septiembre 5, 2026 12:50 am
Batalla cultural, totalitarismos comunicacionales y disputa democrática en el siglo XXI

Batalla cultural, totalitarismos comunicacionales y disputa democrática en el siglo XXI

POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /

La disputa por el sentido común en la era de las plataformas

La llamada “batalla cultural” constituye una de las formas centrales de la conflictividad política contemporánea. No se trata simplemente de una disputa por opiniones aisladas, ni de una confrontación superficial entre estilos discursivos, sino de una lucha por la producción, circulación y legitimación de sentidos sociales. En ella se dirime quién logra nombrar la realidad, qué problemas se vuelven visibles, qué emociones se activan, qué identidades se reconocen como legítimas y qué horizontes de futuro resultan políticamente imaginables.

Durante el siglo XXI, esta disputa se ha intensificado por la expansión de las tecnologías de la información y la comunicación, la centralidad de las redes digitales y la consolidación de plataformas que administran la visibilidad pública mediante algoritmos opacos.

La esfera pública ya no funciona primordialmente como un espacio deliberativo orientado por argumentos racionales, sino como un ecosistema fragmentado, afectivo, acelerado y altamente competitivo, donde la atención se convierte en recurso escaso y el conflicto en mecanismo privilegiado de circulación.

Hegemonía, cultura y apropiación política

El concepto de hegemonía remite de manera decisiva a la obra del filósofo italiano Antonio Gramsci, quien pensó el poder no solo como coerción estatal o dominio económico, sino también como capacidad de construir consenso en la sociedad civil.

La hegemonía opera cuando una visión particular del mundo logra presentarse como sentido común general, naturalizando jerarquías, valores e intereses de determinados grupos sociales. En esa perspectiva, la cultura, la escuela, la familia, la prensa, la religión y las asociaciones civiles no son espacios neutros: son territorios donde se disputa la dirección intelectual y moral de la sociedad.

La paradoja contemporánea consiste en que sectores de las nuevas derechas han apropiado el lenguaje de la “batalla cultural” para invertir su sentido originario. Allí donde Gramsci elaboró herramientas para comprender la reproducción ideológica del poder, ciertas corrientes conservadoras y reaccionarias convierten el concepto en consigna bélica contra feminismos, movimientos antirracistas, agendas de derechos, universidades, ciencias sociales, políticas públicas inclusivas y expresiones culturales emancipatorias.

Así, una categoría crítica destinada a analizar la dominación es transformada en dispositivo de movilización contra quienes denuncian o resisten formas históricas de subordinación.

Totalitarismos comunicacionales: de la censura prohibitiva a la censura por saturación

Los totalitarismos comunicacionales del siglo XXI no reproducen necesariamente las formas clásicas de censura estatal directa. Su rasgo distintivo es más sutil y, por ello, más difícil de combatir: no siempre impiden hablar, sino que condicionan quién puede ser escuchado, qué contenidos alcanzan relevancia y cuáles quedan sepultados bajo la sobreabundancia informativa.

La censura contemporánea opera mediante saturación, ruido, desinformación, manipulación algorítmica, ataques coordinados, linchamientos digitales y jerarquías invisibles de visibilidad.

En este contexto, las plataformas digitales no son simples canales de comunicación. Son infraestructuras políticas privadas que ordenan la conversación pública, extraen datos, monetizan la atención y premian los contenidos capaces de generar reacción inmediata.

La provocación, la burla, el odio, el desprecio y la indignación se vuelven tácticas eficaces porque se adaptan a los incentivos de circulación de los entornos digitales. La política se dramatiza como espectáculo permanente, y el adversario deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo moral, amenaza existencial o figura ridiculizable.

Derechas radicales, emocionalidad política y performatividad digital

Liderazgos de tinte neofascista como los de Javier Milei, Nayib Bukele y Abelardo de la Espriella expresan, con diferencias nacionales y programáticas, una gramática política común: simplificación extrema de conflictos complejos, apelación a emociones de alta intensidad, construcción de enemigos internos, estetización de la ruptura y producción de mensajes fácilmente replicables. Su eficacia comunicacional no descansa únicamente en lo que dicen, sino en cómo lo hacen circular: frases breves, imágenes de confrontación, gestos performativos, símbolos agresivos y narrativas que convierten la frustración social en identificación política.

Estas formas de comunicación dialogan con sociedades atravesadas por precariedad, miedo, inseguridad, descreimiento institucional y cansancio frente a lenguajes tecnocráticos o moralizantes.

Las derechas radicales logran traducir malestares difusos en relatos simples: el pueblo contra la casta, la libertad contra el Estado, el orden contra el caos, la nación contra las élites globalistas, la familia contra la supuesta amenaza ideológica.

El éxito de estas narrativas reside en que ofrecen pertenencia, descarga emocional y una explicación inmediata del sufrimiento social, aunque esa explicación oculte las estructuras económicas, coloniales y mediáticas que producen dicho sufrimiento.

