agosto 4, 2026 3:08 pm
El objetivo es un continente fascista

El objetivo es un continente fascista

POR NAOMI KLEIN

Cuando hablamos del auge del fascismo en Estados Unidos, muchas de las referencias suelen provenir de Europa. Para comprender los peligros de la retórica y las acciones deshumanizadoras de Donald Trump y su consejero político Stephen Miller, académicos y comentaristas recurren con frecuencia a los paralelismos con los regímenes de Benito Mussolini, Adolf Hitler y Francisco Franco.

Comprender este linaje es importante, pero existe el peligro de pasar por alto inspiraciones más cercanas. Estas incluyen el fascismo autóctono de los Estados Unidos posteriores a la Reconstrucción, en particular las leyes raciales eugenésicas que inspiraron a los nazis, y las innumerables maneras en que Suramérica ha servido como laboratorio para el fascismo estadounidense. Las Américas tienen sus propias historias fascistas específicas, lugares donde se han probado y experimentado nuevos métodos e ideas.

La influencia de la derecha latinoamericana se hizo más evidente en la década de 1970, cuando el violento derrocamiento del gobierno socialista democrático de Salvador Allende por parte del general Augusto Pinochet en 1973 marcó el sangriento comienzo de la era neoliberal (un capítulo que traté extensamente en ‘La doctrina del shock’). Con el respaldo de la CIA, Pinochet convirtió su régimen en un «taller» (en palabras de Greg Grandin) para la forma más extrema de economía de libre mercado que el mundo jamás había visto. De vuelta en Estados Unidos, la derecha libertaria celebró el «milagro» económico de Pinochet, mientras convenientemente pasaba por alto a los miles de izquierdistas que el genocida militar chileno eliminó para allanarle el camino.

En la derecha estadounidense, la admiración por Pinochet está resurgiendo. Sin embargo, hoy en día, lo que suscita admiración no son tanto sus políticas económicas como la crueldad y brutalidad con la que el dictador aplastó a la izquierda política. Pinochet y los demás generales que gobernaron los Estados vecinos en la década de 1970 son ahora admirados, no a pesar de haber encarcelado, asesinado y hecho desaparecer a decenas de miles de sindicalistas, estudiantes activistas y artistas de renombre, sino precisamente por ello.

El genocidad dictador chileno Augusto Pinochet.

Supe que nos dirigíamos hacia un futuro sombrío durante la primera Presidencia de Trump, cuando grupos de extrema derecha vinculados a MAGA comenzaron a vender camisetas con lemas como «Paseos gratis en helicóptero para izquierdistas» y «Pinochet no hizo nada malo». Hoy hemos superado con creces la etapa de los memes y las camisetas.

La guerra es internacional. Desde su regreso al poder, el régimen de Trump se ha centrado obsesivamente en devolver a la derecha fascista al poder en toda Latinoamérica, interfiriendo en innumerables elecciones, desde Argentina hasta Honduras, a menudo con amenazas monetarias explícitas y sobornos. El objetivo final no es otro que una América fascista, que se extienda desde Tierra del Fuego hasta Alaska (o, en los sueños de Trump, Groenlandia). El centro neurálgico de esta operación es el Departamento de Estado de EE. UU., pero su corazón late en Miami. Después de todo, es en Florida donde tantos caudillos latinoamericanos y criminales de guerra han sido acogidos en el exilio, y es en Miami donde han podido lavar sus fortunas robadas, crear redes entre ellos y planear sus vengativos regresos.

Marco Rubio, secretario de Estado de EE.UU.

Marco Rubio, quien ahora tiene al menos las mismas probabilidades de suceder a Donald Trump que JD Vance, es un producto puro de Miami. El virulento antiizquierdismo que le da vida corre por las venas del Secretario de Estado de EE.UU. Si tienen alguna duda, vean su escalofriante discurso en la cumbre que organizó a principios de este mes sobre el supuesto resurgimiento del «terrorismo político» de izquierda.

Para cualquiera que conozca la sangrienta historia de las dictaduras latinoamericanas respaldadas por EE.UU., esto resultó demasiado familiar: en todo el continente, la batalla contra las guerrillas de izquierda fue la tapadera utilizada para librar una guerra de aniquilación contra la izquierda, armada y desarmada, religiosa y laica, electa y cultural. Las acusaciones de terrorismo fueron la excusa que los generales utilizaron para aplastar toda una tendencia política, arrancando al izquierdismo de sus raíces.

@NaomiAKlein

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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