junio 11, 2026 4:28 am
Colombia ya recibió la franquicia

Colombia ya recibió la franquicia

El candidato de la ultraderecha colombiana Abelardo de la Espriella cuenta con nacionalidad estadounidense y se enorgullece de ser seguidor acérrimo del presidente Trump y donante del Partido Republicano.

POR ALBERTO CASTRILLÓN MORA /

En su libro ‘Epidemia ultra’, el analista político Franco Delle Donne sitúa el origen del fenómeno en una fecha precisa: 21 de abril de 2002. Ese día, Jean-Marie Le Pen pasó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. No ganó. Pero el virus había empezado a caminar en serio. Lo que entonces pareció una anomalía resultó ser el comienzo de una epidemia que hoy tiene nombre en cada país: Orbán en Hungría, Bolsonaro en Brasil, Meloni en Italia, Milei en Argentina, Bukele en El Salvador, Trump en Estados Unidos. Y desde el domingo 31 de mayo, Abelardo de la Espriella en Colombia.

Colombia no era inmune. Simplemente todavía no había recibido la franquicia. Ahora la recibió.  Porque De la Espriella no es un fenómeno local ni espontáneo. Es un producto con manual de instrucciones: se reunió con Santiago Abascal, líder de Vox, en Madrid; se adhirió al Foro de Madrid —la red que agrupa a Milei, Kast, Meloni y Le Pen—; convocó en el Movistar Arena de Bogotá a figuras de la internacional ultraconservadora. Hay marca, hay doctrina, hay red de distribución. Lo que parece rebeldía es, en realidad, una franquicia global que vende la misma ilusión con distintos acentos nacionales.

Esto no es una opinión política. Es un objeto de estudio que ha ocupado durante años a algunos de los intelectuales más rigurosos y menos sospechosos de radicalismo del mundo académico occidental. Martha Nussbaum, en ‘La monarquía del miedo’, analiza cómo el miedo y la ira — emociones primitivas, fácilmente manipulables— se han convertido en el combustible de estos movimientos.

Francis Fukuyama, quien en 1989 celebró el triunfo de la democracia liberal, lleva casi dos décadas documentando su deterioro: el retorno del clientelismo, la captura del Estado por élites económicas, la decadencia institucional.

Michael Sandel, en ‘El descontento democrático’, muestra cómo el vaciamiento moral de la política —reducida a gestión tecnocrática— creó el vacío que el populismo autoritario vino a llenar.

Ecos del fascismo en Colombia.

Mark Lilla diagnostica que cuando la izquierda abandonó a la clase trabajadora y se convirtió en el partido de las élites educadas, cedió el terreno de la rebeldía a la derecha. El resultado es la gran paradoja de nuestro tiempo: los más pobres votan por los más ricos porque los más ricos hablan el lenguaje de la rebelión. De la Espriella, con sus mocasines Louis Vuitton y su avión privado, se presenta como el candidato de “los nunca”. El espectáculo reemplaza a la política. La emoción desplaza al argumento.

Anne Applebaum, conservadora de trayectoria impecable y Premio Pulitzer, llega a conclusiones igualmente inquietantes desde una orilla ideológica distinta. En ‘Autocracia S.A.’ argumenta que los regímenes autoritarios contemporáneos no son movimientos ideológicos en el sentido clásico: son redes transnacionales de interés que comparten tecnologías de control, flujos de dinero y narrativas de legitimación mutua. No es una Internacional del fascismo: es una empresa global.

La reunión de De la Espriella con Santiago Abascal en Madrid, su adhesión al Foro de Madrid, la presencia del argentino de ultraderecha Agustín Laje en el Movistar Arena de Bogotá no son gestos simbólicos: son la incorporación formal a esa red. Colombia no eligió un candidato. Suscribió un contrato.

Timothy Snyder, historiador del totalitarismo europeo y autor de ‘Sobre la tiranía’, ofrece las herramientas conceptuales más precisas para entender el momento. Snyder advierte sobre lo que llama la obediencia anticipada: la tendencia de las instituciones, los medios y los individuos a adaptarse por adelantado a lo que creen que querrá el nuevo poder, sin que nadie se lo pida.

