agosto 14, 2026 11:49 am
Fidel, más allá del tiempo

Fidel, más allá del tiempo

POR ATILIO A. BORON

Invitado para homenajear el centenario de su nacimiento bastó que me sentara frente a mi computadora para que acudieran en tropel a mi mente las vivencias experimentadas cuando, estando en Cuba, me enteré de la muerte de Comandante. La escena era esta: cerca de la medianoche de aquel 25 de noviembre de 2016 me encontraba en el hotel, preparando mi valija para iniciar el viaje de regreso a la Argentina. De pura casualidad estaba la televisión prendida cuando de pronto y sin anuncio previo apareció Raúl. Sabía que la salud de Fidel había empeorado y los temores sobre su condición eran motivo de interminables especulaciones sobre su futuro inmediato.

Dejé todo lo que estaba haciendo y escuché a Raúl que iniciaba su discurso diciendo, más o menos con estas palabras, que “con profundo dolor comparezco para informar a nuestro pueblo”. Al escucharlo un relámpago tranquilizador cruzó mi mente y pensé que al Comandante lo habían trasladado a una unidad de terapia intensiva y que de eso nos iba a informar Raúl. Pero ¿morirse Fidel? Imposible, jamás. ¿Cómo se iba a morir si Fidel era la personificación viviente de Nuestra América? Su deceso equivalía a que alguien anunciara que un tremendo cataclismo geológico había arrasado con esta parte del mundo, ahora sumergida para siempre en las profundidades de los dos océanos que la flanqueaban.

Fidel Castro Ruz (13 de agosto de 1926 – 25 de noviembre de 2016).

La inmortalidad de Fidel era una premisa tan irracional como inconmovible desde que me tocó en suerte verlo por primera vez en mi vida en Santiago de Chile. La “revelación” ocurrió en una calurosa tarde del 10 de noviembre de 1971 cuando, parado en un auto descapotable al lado de su amigo y camarada Salvador Allende, lo vi pasar procedente del aeropuerto al que había arribado hacía apenas una hora dando inicio a su inolvidable visita a Chile. El auto venía a marcha lenta, casi a paso de hombre, por la avenida Costanera flanqueada en esa ocasión por miles y miles de santiaguinos. Y a Fidel lo tuve allí, a menos de dos metros saludando a quienes habíamos ido a recibirle con desbordante emoción.

Quiso la fortuna, o tal vez el atronador griterío del grupo de vocingleros estudiantes con quienes compartía ese único momento que el Comandante volteara su cabeza hacia nosotros y, con cómplice sonrisa, nos saludara haciendo la venia militar. Ese gesto, reconocimiento y venia, recorrió a todo el grupo como una descarga eléctrica, dejando la sensación de que quien nos acababa de saludar no era un simple mortal sino la reencarnación de uno de aquellos héroes de la mitología griega -un Aquiles o un Odiseo- que emergió en el Caribe para conducir a Nuestra América hacia su segunda y definitiva independencia. Y ahora estaba con nosotros e irrumpía con su uniforme verde olivo en el Chile de Allende para ver con sus propios ojos lo que luego, en su célebre discurso en la Universidad de Concepción, definiría certeramente como “el inicio de un proceso revolucionario”.

Esa poderosa impresión juvenil de un Fidel inmortal, un Fidel que sintetizaba en su persona las ansias de liberación de toda América Latina y el Caribe, un Fidel Tricontinental cuya prédica había potenciado la rebelión de los países que hoy llamamos del Sur Global y que había sido marcada a fuego en mi juventud, se desmoronó pocos segundos después cuando, continuando su alocución, Raúl anunció el fallecimiento del Comandante. Solo allí tomé conciencia de que este “ser de otro mundo” también lo era de este, y era mortal. Que había sobrevivido, según lo reconoció la propia CIA, a 638 tentativas de asesinarlo y que, sin embargo, algún día tendría que morirse. Pese a eso, a su avanzada edad y a sus dolencias, era una noticia inesperada.

Más probable era el anuncio de que Obama había emitido una orden ejecutiva declarando que Cuba era una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos que la noticia de la muerte de Fidel. Claro, todo revuelto en mi cabeza porque mi parte racional y consciente sabía que esto iba a ocurrir, y que noventa años eran muchos y su salud estaba muy quebrantada.

Pero, aun así, en esa medianoche habanera del viernes 25 de noviembre, ni se me ocurría pensar en ello. Pensé en una agresión gringa o en una enésima estratagema para acabar con la Revolución. Nunca en la muerte de Fidel. ¿Por qué?

