THE NEW YORK TIMES /
En su edición del pasado martes 23 de junio, el diario ‘The New York Times’ a través de una nota de opinión de autoría del politólogo estadounidense Michael Shifter, expresidente del centro de pensamiento Diálogo Interamericano y un especialista en política latinoamericana, hizo un detallado análisis de lo que significa la llegada del cuestionado abogado de ultraderecha Abelardo de la Espriella Otero a la Casa de Nariño a partir del próximo 7 de agosto.
Para el influyente periódico neoyorquino, con De la Espriella en el Gobierno, “Colombia se lanza al vacío”.

El texto del análisis periodístico de Shifter es el siguiente:
Abelardo de la Espriella, un millonario populista de derecha sin experiencia política, logró una victoria electoral por un margen mínimo frente al senador progresista Iván Cepeda en las elecciones presidenciales de Colombia. En menos de mes y medio meses, este cuestionado político ajeno a la política tradicional, respaldado por Donald Trump, tomará las riendas del tercer país más poblado de América Latina, y sucederá a Gustavo Petro, quien, impulsado por una ola de frustración con la política convencional, hizo historia hace cuatro años al convertirse en el primer presidente izquierdista de Colombia.
Podría resultar tentador interpretar estos resultados como un simple giro de la izquierda hacia la derecha. Pero Colombia no está viviendo simplemente un giro conservador; atraviesa un ciclo político turbulento marcado por una pugnacidad amarga e impulsado por el descontento con las instituciones establecidas y las repetidas exigencias de transformación que no se han cumplido. Sobre todo, lo que De la Espriella representa no es solo un giro conservador, sino lo que se conoce como “un salto al vacío”.
En Colombia, al igual que en tantos otros países de América Latina y de otras partes del mundo, el deseo de cambio a menudo se ha vuelto más potente que cualquier ideología concreta. Durante la última década, la región ha vivido una ola especialmente fuerte contra los gobernantes, en la que los votantes han rechazado a los partidos en el poder, independientemente de su tendencia política. En medio de crecientes preocupaciones económicas y de seguridad, los ciudadanos parecen cada vez más dispuestos a aceptar líderes autoritarios o gobiernos que consideran más capaces de abordar sus problemas; cumplir con las normas procedimentales o institucionales es menos importante que obtener resultados.
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Ese fervor contra los gobernantes en ejercicio ayudó a impulsar a Petro al poder en 2022; ahora, esas mismas aspiraciones de esperanza y cambio han impulsado el ascenso de De la Espriella. Es un patrón revelador. La incapacidad del gobierno, durante las últimas décadas, para abordar los problemas crónicos de Colombia —la violencia persistente, la profunda desigualdad y la débil presencia del Estado en amplias zonas del país— ha minado repetidamente la confianza de la ciudadanía en las fuerzas políticas de centro.
Tanto Petro como De la Espriella supieron aprovechar con éxito ese descontento, y se presentaron como candidatos externos que desafiaban lo que describían como un orden político esclerótico y desacreditado, aunque de formas muy diferentes.
Hay que reconocer que el mandato de Petro no fue malo. Dio voz a las quejas legítimas sobre la pobreza y la desigualdad y amplió el debate político para incluir a las comunidades afrocolombianas, a los pueblos indígenas y a otros grupos que llevaban mucho tiempo excluidos del poder. Pero, al igual que otros progresismos latinoamericanos, al final resultó más eficaz en la campaña electoral que en la gobernanza. Su gobierno se caracterizó por luchas internas y la incapacidad de convertir promesas ambiciosas en reformas duraderas por la oposición sistemática de la derecha en el Congreso. Presidió un grave desequilibrio fiscal, una crisis en el sector de salud y logró el debilitamiento de la tecnocracia neoliberal colombiana, tradicionalmente sólida.