Esa adaptación silenciosa —los medios que suavizan la crítica, los políticos que ya se alinean, los académicos que prefieren el silencio prudente— es la que convierte una amenaza en una realidad. Los autócratas no conquistan las instituciones: las instituciones se entregan.

Snyder también distingue entre la política de la inevitabilidad —la ilusión liberal de que la democracia avanza sola hacia adelante— y la política de la eternidad: el mito del pasado glorioso, el pueblo homogéneo y amenazado, el enemigo interno que lo explica todo. Cuando la primera promesa se rompe —y el liberalismo la rompió— el espacio es ocupado automáticamente por la segunda. De la Espriella opera exactamente en ese registro: no ofrece un programa, ofrece un mito. Y su advertencia más célebre merece repetirse en cada aula universitaria: como dice Snayder, la posverdad es el prefascismo. Quien controla el lenguaje, controla la realidad. Quien controla la realidad no necesita suprimir las elecciones: le basta con vaciarlas de contenido.

Ese es exactamente el patrón que Levitsky y Ziblatt documentaron en ‘Cómo mueren las democracias’: estos líderes no llegan con tanques sino con urnas, y desde adentro colonizan las instituciones que los trajeron al poder. No destruyen la democracia de un golpe: la erosionan gradualmente. Cooptan las cortes, capturan la Fiscalía, asfixian a la prensa independiente. De la Espriella tiene abiertas demandas contra más de veinte periodistas. Convierte la pugnacidad en estrategia, no en consecuencia. La forma sobrevive: el contenido muere.

Pero como toda franquicia exitosa, esta responde a una necesidad real. El liberalismo hizo promesas que no cumplió —lo advirtió Bobbio hace cuarenta años—. Prometió igualdad y entregó desigualdad creciente. Prometió deliberación y produjo captura corporativa del Estado. Prometió ciudadanos activos y cosechó apatía y clientelismo. En ese vacío secular y acumulado crecen los De la Espriella del mundo. No son la enfermedad: son la fiebre que indica que el cuerpo ya estaba enfermo. El neoliberalismo agravó todo eso: la deriva desde el liberalismo político hacia el fundamentalismo de mercado destruyó los lazos de solidaridad que hacen posible la vida democrática.

Colombia tiene además su propio antecedente. En 2009, el presidente Álvaro Uribe proclamó, frente al entonces príncipe Felipe de Borbón, que “el estado de opinión es la fase superior del Estado de Derecho”—la voluntad popular directa por encima de la norma escrita, de los jueces, de los contrapesos institucionales. Las cortes lo detuvieron entonces. Pero el virus quedó en el ambiente. De la Espriella es su variante más evolucionada: ya no necesita teorizar el principio, le basta con practicarlo. Los drones, la pólvora, el show en tarima son el estado de opinión hecho espectáculo. Y detrás del espectáculo, el mismo proyecto: un hombre, una voluntad, un pueblo homogéneo y mítico que lo respalda.

Un candidato que declaró que “la ética no tiene nada que ver con el derecho”, que defendió al testaferro de Maduro, que amenaza a quienes lo cuestionan, que importó su programa de Buenos Aires y Madrid, no representa una alternativa al sistema que falló. Representa su versión más cínica: el mismo poder concentrado, pero sin la hipocresía de fingir que le importa el bien común.

El populismo de derechas acierta en el diagnóstico —las élites fallaron, el sistema está roto— y pudre la cura. Pretende curar la enfermedad matando al paciente. Bukele no resolvió la desigualdad estructural de El Salvador: concentró el poder y dejó al país más vulnerable. Milei prometió destruir el Estado que fallaba y está destruyendo también el Estado que protegía a los más débiles. Orbán llevaba quince años gobernando y Hungría es más desigual y menos libre que cuando llegó. En todos los casos, el diagnóstico era parcialmente correcto. La receta fue un veneno.

Este texto no es un llamado partidista. No le dice a nadie por quién votar. Le dice a la comunidad universitaria algo distinto y más urgente: que el fenómeno De la Espriella no es una curiosidad electoral sino un objeto de estudio con una bibliografía formidable, con casos comparados documentados, con patrones reconocibles y con consecuencias verificables. Ignorarlo, o reducirlo a una disputa entre izquierda y derecha, sería exactamente el primer paso de esa obediencia anticipada que Snyder describe: adaptarse silenciosamente a lo que viene, sin haberlo decidido conscientemente.

