agosto 22, 2026 6:55 pm
Con fuertes críticas a EE.UU. y el propósito de recomposición estratégica del progresismo en el continente se instaló el Tercer Congreso Panamericano en Montevideo

Con fuertes críticas a EE.UU. y el propósito de recomposición estratégica del progresismo en el continente se instaló el Tercer Congreso Panamericano en Montevideo

Delegaciones de dirigentes políticos progresistas de 15 países del hemisferio se dan cita en Montevideo del 21 al 23 de agosto para participar en el Tercer Congreso Panamericano.

TSC /

El Tercer Congreso Panamericano, que reúne a líderes progresistas de la región, se inauguró este viernes 21 de agosto en Montevideo, la capital uruguaya, con la presencia de más de un centenar de legisladores y dirigentes de 15 países del hemisferio en la búsqueda de una agenda hemisférica común.

En efecto, la instalación de este encuentro panamericanista que se realiza entre el 21 y el 23 de agosto, constituye algo más que una reunión de dirigentes progresistas: representa un intento de recomposición estratégica de las izquierdas y fuerzas democráticas del continente en un momento de derrotas electorales, ofensiva conservadora, tensiones geopolíticas y aceleración tecnológica.

Bajo el lema “Solidaridad entre los pueblos. Soberanía entre las naciones”, el encuentro convocado principalmente por la Internacional Progresista reúne a más de 150 legisladores, expresidentes, ministros, académicos y referentes sociales de 15 países de las Américas, con el propósito de articular una agenda común frente a desafíos hemisféricos que ya no pueden ser comprendidos únicamente desde la escala nacional.

El Congreso se desarrolla en el Palacio Legislativo de Uruguay y se organiza en torno a cuatro ejes: paz, seguridad y multilateralismo; desarrollo económico sostenible e integración regional; soberanía digital e Inteligencia Artificial (IA); y bienestar y cuidados para las mayorías. Su trayectoria reciente —Bogotá en 2024, Ciudad de México en 2025 y Montevideo en 2026— revela la voluntad de convertirlo en un foro permanente de coordinación política continental.

La elección de Uruguay posee un valor simbólico: el país es presentado por varios participantes como una referencia democrática y progresista, heredera del Frente Amplio y de la figura de José ‘Pepe’ Mujica, cuya ética de austeridad, coherencia y diálogo fue invocada como brújula moral del encuentro.

Las intervenciones iniciales estuvieron marcadas por una crítica frontal a la política exterior de Estados Unidos, en particular a la Doctrina Monroe, a las sanciones, al intervencionismo, al poder de las grandes corporaciones tecnológicas y a la injerencia descarada de Washington de manera directa o a través de organismos financieros y diplomáticos hemisféricos.

Al mismo tiempo, varias voces llamaron a evitar el repliegue meramente testimonial: el expresidente chileno Gabriel Boric planteó la necesidad de pensar “fuera de la caja”; la vicepresidenta uruguaya Carolina Cosse reivindicó la política como herramienta contra la desesperanza, David Adler, coordinador de la Internacional Progresista propuso una visión alternativa basada en cooperación e igualdad soberana, y el exmandatario colombiano Ernesto Samper Pizano insistió en reactivar la integración regional en un escenario de profunda fragmentación.

Recomposición progresista y disputa por la representación

Desde el punto de vista político, el Congreso se instala en una coyuntura defensiva para el progresismo latinoamericano. Las derrotas recientes de candidaturas de izquierda en varios países, mencionadas por Cosse, no son leídas como cierre de ciclo sino como advertencia sobre las dificultades de representar a sociedades atravesadas por precariedad, miedo, desinformación y desencanto institucional.

En ese sentido, el foro cumple una doble función: por un lado, actúa como espacio de contención y reafirmación identitaria; por otro, intenta producir una autocrítica programática que permita superar la simple denuncia de la derecha.