Para responder a esto hay que partir de una premisa empíricamente constatable: Fidel era un personaje “de otra galaxia”, sin duda. Tenía más que ver con los grandes héroes de la historia de la humanidad que con el común de los mortales. Sus pares eran Espartaco o los héroes del Olimpo griego, no otros. Fidel era el arquetipo de eso que Hegel llamaba un “personaje histórico-universal”, o sea, alguien que percibe las cosas de este mundo antes de que se insinúen en el horizonte; que sabe hacia dónde marcha el mundo y la necesidad de cambiarlo, y hace del logro de este objetivo su razón de ser.

Alejandro, César y Napoleón fueron grandes hombres porque desearon y lograron hacer algo grande, jamás cayendo en nimiedades, fantasías o ilusiones. Asumieron el desafío de su tiempo, sintetizaron magistralmente las luchas sociales de su época y tuvieron éxito en su empeño. Fidel lo asumió en plenitud. Sabía que Martí había dejado un inmenso legado político y doctrinario, del cual se nutrió para comprender cuál sería el destino de Nuestra América si, tal como el Apóstol lo expresara en su póstuma e inconclusa carta a Manuel Mercado, no se impidiera “…a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”.

Por eso, para Fidel, Martí fue el autor intelectual del asalto al Moncada y sabía que había que seguir haciendo lo que aquel hizo hasta el punto de pagar con su vida ese intento. Pero asimismo Fidel se sabía heredero de la gesta, también inacabada, de Simón Bolívar, destinada a hacer de los pueblos de Nuestra América “una sola y gran nación”.

Fidel emprendió ese proyecto dotado de una rarísima combinación de inteligencia y voluntad. Veía más lejos y antes que cualquiera, y también veía más hondo que el común de los mortales.

Pocos años más tarde, con el triunfo de la Revolución, la gravitación de su figura tuvo un crecimiento exponencial. No exageramos un ápice si decimos que fue uno de los dos únicos gobernantes de la región (el otro fue Hugo Chávez Frías) que dejaron una impronta indeleble en la política mundial. Salvador Allende podía haber sido el tercero, pero el imperialismo tronchó su carrera acabando con su vida.

Producto de las circunstancias históricas, fundamentalmente la Guerra Fría y la enfermiza obstinación que el Gobierno y la burguesía de Estados Unidos tienen para apoderarse de Cuba ya desde finales del siglo XVIII, como urgía John Adams en 1783 desde Londres, donde había sido enviado para recomponer los lazos entre las independizadas trece colonias y la corona británica.

Por eso la huella de Fidel caló con más profundidad en el escenario global. Malsana obsesión que hoy revive con Trump 2.0 y la siniestra figura de Marco Rubio, desesperado por convertirse en el “libertador” de Cuba y, de ese modo, allanar su carrera hacia la Casa Blanca. Téngase en cuenta que la isla rebelde fue protagonista de la mayor crisis militar a lo largo de toda la historia de la Guerra Fría: la así llamada “crisis de los misiles”, en referencia a la instalación de cohetería soviética en Cuba en respuesta a una similar operación que Estados Unidos había realizado en Turquía.

Como es bien sabido, Fidel se opuso al retiro de los cohetes soviéticos con un argumento impecable: la Unión Soviética tenía derecho a defenderse. Estaba amenazada en su frontera meridional por el despliegue militar norteamericano en Turquía y la Sexta Flota de Estados Unidos apostada en Nápoles, y le asistía toda la legalidad del mundo para contar con una fuerza de disuasión a un centenar de millas de la Florida. Desgraciadamente el Kremlin no lo escuchó.

En suma: ¿qué otro jefe de Estado alcanzó alguna vez la proyección internacional de Fidel? Incluso aquellos gobernantes de países con gran población, como Brasil o México, o poseedores de grandes territorios, como Brasil y Argentina, economías más avanzadas, como las de estos tres países; aun en estos casos no hubo ninguno, absolutamente ninguno, que pudiera rivalizar con la influencia que el Comandante ejerció en el ámbito de la política mundial.