La universidad no es el guardián de la democracia —esa arrogancia ya le costó cara a la izquierda ilustrada—. Pero sí es uno de los pocos espacios donde todavía se puede preguntar en voz alta: ¿qué es la verdad? ¿Qué es la justicia? ¿Qué le debemos a los demás? ¿Qué significa gobernar para el bien común? Aristóteles lo dijo antes que todos: el propósito de la política es la vida buena, no el espectáculo. Esa pregunta es la pregunta académica por excelencia. Y es precisamente la pregunta que el show de los drones y la pólvora está diseñado para que no nos hagamos.

Colombia merece algo mejor. Y quienes pensamos en las universidades tenemos la obligación —no el privilegio— de pensarlo en voz alta, antes de que el silencio se vuelva costumbre.

La franquicia de la ultraderecha en Colombia: análisis estratégico y prospectiva de riesgos

La irrupción de figuras como Abelardo De la Espriella en el ecosistema político colombiano trasciende la narrativa del caudillismo local o la insurgencia electoral espontánea. Desde una perspectiva de gobernanza democrática, nos encontramos ante la implementación rigurosa de un modelo de negocio político transnacional que opera bajo la lógica de una «franquicia». Este fenómeno, lejos de ser una anomalía, representa la llegada a Colombia de un producto estandarizado con un manual de instrucciones probado globalmente, diseñado para capitalizar el descontento estructural mediante una arquitectura de marca altamente sofisticada.

El origen de esta «epidemia ultra», como la denomina el analista Franco Delle Donne, se rastrea hasta el 21 de abril de 2002 con el ascenso de Jean-Marie Le Pen en Francia. Lo que en su momento pareció un evento aislado fue el hito fundacional de una red que hoy conecta a figuras como Orbán, Bolsonaro, Meloni, Milei y Trump.

En Colombia, la «rebeldía» que proyecta el candidato De la Espriella es una construcción estética calculada para el consumo masivo: mientras utiliza un lenguaje de insurrección contra las élites, lo hace desde la comodidad de sus mocasines Louis Vuitton y su avión privado. Esta disonancia no es un error de comunicación, sino una estrategia de marca: los sectores más vulnerables terminan otorgando su confianza a la ostentación del éxito, percibiendo la riqueza extrema no como un privilegio de casta, sino como un símbolo de poder capaz de desafiar al sistema.

Es imperativo desglosar la arquitectura operativa que sostiene este avance para comprender los riesgos institucionales que conlleva.

 

Análisis de la estrategia: el ‘Manual de Instrucciones’ global

La política ha mutado de la confrontación de ideologías clásicas hacia una estructura de red transnacional. Los líderes de esta nueva derecha no actúan de forma aislada; operan como nodos de lo que Anne Applebaum define como «Autocracia S.A.», una red que comparte tecnologías de control, flujos de capital y narrativas de legitimación. En el caso colombiano, la estrategia se despliega a través de pilares operativos nítidos:

  • Red de distribución y alianzas: la formalización del movimiento no ocurrió en las plazas públicas, sino en reuniones con Santiago Abascal (Vox) en la capital española y la adhesión explícita al Foro de Madrid. Esta conexión vincula el destino político local con intereses globales que incluyen a figuras como Kast en Chile y Le Pen en Francia.

  • Narrativa de Legitimación: la presencia de agitadores intelectuales como el argentino Agustín Laje provee una validación doctrinal que transforma el alto grado de pugnacidad en una cruzada moral necesaria.

  • Estética del espectáculo: el uso de drones, pólvora y eventos masivos en escenarios como el Movistar Arena desplaza el argumento racional por la catarsis emocional. El show está diseñado para que el ciudadano deje de cuestionar el bien común y se convierta en espectador de una demostración de fuerza.

Este modelo representa una evolución crítica respecto a antecedentes locales. En 2009, el entonces presidente Álvaro Uribe proclamó ante el príncipe Felipe de Borbón que el «estado de opinión» era la fase superior del Estado de Derecho, buscando situar la voluntad popular por encima de los contrapesos institucionales. De la Espriella ha llevado esta teoría a la práctica total del espectáculo. Ya no se busca justificar la superioridad de la opinión sobre la norma; se busca que la norma sea irrelevante frente a la potencia del show mediático. Esta transición de la teoría a la espectacularización estratégica conlleva peligros latentes para la estabilidad democrática.

