POR OMAR ROMERO DÍAZ
Hay una frase que resume una de las mayores tragedias políticas de nuestro tiempo: el pobre que se cree rico.
Es el trabajador que madruga todos los días para ganarse el sustento, pero termina defendiendo a quienes históricamente han vivido del esfuerzo ajeno. Es el obrero que no tiene empresa, el campesino que lucha por sobrevivir, el vendedor informal que rebusca el pan de cada día y el empleado que depende de un salario para sostener a su familia, pero que vota como si fuera dueño de bancos, multinacionales o grandes haciendas.
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Le hicieron creer que algún día será rico y, mientras espera ese milagro, defiende los intereses de quienes ya son ricos. Es decir, terminan, respaldando a sus propios verdugos.
Esa ha sido una de las más grandes victorias de las oligarquías económicas y políticas: lograr que muchos trabajadores ataquen a quienes luchan por sus derechos y aplaudan a quienes pretenden reducirlos.
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Por eso vemos a personas humildes criticando los sindicatos, rechazando las reformas sociales, oponiéndose a los derechos laborales y repitiendo discursos que no nacieron en los barrios populares ni en el campo, sino en los centros de poder económico.
Los convencieron de que reclamar derechos es ser perezoso. Los convencieron de que la organización sindical es un problema. Los convencieron de que la pobreza es culpa exclusiva del pobre. Y lo más grave: los convencieron de que sus enemigos son otros trabajadores tan explotados como ellos.
Mientras el pueblo pelea entre sí, los verdaderos privilegiados siguen acumulando riqueza y poder. Por eso la decisión electoral en Colombia de este 21 de junio es mucho más importante de lo que algunos creen.
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No se trata simplemente de escoger un nombre en un tarjetón. Se trata de decidir si Colombia avanza hacia una sociedad que proteja la vida, el trabajo digno, los derechos sociales y el medio ambiente, o si retrocede hacia un modelo individualista de corte neoliberal en el que los intereses económicos de unos pocos estén por encima de las necesidades de las mayorías.
Lo que hoy ocurre en Argentina debería servir de advertencia para todos los trabajadores colombianos.

Bajo el discurso de la «libertad», el Gobierno de Javier Milei acaba de profundizar una reforma laboral que, según sindicatos y sectores sociales, reduce derechos conquistados durante décadas de lucha obrera. Se debilita la negociación colectiva, se limita el poder de los sindicatos, las vacaciones quedan más sujetas a la voluntad empresarial y se abren mecanismos que trasladan al trabajador cargas que antes correspondían al empleador.
Lo más grave es que millones de trabajadores votaron por quienes prometían defenderlos y hoy ven cómo se desmontan conquistas laborales históricas.
Los trabajadores deben preguntarse quién defiende la estabilidad laboral, quién respalda la salud pública, quién protege las pensiones, quién defiende la educación y quién está comprometido con la protección de la naturaleza.
Porque sin agua no hay vida. Sin bosques no hay futuro. Sin derechos laborales no hay justicia social. Y sin dignidad para quienes producen la riqueza del país, no puede existir una democracia verdadera.
La historia demuestra que ningún derecho de los trabajadores fue un regalo. La jornada de ocho horas, las vacaciones, las cesantías, las pensiones y la seguridad social fueron conquistas arrancadas mediante décadas de lucha popular y sindical.
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Por eso resulta incomprensible que algunos trabajadores terminen apoyando proyectos políticos que, según sus críticos, podrían debilitar esas conquistas históricas y favorecer intereses que poco tienen que ver con las necesidades del pueblo.
El trabajador consciente sabe que la verdadera riqueza de una nación no está en las cuentas bancarias de unos pocos, sino en el bienestar de millones de personas que todos los días construyen el país con sus manos.
Este 21 de junio, el pueblo trabajador colombiano tiene una responsabilidad histórica. No votar como si fuera multimillonario. No votar pensando en los intereses de quienes nunca han vivido sus dificultades. No votar contra sus propios derechos.
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Es momento de votar por la vida, por el trabajo digno, por la justicia social, por la protección del medio ambiente y por un país donde la riqueza producida por todos beneficie también a las grandes mayorías.
Porque cuando el pobre vota contra sus propios intereses, ganan los de siempre. Pero cuando el pueblo toma conciencia de su fuerza, cambia la historia.



