el litio y que el dólar siga mandando. Si el Presidente es corrupto o no, les da igual, siempre y cuando no se les atraviese en los negocios. Esa es la verdadera estrategia, no un complot de película.
Tercero, la mafia y la corrupción no son nuevas, en el caso colombiano son el alma del Estado.

Aquí está la patada en la mesa. ¿Que el gabinete tiene procesados por narcotráfico y lavado de activos? Claro, y eso es gravísimo. Pero ¿acaso antes no los tenían? La única diferencia es que antes los escondían. Los paramilitares siempre han estado en el Congreso, los narcos siempre han financiado campañas y el expresidente Gustavo Petro siempre lo denunció. La diferencia ahora es que este Gobierno, por inepto o por descarado, los puso a la luz pública.
El escándalo no es que la mafia esté en el poder. El escándalo es que siempre ha estado, pero antes nos vendían la idea de que éramos un país ejemplar. Ahora se rompió la careta, y duele más porque es más visible.
Cuarto, ¿y el terremoto y el volcán? ¿Cortina de humo? Aquí hay que ser serios. Los temblores y los volcanes son cosas de la naturaleza, no de la política. Aunque sí es política la manera de gestionar los desastres que afectan a la ciudadanía en general. Pero si hay una “cortina de humo”, no es la ceniza del Puracé. La verdadera cortina de humo son los políticos usando el dolor de un desastre natural para pelear por el rating, mientras el país se desangra en la calle y en la economía.

Entonces, ¿qué viene ahora? Nada bueno, pero tampoco un apocalipsis de un día para otro. Lo que viene es un país cada vez más débil, un Estado que no manda en las regiones, donde los alcaldes y gobernadores hacen lo que les da la gana con los dineros de la salud y la educación.
Vendrá más hambre, más inseguridad, y mientras tanto, el Presidente y su gabinete se enredarán en el Congreso para evitar debates de control político. En ese escenario la oposición debe proponer soluciones de fondo para la ayuda humanitaria,
Y Estados Unidos, tan campante, mirando desde afuera, esperando a que el precio del petróleo suba o baje.

La pregunta no debe ser: ¿este mandatario es un agente? La pregunta es: ¿Por qué nuestro sistema permite que cualquier persona con dinero sucio o con padrinos pueda llegar a la Presidencia?
Mientras sigamos preguntándonos si el Presidente es bueno o malo, pero no nos atrevamos a cambiar las reglas de juego (la financiación de campañas, la justicia paquidermia, que nunca castiga a los grandes, si no a los más necesitados), seguiremos alquilados.
No a Estados Unidos. Alquilados al miedo y a la mediocridad política. El humo más tóxico no es el del volcán. Es el de nuestra propia indiferencia.



