POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /
El rol de Estados Unidos en América Latina y el Caribe ha estado históricamente marcado por la Doctrina Monroe (1823), cuyo principio fundacional —impedir la injerencia de potencias extrahemisféricas— derivó con el tiempo en una justificación recurrente de la hegemonía estadounidense en la región. En el siglo XXI, este patrón se reactualiza con la proclamación del denominado “Corolario Trump”, incorporado explícitamente en la Estrategia de Seguridad Nacional (2025) y la Estrategia de Defensa Nacional (2026) de Washington.
El “Corolario Trump” responde a un diagnóstico estratégico claro: Estados Unidos percibe una pérdida relativa de influencia hemisférica, particularmente frente al avance de China (inversiones, comercio, infraestructura), así como a la presencia política y militar de Rusia e Irán en países considerados adversarios. Desde esta óptica, América Latina vuelve a ser concebida como un “espacio vital de seguridad”, directamente vinculado a la defensa del territorio estadounidense.
A diferencia de enfoques multilaterales previos, el nuevo corolario adopta un tono abiertamente realista y coercitivo. Washington plantea una lógica de alineamiento estratégico: cooperación reforzada para gobiernos afines —especialmente en control migratorio, lucha contra el narcotráfico y exclusión de actores extrahemisféricos— y presión política, económica o incluso militar sobre los considerados hostiles. Iniciativas como el “Escudo de las Américas” refuerzan esta arquitectura de seguridad regional bajo liderazgo estadounidense.
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En el Caribe y el norte de América del Sur, el énfasis se traduce en un mayor despliegue naval y militar, con Venezuela como caso paradigmático, pero con efectos disuasivos más amplios. La región deja de ser vista como “retaguardia estratégica” y pasa a concebirse como un “escudo protector” del ‘homeland estadounidense’, integrando seguridad interna y política exterior bajo la consigna de “America First”.
Desde la perspectiva latinoamericana, el “Corolario Trump” profundiza la fragmentación regional. Sin una estrategia común, algunos gobiernos se alinean buscando beneficios económicos o respaldo político, mientras otros perciben la doctrina como una reactivación de lógicas intervencionistas que erosionan la soberanía y limitan los márgenes de autonomía estratégica.
En síntesis, el “Corolario Trump” no constituye una ruptura, sino una reafirmación endurecida del patrón histórico de hegemonía estadounidense en América Latina y el Caribe. Su objetivo central es solidificar la primacía de Washington en el hemisferio occidental en un contexto de competencia global, aunque al costo de reavivar tensiones, resistencias y dilemas estructurales en las relaciones interamericanas.
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Trayectoria histórica de dominación
En ‘América Latina en la geopolítica del imperialismo’, el politólogo y sociólogo argentino Atilio A. Boron reconstruye de manera sistemática la trayectoria histórica de la dominación estadounidense en América Latina desde el siglo XIX hasta el presente, articulando historia, economía política, teoría del imperialismo y análisis geopolítico. La edición digital de 2020 —que retoma una obra publicada originalmente en 2012— introduce actualizaciones destinadas a interpretar un sistema internacional crecientemente volátil, signado por el debilitamiento estructural del poder hegemónico de Estados Unidos y la emergencia de actores y coaliciones alternativas en el Sur Global.
Boron se distancia de lecturas coyunturales o meramente diplomáticas de la política exterior estadounidense y sitúa a América Latina como espacio estratégico permanente del imperialismo, fundamental tanto por sus recursos naturales como por su posición geográfica y su función disciplinadora dentro del orden mundial capitalista.
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Del “patio trasero” al campo de disputa multipolar
Uno de los aportes centrales del libro es mostrar la continuidad histórica de las intervenciones de Washington en la región: desde la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto, pasando por las ocupaciones militares directas, los golpes de Estado del siglo XX, la Guerra Fría y las estrategias de “baja intensidad” del período neoliberal, hasta las formas contemporáneas de injerencia política, financiera, mediática y judicial.