Lo más importante fue su fracaso en materia de seguridad. La iniciativa estrella de Petro, conocida como “Paz Total”, buscaba acuerdos negociados con grupos criminales insurgentes y bandas urbanas después de años de presión militar sostenida. Aunque la iniciativa partía de buenas intenciones, los resultados fueron profundamente decepcionantes. Las organizaciones armadas prosperaron; el número de combatientes activos en los conflictos volvió a dispararse.
De la Espriella, un exitoso abogado penalista conocido por representar a clientes a menudo polémicos por sus estrechos vínculos mafiosos, demostró ser muy astuto a la hora de aprovechar estas vulnerabilidades. Al lado de Cepeda, que a menudo parecía rígido y poco carismático, De la Espriella se mostró en la campaña electoral como todo un showman; mezclaba llamamientos emocionales con mensajes populistas y promesas de un enfoque de seguridad de mano dura, imitando en parte las políticas del presidente Nayib Bukele de El Salvador.
El modelo de Bukele —caracterizado por las detenciones masivas de presuntos miembros de bandas, las megacárceles y una ampliación significativa de los poderes del Ejército y la Policía— ha cautivado a la población de toda la región. Independientemente de si una estrategia tan de mano dura puede tener éxito en Colombia, ofreció una alternativa clara a una política de seguridad que muchos votantes consideraban infructuosa.
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Con De la Espriella en el poder, los colombianos pueden esperar un mayor apoyo a la empresa privada y a la inversión extranjera, una agenda social más conservadora y una alineación más estrecha con los líderes de tendencia ultraderechista de la región. A los críticos les preocupa que también pueda disminuir el respeto por las normas democráticas, y citan las políticas de seguridad de línea dura de De la Espriella, que podrían debilitar la independencia judicial, los derechos de las minorías y los controles institucionales sobre el poder ejecutivo.
Hay preocupaciones legítimas de que una estrategia de seguridad agresiva y sin piedad pueda agravar los abusos contra los derechos humanos sin abordar las causas subyacentes de la violencia, como la debilidad de las instituciones y la falta de oportunidades económicas.
De la Espriella, que tiene la doble nacionalidad colombiana y estadounidense, contará con un apoyo entusiasta por parte del Gobierno Trump, quien le dio su firme respaldo tras haber ganado la primera vuelta electoral.

La cooperación en materia de seguridad entre Washington y Bogotá ha avanzado a trompicones durante la era de Petro: aunque el intercambio de información de inteligencia, las incautaciones de cocaína y los esfuerzos conjuntos contra el crimen organizado en gran medida continuaron, las relaciones se vieron tensadas por profundas diferencias ideológicas entre los gobiernos y la oposición de Petro a las estrategias tradicionales de lucha contra el narcotráfico. Con De la Espriella, esta cooperación se intensificará, lo que daría lugar a operaciones militares conjuntas como las que se han llevado a cabo recientemente en Ecuador y Venezuela.
Eso tendría consecuencias en toda la región. Un giro drástico hacia una militarización respaldada por Estados Unidos seguramente pondrá en vilo a políticos de izquierda regionales como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y la mexicana Claudia Sheinbaum. Su preocupación por las crecientes intervenciones estadounidenses en América Latina es tanto práctica como ideológica. No está claro que volver a un modelo militar de mano dura liderado por Estados Unidos vaya a ser eficaz para desmantelar las extensas redes de delincuencia transnacional. En cambio, podría empujar la violencia a través de las porosas fronteras de la región y agravar problemas de seguridad que ya son complejas.
Si De la Espriella se propone remodelar Colombia —y, por extensión, la región— a su antojo, puede que se tope con los mismos obstáculos que frenaron a su predecesor, habida cuenta que enfrentará una oposición robusta que perdió por menos del 1 %.
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Una de las lecciones más importantes de los años de Petro es la notable resistencia de los sectores de la ultraderecha colombiana. Durante su mandato, el Congreso, los tribunales, unas cuantas organizaciones de la sociedad civil y una prensa corporativa se resistieron repetidamente a la materialización de sus reformas sociales
El próximo 7 de agosto De la Espriella asume la Presidencia de Colombia, pero su movimiento político tiene una representación limitada en el Congreso, lo que lo obligará a negociar con muchos de los mismos partidos de ultraderecha a los que denunció sin piedad durante toda su campaña. El supuestamente “independiente” que prometió dar un vuelco al sistema puede que pronto descubra que gobernar requiere trabajar dentro de él.
La verdadera pregunta no es porqué Colombia se ha movido hacia la derecha. Es si sus instituciones son lo suficientemente fuertes como para canalizar otra oleada más de política antisistema sin sacrificar el Estado de Derecho. La respuesta determinará si las elecciones del pasado 21 de junio marcan el último vaivén del péndulo político —o un paso definitivo y peligroso hacia el vacío.



