POR OMAR ROMERO DÍAZ /
El cuestionado presidente electo con fraude, Abelardo de la Espriella, empieza a definir su rumbo: más que austeridad, se perfila una visión ideologizada de las relaciones internacionales. Cerrar 14 embajadas y 15 consulados, romper relaciones con Cuba y Nicaragua y reorganizar la presencia diplomática puede presentarse como eficiencia, pero gobernar no es solo cerrar oficinas. Hay que preguntarse qué servicios pierden los colombianos, qué relaciones económicas se afectan y qué intereses nacionales quedan comprometidos.
Aquí surge la primera contradicción: si el argumento es alejarse de gobiernos autoritarios, debería aplicarse a todos. Pero al fortalecer la relación con Israel y reabrir la embajada allí, la pregunta es inevitable: ¿la democracia es el principio o solo una herramienta para escoger amigos y enemigos? Una política exterior seria no puede construirse sobre el odio a la izquierda ni sobre la simpatía automática hacia la derecha.
![]()
De la Espriella anunció que no despachará desde la Casa de Nariño y la convertirá en museo, con Barranquilla como sede alterna. Pero descentralizar no puede significar convertir la Presidencia en una escenografía itinerante. La institucionalidad no puede depender de la voluntad personal del gobernante. La polémica por la posesión en Cali (tras plantearse Popayán) refleja que el símbolo termina siendo más importante que la institución.
La verdadera preocupación es el hilo conductor: Cuba y Nicaragua castigadas, giro hacia otros aliados, abandono de la Casa de Nariño. Todo parece parte de una narrativa: romper con la izquierda y construir una identidad de derecha. Un presidente no gobierna solo para quienes votaron por él, sino también para quienes lo rechazaron. La democracia no consiste en que el vencedor imponga su visión sobre los vencidos.
Más que preguntar si tiene derecho a cambiar embajadas o sedes, debemos preguntar: ¿cuál es el criterio? Si hay estudios técnicos, que se publiquen. Si cerrar consulados ahorra, que se explique cuánto y qué pasa con los colombianos que necesitan esos servicios. Si acercarse a Israel responde al interés nacional, que se exponga con transparencia.
![]()
Lo que debemos vigilar es la concentración simbólica del poder, la intolerancia al adversario, el uso de las instituciones para marcar enemigos y la sustitución de argumentos por confrontación ideológica.
La democracia no pertenece a una ideología. El examen de De la Espriella no será su capacidad para romper con Cuba, Nicaragua o el legado de Petro, ni para cambiar la sede de la Presidencia. Será demostrar que puede gobernar sin convertir al adversario en enemigo de la nación. Colombia no necesita un presidente que gobierne contra Petro, contra la izquierda o contra quienes piensan diferente. Necesita un mandatario que gobierne para todos.
La coherencia democrática se demuestra aplicando la misma vara a todos. El Estado no es propiedad del Presidente. Es de todos los colombianos.