De la batalla cultural a la batalla colonial

Una lectura latinoamericana crítica permite desplazar el problema desde la “batalla cultural” hacia una “batalla colonial”. En efecto, muchas de las disputas narrativas contemporáneas no se reducen a pugnas por lenguaje, símbolos o estilos comunicativos; remiten a conflictos materiales por tierra, agua, energía, trabajo, deuda, extractivismo, soberanía y dependencia geopolítica.

El vocabulario de la libertad, la modernización o la eficiencia puede funcionar como ropaje discursivo de viejas formas de subordinación económica y política.

Desde esta perspectiva, el problema no consiste solo en que ciertos actores de derecha se apropien de categorías nacidas en tradiciones críticas, sino en que esa apropiación permite enmascarar proyectos de restauración oligárquica, disciplinamiento social y reconfiguración colonial.

La motosierra de Milei, el puño duro o la retórica antiigualitaria no son meros estilos de campaña: son signos condensados de un programa que busca desmantelar mediaciones democráticas, debilitar derechos sociales y reinstalar la lógica del mercado como principio ordenador de la vida colectiva.

Crisis de la comunicación progresista: entre la explicación y la seducción

El campo progresista y de izquierdas no carece de ideas, legitimidad histórica ni densidad programática. Su dificultad reside, con frecuencia, en la persistencia de registros comunicativos que suponen un público racional, paciente y dispuesto a la deliberación argumentada.

Mientras las derechas radicales seducen mediante emoción, conflicto, estética y pertenencia, las izquierdas suelen responder con pedagogía, denuncia y corrección moral. El resultado es una asimetría decisiva: unos producen deseo político; otros producen explicación.

Esta constatación no implica abandonar la razón, la verdad o la complejidad, sino comprender que ninguna política emancipadora puede renunciar a la dimensión sensible de la experiencia social.

Las mayorías no se movilizan únicamente por diagnósticos correctos; se movilizan cuando reconocen en una narrativa su dolor, su esperanza, su rabia, su deseo de dignidad y su posibilidad de futuro. La comunicación democrática debe recuperar el vínculo entre conocimiento, emoción y vida cotidiana.

Burbujas algorítmicas, fragmentación narrativa y democracia

La conversación pública contemporánea se encuentra encapsulada en múltiples burbujas narrativas. Los algoritmos personalizan la experiencia informativa, refuerzan la exposición selectiva y tienden a acercar a las personas a contenidos que confirman sus creencias previas.

En consecuencia, la disputa política se desarrolla en comunidades afectivas relativamente cerradas, donde el adversario aparece no como portador de argumentos distintos, sino como una identidad amenazante. La polarización afectiva sustituye parcialmente a la discusión ideológica: importa menos qué piensa el otro que cuánto se le desprecia.

Romper esas burbujas exige algo más que producir mejores contenidos. Requiere diseñar mediaciones culturales capaces de interpelar experiencias compartidas: el trabajo precarizado, el costo de la vida, la inseguridad, la soledad urbana, la violencia patriarcal, el endeudamiento familiar, la crisis ambiental, la migración, el cansancio y la búsqueda de reconocimiento. Solo allí donde las narrativas democráticas conectan con afectos cotidianos pueden disputar sentidos comunes más allá de los públicos ya convencidos.

Narrativas emancipadoras: derechos, goce popular y estética plebeya

Frente a los totalitarismos comunicacionales, los sectores democráticos y progresistas necesitan producir narrativas situadas, populares, afectivas y expansivas.

Comunicar desde los derechos no significa hablar únicamente en lenguaje jurídico o institucional; significa mostrar cómo los derechos se encarnan en la vida concreta: en la madre que accede a salud pública, en el joven que estudia, en la comunidad que defiende el agua, en el trabajador que conquista tiempo, en la mujer que camina sin miedo, en el barrio que transforma abandono en organización.

La estética plebeya no debe entenderse como folclorización de lo popular, sino como reconocimiento de lenguajes, ritmos, cuerpos, memorias, humor, música, oralidad, fiesta y creatividad comunitaria que ya producen sentido político.

El desafío consiste en articular pedagogía y deseo, análisis y relato, crítica y goce. Una narrativa emancipadora no solo denuncia el daño; también hace imaginable la reparación, la alegría compartida y la potencia colectiva.

Disputar la sensibilidad democrática

La batalla cultural del siglo XXI es, en rigor, una disputa por la sensibilidad democrática. En ella se enfrentan proyectos de sociedad, economías de la atención, regímenes de verdad, estructuras coloniales y formas de organización afectiva de la vida pública.

Los totalitarismos comunicacionales no eliminan necesariamente la pluralidad por decreto; la administran mediante saturación, segmentación, odio, visibilidad diferencial y desinformación.

Por ello, la respuesta democrática no puede limitarse a corregir datos falsos ni a explicar pacientemente lo que las derechas radicales simplifican con eficacia. Debe reconstruir una imaginación política capaz de emocionar, convocar y organizar. Esto supone reapropiarse críticamente de las tecnologías digitales, disputar los algoritmos con creatividad colectiva, romper las burbujas mediante encuentros reales y narrativos, y transformar los derechos en relatos vivos de dignidad, soberanía y futuro común.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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