En el pasado, desde el comienzo de nuestra vida como repúblicas independientes hasta promediar el siglo veinte los políticos y gobernantes latinoamericanos y caribeños carecían por completo de la posibilidad de ser actores cuya presencia brillase en el tinglado internacional. Después de la Segunda Guerra Mundial algunos lo hicieron, pero sin trascender el ámbito regional: Juan Domingo Perón y Getulio Vargas en Suramérica; Luis Echeverría Álvarez en México y toda Centroamérica. Y, posteriormente, en nuestro siglo, ni Lula o Dilma, ni Néstor o Cristina Kirchner, para ni hablar de los devaluados presidentes mexicanos del PRI y del PAN, tuvieron una gravitación internacional que se acercara, aunque sea de lejos, a la de Fidel.

Muchos años después Andrés Manuel López Obrador y su sucesora, Claudia Sheinbaum, recuperaron terreno desde el Gobierno de México, pero aun así su gravitación no se compara con la figura fulgurante de Fidel. Es que el cubano, desde los inicios de la Revolución, hizo de la contundente y muy fundada denuncia del imperialismo y la exaltación del internacionalismo dos de sus inclaudicables banderas. Apoyó de modo decisivo la lucha por la liberación de Argelia del yugo colonial francés. El 27 de junio de 1961 fue el único país del hemisferio occidental que reconoció al Gobierno argelino en el exilio. Pero la solidaridad cubana fue más lejos.

En el Encuentro con los Intelectuales, celebrado en La Habana el 11 de febrero del 2012, Fidel habló de cómo la Revolución cubana se las ingenió para hacerle llegar pertrechos militares a los mismos rebeldes argelinos que, a la postre, resultaron decisivos para el exitoso remate del proceso emancipador. Por eso el Gobierno argelino decretó ocho días de duelo nacional al conocerse la noticia del deceso del Comandante.

No fue menor sino más completo y duradero el apoyo que La Habana le prestó al pueblo vietnamita no solo durante la guerra, sino también antes y después. No es casual que la desinteresada colaboración de Fidel con la heroica lucha de ese pueblo sea reconocida por todos en ese país. Cuando tuve la suerte de visitarlo, en 2009, pude experimentar en carne propia lo que Fidel representaba para los vietnamitas. Al andar por las calles de Hanói y otras ciudades más pequeñas, mucha gente que por mis rasgos faciales inferían sin duda que era occidental se acercaban y acompañándose con un gesto de interrogación en sus manos, me preguntaban por Fidel, por el aliado inconmovible, el amigo que les ayudó en la guerra y en la paz, a pesar de la permanente amenaza que se cernía sobre Cuba por su generosa temeridad de ayudar a un pueblo que estaba siendo masacrado por una guerra de agresión de una virulencia jamás vista.

No es casual que la última actividad pública del Comandante, pocos días antes de su deceso, hubiera sido recibir al Presidente de la República Socialista de Vietnam. Y lo mismo cabe decir de la estrecha relación mantenida por la Revolución cubana con las luchas del pueblo palestino. Cuba es el único país latinoamericano y del Caribe que no mantiene relaciones —ni diplomáticas ni de cualquier otro tipo— con Israel, contumaz verdugo de los palestinos. Su intransigente apoyo a la causa de ese pueblo maltratado y brutalmente oprimido y su total rechazo a la ocupación israelí le granjearon la eterna gratitud de los palestinos.

Por si lo anterior fuera poco, la Cuba revolucionaria desempeñó un papel crucial en otro de los grandes escenarios del conflicto internacional: Sudáfrica. La intervención cubana en Angola fue decisiva para afianzar su independencia, lograr la de Namibia y derrotar al régimen racista de Pretoria. Éste, en conjunción con Washington, había fraguado una «guerra civil» en Angola —modelo que luego se aplicaría en Libia y, posteriormente, en Siria— en la cual participaban activamente las tropas de Zaire (hoy República Democrática del Congo), del Ejército sudafricano y de dos bandas mercenarias angoleñas organizadas, armadas y financiadas por Estados Unidos a través de la CIA con la cooperación de Israel. La ayuda militar y logística cubana fue decisiva para inclinar la balanza a favor de Angola.

La Unión Soviética, a la cual Cuba estaba ligada por múltiples lazos económicos, no veía con buenos ojos la intromisión cubana en África. Es más, muchos dizque analistas internacionales enterados del envío de la primera misión cubana a Angola se apresuraron a pronosticar el inmediato retorno de esas tropas ante una terminante orden de Moscú. Nadie sabe si esa orden existió o no. Lo que sí sabemos es que Cuba jamás fue un proxy soviético y permaneció en Angola hasta la total pacificación de la región.