Boron subraya que estas prácticas no son anomalías, sino mecanismos constitutivos del imperialismo. En este punto, la obra dialoga con la idea —retomada en la presentación de la edición digital— del expresidente ecuatoriano Rafael Correa Delgado, según la cual “no vivimos una época de cambios sino un cambio de época”, expresión que condensa la crisis del orden global heredado y el agotamiento de las jerarquías imperiales tradicionales.
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Desde esta perspectiva, América Latina deja de ser un espacio pasivo y se convierte en un territorio de disputa en un mundo crecientemente multipolar, donde la declinación relativa de Estados Unidos convive con respuestas defensivas cada vez más agresivas.
Decadencia hegemónica y agresividad imperial
El eje politológico del libro se organiza en torno a dos tesis que el propio Boron formula con claridad:
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el debilitamiento irreversible de Estados Unidos como centro organizador del sistema imperial;
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el carácter más violento y desestabilizador de los imperios en su fase de declive.
Para sustentar esta lectura, Boron retoma los diagnósticos del influyente politólogo polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinski (1928-2017), quien identificó factores endógenos de la decadencia estadounidense: endeudamiento estructural, financiarización especulativa, desigualdad social extrema, deterioro de la infraestructura, empobrecimiento cultural del debate público y parálisis del sistema político. Estos elementos, lejos de inducir una retirada ordenada, empujan al poder imperial a redoblar la coerción externa como mecanismo compensatorio.
Hegemonía, consenso y resistencias
Desde una óptica sociológica, Boron muestra cómo la crisis del imperialismo se traduce en una erosión del consenso interno en Estados Unidos y en una creciente incapacidad para producir legitimidad internacional. En paralelo, en América Latina se reactivan memorias históricas de dominación, tradiciones antiimperialistas y nuevas formas de organización popular que desafían el sometimiento estructural.
Aquí adquiere especial relevancia la referencia al filósofo italiano Antonio Gramsci y su célebre caracterización de las crisis orgánicas: períodos en los que “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer”, generando condiciones propicias para fenómenos autoritarios y regresivos. Boron aplica esta matriz interpretativa al sistema internacional contemporáneo, subrayando su carácter “hobbesiano” y profundamente inestable.
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Escenario prospectivo
En coherencia con las tesis del libro, es posible trazar un escenario prospectivo hacia lo que va corrido de 2026 —no como afirmación empírica, sino como derivación analítica— en el cual la profundización del declive estadounidense se traduzca en mayores niveles de injerencia en América Latina. Desde el marco teórico de Boron, ello podría expresarse en:
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el recrudecimiento de sanciones económicas y bloqueos contra Estados que desafían la hegemonía regional, como Cuba y Venezuela;
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el respaldo abierto o encubierto a operaciones de desestabilización política y electoral en países estratégicos de Centroamérica y el Caribe;
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el fortalecimiento de alianzas con élites locales autoritarias como mecanismo de contención de proyectos soberanistas.
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Este tipo de conductas encajaría plenamente en la segunda tesis del autor: los imperios en decadencia tienden a actuar con mayor brutalidad, precisamente porque ya no pueden sostener su liderazgo mediante el consenso.
La obra de Atilio A. Boron constituye una referencia ineludible para comprender la larga duración del imperialismo estadounidense en América Latina y sus mutaciones contemporáneas. Su valor no reside únicamente en la reconstrucción histórica, sino en la capacidad de ofrecer herramientas teóricas para interpretar el presente y pensar escenarios futuros en un sistema internacional en transición.
En tiempos de cambio de época, como advierte Boron, la región se enfrenta a riesgos considerables, pero también a oportunidades históricas para redefinir su lugar en el mundo, siempre que los pueblos logren transformar la crisis del orden imperial en un proyecto emancipatorio propio.
Acceso al libro
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