El expresidente colombiano Ernesto Samper; la vicepresidenta uruguaya Carolina Cosse; y el exmandatario chileno Gabriel Boric, durante el acto de instalación del Tercer Congreso Panamericano que se reúne en Montevideo.

La referencia de Samper a la “crisis de representación” es central. Su diagnóstico apunta a un fenómeno más amplio: la política institucional compite hoy con liderazgos digitales, campañas algorítmicas, narrativas emocionales y figuras que capitalizan el malestar sin necesariamente expresar organizaciones sociales duraderas.

El llamado a construir “frentes amplios” y a reactivar la integración busca responder a esa crisis mediante coaliciones sociales, partidarias y parlamentarias capaces de disputar no solo elecciones, sino sentidos comunes.

El Congreso, por tanto, no debe verse únicamente como una cita ideológica, sino como un laboratorio de reconstrucción política. La pregunta de fondo es si las fuerzas progresistas lograrán transformar la solidaridad discursiva en coordinación efectiva, campañas transnacionales, propuestas legislativas compartidas y políticas públicas comprobables. Boric introdujo precisamente esa tensión al advertir que limitarse a enumerar agravios contra la derecha significaría desaprovechar una oportunidad histórica.

La congresista del Pacto Histórico y lideresa indígena Aida Quilcué participa del encuentro del progresismo panamericanista en la capital uruguaya.

Esperanza, cuidados y nuevas subjetividades políticas

En clave sociológica, el Tercer Congreso Panamericano expresa la preocupación por sociedades fragmentadas por la desigualdad, el deterioro de los vínculos comunitarios, la violencia, la inseguridad económica y la pérdida de confianza en las instituciones.

La insistencia de la vicepresidenta Cosse en defender la política frente al insulto, la distracción y la desesperanza muestra que la disputa contemporánea no se reduce a programas de gobierno: también es una batalla por la sensibilidad colectiva, por la capacidad de imaginar futuro y por la legitimidad de la acción pública.

La agenda de bienestar y cuidados resulta particularmente significativa. En sociedades que envejecen, con juventudes precarizadas y familias sometidas a fuertes presiones económicas, el cuidado emerge como categoría política de primer orden. No se trata solo de ampliar servicios sociales, sino de reorganizar prioridades: reconocer trabajos invisibilizados, redistribuir cargas, fortalecer sistemas públicos y vincular justicia social con democracia cotidiana.

La presencia de liderazgos de distintas generaciones también revela una tensión sociológica relevante. El expresidente ‘Pepe’ Mujica fallecido en mayo de 2025 aparece como referente ético de una generación formada en luchas populares, mientras Boric convoca a escuchar a los jóvenes y a formular “las preguntas del futuro”.

Esa transición obliga al progresismo a dialogar con nuevas subjetividades marcadas por la crisis climática, el feminismo, la economía digital, la salud mental, el antirracismo, las migraciones y la demanda de participación menos jerárquica.

Del Congreso Anfictiónico al nuevo panamericanismo progresista

El hecho de que en este año 2026 se cumplan dos siglos del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por el Libertador Simón Bolívar en 1826, otorga al encuentro de Montevideo una densidad histórica particular. Bolívar imaginó una arquitectura de cooperación entre repúblicas recién independizadas para defender su soberanía frente a potencias externas y conflictos internos. Aunque aquel proyecto no logró consolidarse, instaló una idea persistente: la unidad latinoamericana como condición de supervivencia política.

El Congreso Panamericano retoma esa tradición, pero la reformula en clave hemisférica y progresista. Ya no se trata solo de América Latina frente a Europa o Estados Unidos, sino de articular fuerzas del Norte, Centro, Sur y Caribe en torno a una agenda de igualdad soberana.

La participación de congresistas estadounidenses críticos de la política exterior del Gobierno Trump introduce una novedad: la disputa no se plantea únicamente entre Estados, sino también dentro de las sociedades del Norte Global, donde existen movimientos que cuestionan el militarismo, la concentración oligárquica y el autoritarismo.