La soberanía cubana jamás estuvo constreñida por lazos comerciales, ni antes ni ahora. Allí, en la localidad de Cuito Cuanavale, se libró la más larga batalla en la historia del África subsahariana. Esa fue, según Nelson Mandela, la “Stalingrado africana”, que sentó las bases de la emancipación de Namibia y disparó el tiro de gracia en contra del apartheid sudafricano.

A lo largo de los más de tres meses de batalla, entre diciembre de 1987 y marzo de 1988, Fidel siguió día a día, hora tras hora, los acontecimientos en el teatro de operaciones y su conducción estratégica resultó crucial para la victoria. Mandela reconocería este papel fundamental de la ayuda cubana cuando, en la Conferencia de Solidaridad Cubana-Sudafricana (1995), dijo que “los cubanos vinieron a nuestra región como doctores, maestros, soldados, expertos agrícolas, pero nunca como colonizadores. Compartieron las mismas trincheras en la lucha contra el colonialismo, el subdesarrollo y el apartheid. Jamás olvidaremos este incomparable ejemplo de desinteresado internacionalismo”.

Y ese fue el tono que predominó en los discursos pronunciados en el gran acto de despedida de las cenizas de Fidel el 29 de noviembre del 2016 en la Plaza de la Revolución. Tanto los jefes de Estado de Sudáfrica como de Namibia recordaron que los cubanos no llegaron a esos países en busca de oro, diamantes o petróleo. Vinieron, dijeron ambos, a colaborar en nuestras luchas por la independencia. Y lo único que se llevaron fueron sus muertos, poco más de 2600.

Esta extraordinaria gravitación de Fidel era consecuencia de sus excepcionales condiciones como líder político. Gracias a su notable inteligencia, a su fina intuición, y a su inagotable curiosidad intelectual tenía la capacidad para percibir los acontecimientos futuros cuando estos se hallaban en estado germinal. Era, para usar la imagen que Lenin transmitiera sobre Rosa Luxemburgo al enterarse de su asesinato, un águila que volaba más alto que el común de los mortales, percibía los datos del mundo real antes que los demás y su vista era más aguzada y podía ver más lejos y más hondo.

Hay dos ejemplos rotundos entre tantos otros. En la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, 1992) advirtió, en un brillante discurso de escasos siete minutos, que la humanidad era “una especie en peligro” ante el deterioro de las condiciones medioambientales que habían hecho posible la aparición de la vida humana en el planeta. Formuló esta advertencia ante la sonrisa socarrona y la incredulidad de eminentes mediocridades como el anfitrión, Fernando Collor de Melo, Patricio Aylwin, Carlos Saúñ Menem, Alberto Fujimori, Rafael Caldera, George Bush padre, Boris Yeltsin y Felipe González. ¿Quién se acuerda hoy de ellos? Como un águila que vuela muy alto y ve más lejos, advirtió veinte años antes que los demás la gravedad del problema del cambio climático, que hoy está en la boca de cualquier político o gobernante, por torpe o rústico que sea. Lo hizo cuando el clima ideológico mundial estaba inficionado por el desenfrenado optimismo sobre el futuro de Estados Unidos y el supuesto triunfo de la globalización neoliberal.

Cuando en la metrópolis imperial saludaban con suicida anticipación el advenimiento del «nuevo siglo americano» precipitado por la desintegración de la Unión Soviética y el coro polifónico del mundo académico y de los medios entonaba con fervor la melodía del “fin de la historia”, Fidel en Río decía lo que nadie podía creer y anunciaba lo que nadie quería escuchar. Que en realidad sí podría haber un “fin de la historia”, pero no sería el que pregonaban los mandarines del imperio, sino que era la depredación capitalista la que ponía en peligro la continuidad de la vida humana en este planeta. Un verdadero y apocalíptico final de la historia causado por el capitalismo.

El otro ejemplo de su extraordinaria clarividencia lo proporciona su “descubrimiento” de Hugo Chávez. Como se recordará, una vez indultado, el bolivariano realizó una gira por varios países de América Latina y el Caribe. No le fue nada bien en ese recorrido, y muy pocos lo recibieron porque venía precedido por una fama de golpista que la prensa hegemónica se encargó de subrayar en cada etapa de su desplazamiento. La excepción a esta regla se produjo el 14 de diciembre de 1994, fecha en que Chávez llega a La Habana y observa al pie del avión y para su tremenda sorpresa que Fidel había ido a recibirlo en persona.