Informe de riesgos: la erosión silenciosa de la democracia

El riesgo principal de estos movimientos no es el quiebre violento del orden constitucional, sino su degradación gradual desde el interior. Colombia no está simplemente eligiendo a un mandatario; está suscribiendo un contrato con un modelo que vacía de contenido las instituciones mientras mantiene su fachada. La amenaza reside en una erosión ética que normaliza el autoritarismo como una forma de eficiencia.

Matriz de riesgos institucionales

  1. Obediencia anticipada: es el riesgo más insidioso detectado por Timothy Snyder. Se manifiesta cuando los medios de comunicación suavizan sus críticas, los políticos tradicionales se alinean preventivamente y los académicos optan por un silencio prudente para evitar represalias del futuro poder. Esta capitulación institucional ocurre antes de que el líder tome posesión del mando.

  2. Captura y colonización institucional: siguiendo el patrón de Levitsky y Ziblatt, el movimiento busca colonizar cortes y fiscalías. El objetivo no es destruir la ley, sino instrumentalizarla. La declaración del candidato afirmando que «la ética no tiene nada que ver con el derecho» y su historial defendiendo al testaferro de Maduro anticipan una visión donde la justicia es un recurso del poder, no un límite al mismo.

  3. Posverdad como prefascismo: el control del lenguaje crea realidades alternativas que hacen imposible la deliberación. Cuando la verdad desaparece, las elecciones se convierten en un trámite vacío de contenido.

  4. Judicialización de la crítica: el uso estratégico del sistema judicial para asfixiar el disenso ya es una realidad operativa. Con demandas abiertas contra más de veinte periodistas, el movimiento utiliza las herramientas de la democracia para silenciar a quienes deben fiscalizarla.

Bajo la «política de la eternidad», estos líderes explotan el fracaso del liberalismo para ofrecer mitos de pasados gloriosos y enemigos internos. El veneno del populismo se presenta como la cura a la desigualdad y la captura corporativa del Estado, pero su efecto final es la muerte del paciente: el Estado Social de Derecho.

Resumen de referentes intelectuales

El análisis de este fenómeno cuenta con un respaldo académico riguroso que permite entenderlo como un objeto de estudio con consecuencias verificables.

Glosario de conceptos fundamentales

  • Franquicia global: modelo político replicable que utiliza manuales de instrucciones, estéticas y estrategias de comunicación compartidas internacionalmente.

  • Estado de opinión: la pretensión de situar la voluntad popular, usualmente manipulada emocionalmente, por encima de los jueces, las normas y los contrapesos institucionales.

  • Obediencia anticipada: el ajuste preventivo y voluntario de los actores sociales e institucionales a los deseos de un líder autoritario para evitar conflictos futuros.

  • Política de la inevitabilidad: la creencia de que la democracia es un estado natural que se mantiene solo, ignorando la necesidad de una defensa activa frente a su erosión.

El diagnóstico frente a la cura

El análisis estratégico revela una paradoja crítica: la ultraderecha acierta en su diagnóstico inicial. El sistema está roto; las promesas del liberalismo de igualdad y justicia no se han cumplido, y el fundamentalismo de mercado ha destruido los lazos de solidaridad ciudadana. Sin embargo, aunque el diagnóstico sea parcialmente correcto, la receta de la franquicia es fatal.

Concentrar el poder, despreciar la ética legal y fomentar la pugnacidad social y política no resuelve la desigualdad estructural; simplemente la administra bajo una versión más cínica y espectacular del poder.

La universidad y el pensamiento crítico tienen hoy la obligación ética de ser espacios donde se rescaten las preguntas fundamentales que el show de los drones intenta silenciar: ¿qué es la verdad? ¿Qué es la justicia? ¿Qué le debemos a los demás?

Recuperar la política como la búsqueda de la «vida buena» —en términos aristotélicos— y no como un espectáculo de consumo es la única defensa real.

Debemos ejercer el deber de pensar en voz alta, antes de que el silencio se convierta en nuestra costumbre definitiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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