Montevideo, además, dialoga con otra genealogía histórica: la del Frente Amplio uruguayo como experiencia de convergencia plural, institucionalidad democrática y acumulación paciente. En un continente marcado por golpes de Estado, proscripciones, dictaduras, intervenciones y ciclos de restauración conservadora, la elección de Uruguay funciona como recordatorio de que la transformación política requiere tanto radicalidad democrática como capacidad organizativa de largo plazo.

Autonomía estratégica frente a la hegemonía y los nuevos poderes tecnológicos

Geopolíticamente, el Congreso se sitúa en una coyuntura de reordenamiento mundial. Las alusiones a la Doctrina Monroe, al Fondo Monetario Internacional, a la Organización de Estados Americanos (OEA), a los aranceles, a las sanciones de Washington y a su desvergonzada interferencia electoral en varias naciones latinoamericanas expresan una crítica a la arquitectura hemisférica construida bajo predominio estadounidense.

La propuesta de “cooperación, igualdad soberana, entendimiento mutuo y fraternidad” busca sustituir la lógica de subordinación por una diplomacia de pares.

Sin embargo, el desafío geopolítico ya no es solo militar, financiero o comercial. La soberanía digital y la Inteligencia Artificial aparecen como campos decisivos de poder. Las advertencias sobre las grandes plataformas tecnológicas y su capacidad de intervenir en procesos electorales indican que la dependencia contemporánea también se expresa en infraestructuras de datos, algoritmos, nubes privadas, redes sociales y sistemas de vigilancia.

Para el progresismo continental, hablar de soberanía en el siglo XXI implica discutir quién controla la información, quién diseña las tecnologías, quién regula los datos y quién se beneficia de la automatización.

La integración regional, en este marco, deja de ser una consigna nostálgica y se convierte en necesidad pragmática. Ningún país latinoamericano puede por sí solo negociar en igualdad de condiciones con potencias militares, corporaciones digitales, fondos financieros o cadenas globales de valor.

La “autonomía estratégica” mencionada por Boric exige coordinación en energía, alimentos, ciencia, tecnología, infraestructura, comercio, defensa de recursos naturales y políticas migratorias. El dilema es si la región será objeto de disputa entre potencias o sujeto capaz de formular intereses propios.

El expresidente Ernesto Samper Pizano interviene en la apertura del Tercer Congreso Panamericano.

Alcances y desafíos

El principal alcance del Tercer Congreso Panamericano radica en su capacidad de ofrecer un marco continental de conversación, diagnóstico y coordinación para fuerzas progresistas que atraviesan una etapa adversa. Su valor no consiste únicamente en reunir dirigentes, sino en intentar construir una gramática común frente a problemas transnacionales: autoritarismo, desigualdad, extractivismo, crisis climática, crimen organizado, desinformación, dependencia tecnológica y erosión del multilateralismo.

Su mayor riesgo, en cambio, es quedarse en una retórica de resistencia sin capacidad de traducción institucional y social. Para evitarlo, el Congreso proyecta producir compromisos verificables: redes parlamentarias permanentes, iniciativas legislativas coordinadas, cooperación técnica, agendas de investigación, mecanismos de comunicación contra la desinformación y propuestas concretas para empleo, cuidados, seguridad ciudadana, transición ecológica y soberanía digital.

En suma, Montevideo puede leerse como una estación de reorganización del progresismo continental y como un intento de actualizar el viejo sueño integracionista americano ante las condiciones del siglo XXI.

Si Bogotá fue el nacimiento y México la maduración inicial, Uruguay aparece como el momento de prueba: pasar de la denuncia a la propuesta, de la identidad a la articulación, de la nostalgia histórica a una agenda de futuro. La cita con Mujica resume el desafío: una generación política solo será exitosa si deja una barra que la supere con ventaja.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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