A diferencia de tantos otros políticos y gobernantes latinoamericanos y caribeños al líder histórico de la Revolución cubana no le pasó desapercibida la enorme potencialidad política encerrada en la figura de ese joven militar venezolano. Como un fino escultor que ante la agreste tosquedad de la roca imagina la obra maestra que brotará de su labor, Fidel percibió claramente que en Chávez había encontrado el acompañante perfecto, al imprescindible mariscal de campo que él, como estratega general, necesitaba para llevar a buen puerto su epopeya libertadora. Este encuentro dio origen a un dúo irresistible que cambió la historia latinoamericana y produjo la aplastante derrota del ALCA, el más importante proyecto que el imperio le tenía reservada a Nuestra América para todo el siglo veintiuno.

Político, estadista, estratega militar, Fidel fue además un notable intelectual. En el Encuentro con los Intelectuales del año 2012, que se prolongó durante casi nueve fecundas horas, el Comandante nos repetía, una y otra vez: “Vine a escucharlos a ustedes, a aprender de ustedes”, cada vez que algunos de nosotros le formulaba una pregunta. Por supuesto que las contestaba, haciendo gala de una información tan detallada que nos llenaba de asombro. Las respondía por cortesía, porque su deseo más profundo era escuchar a sus interlocutores, aprender de ellos. ¿Cuántos jefes de Estado tienen esa misma humildad? Pocos, en realidad muy pocos. No exageraríamos un ápice si dijéramos que era una de las personas mejor informadas del mundo. Lo demostró a lo largo de más de cincuenta años y una vez más en la ya mencionada reunión con intelectuales, en el marco de la Feria del Libro de La Habana, de febrero 2012.

Lector incansable, como Chávez; dotado de una curiosidad inagotable que transitaba desde la historia, la política y la economía hacia las nanociencias, la ingeniería genética y la astrofísica. Una de las imágenes imborrables que tengo del Comandante es la de Fidel sentado en la primera fila de los eventos organizados por Casa de las Américas, la ANEC, la Feria del Libro, la Oficina de Estudios Martianos o durante la Asamblea General de CLACSO, en octubre del 2003, tomando prolijamente nota en una pequeña libreta de cada una de las presentaciones, siguiendo atentamente las exposiciones y, a menudo, pidiendo la palabra y, de manera respetuosa aunque no exenta, a veces, de una pizca de humor para relajar la tensión del expositor, formular alguna pregunta o hacer un comentario siempre sensato y casi siempre explorando derivaciones e implicaciones de lo que había sido dicho que habían pasado desapercibidas casi para todos los demás. Y siempre lo hacía desde la humildad, jamás procurando subestimar al otro, sino más bien todo lo contrario. Demostrando con su actitud el respeto que tenía por las opiniones ajenas.

Fidel nos deja un inmenso legado que enriquece el que nos dejaran Bolívar, Martí y los «padres fundadores» de la Patria Grande. El que nos legaran el Che, los dos Camilos (Cienfuegos, el cubano, y Torres, el colombiano) y más recientemente Chávez. Paradojalmente, su muerte lo inmortaliza. Su influencia, como la de los nombrados, no hará sino crecer con el paso del tiempo.

Mientras subsista el capitalismo y el imperialismo continúe sembrando destrucción y muerte a su paso, las enseñanzas de Fidel irán creciendo en importancia. Nos enseñó —en línea con las ideas de Martí y, posteriormente, con las reflexiones de Antonio Gramsci— que la batalla de ideas es un terreno decisivo de la lucha por la liberación de nuestros pueblos. Martiano y marxista a la vez, hizo suyo el apotegma del Apóstol que decía que «trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras». Y ya desde finales del siglo pasado venía diciendo que el neoliberalismo había fracasado en lo económico y en lo político; que no había hecho crecer nuestras economías ni demostró ser capaz de redistribuir progresivamente los ingresos y la riqueza. Y que las políticas neoliberales estaban destruyendo la credibilidad y la legitimidad popular en las democracias. Si cuando lo decía era un profeta predicando en el desierto y sin nadie que lo escuchara, un cuarto de siglo después la biblioteca especializada está repleta de estudios y tesis doctorales que confirman lo que Fidel, como siempre, vio mucho antes que los demás.

Por eso el Comandante le ganó a su muerte y seguirá siendo fuente de inspiración de la rebeldía tan necesaria en un mundo tan injusto como éste. Fidel, con su muerte entró en la historia y como ocurre con las grandes figuras con ese tránsito se eternizó. Lejos de caer en el olvido, su tránsito histórico lo convirtió en un referente eterno.

@atilioboron

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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