julio 31, 2026 3:03 pm
La confianza perdida en el periodismo y el ascenso del poder de las plataformas, dos aspectos de la transformación estructural de la esfera pública según el ‘Digital News Report 2026’

La confianza perdida en el periodismo y el ascenso del poder de las plataformas, dos aspectos de la transformación estructural de la esfera pública según el ‘Digital News Report 2026’

¿QUEQUÉ? /

El Digital News Report 2026 del Reuters Institute for the Study of Journalism ofrece una radiografía inquietante del ecosistema informativo contemporáneo: la confianza global en las noticias cayó al 37 %, su nivel más bajo desde 2015, mientras las redes sociales, las plataformas de video y los intermediarios algorítmicos desplazaron por primera vez a los sitios de medios y a la televisión como fuentes principales de información.

El dato no expresa solo una crisis de reputación del periodismo; revela una transformación estructural de la esfera pública, de los hábitos de consumo informativo y de las condiciones políticas bajo las cuales se produce la verdad social.

En América Latina, y especialmente en Colombia, esta crisis adopta una intensidad particular. Con apenas 25 % de confianza en las noticias, siete puntos menos que el año anterior, Colombia queda en el puesto 40 entre los 48 mercados analizados. La cifra condensa un malestar más profundo: desconfianza institucional, alto grado de pugnacidad política, violencia contra periodistas, precarización de los medios, saturación informativa y una migración acelerada de las audiencias hacia creadores, influencers, plataformas de video y, de forma incipiente, chatbots de Inteligencia Artificial (IA).

 

De los medios como instituciones al ecosistema de intermediarios

Desde una perspectiva comunicacional, el informe confirma el desplazamiento del modelo clásico de comunicación periodística. Durante décadas, los medios operaron como instituciones centrales de mediación: seleccionaban temas, jerarquizaban acontecimientos, verificaban información y construían narrativas de referencia para la discusión pública. En 2026, esa función si bien no desaparece, queda subordinada a una arquitectura dominada por plataformas, algoritmos, métricas de atención y lógicas de distribución ajenas al control editorial tradicional.

El hecho de que el 54 % de los encuestados use redes sociales y plataformas de video para informarse, frente al 51 % que acude directamente a sitios y aplicaciones de noticias, marca un umbral simbólico: el público ya no llega mayoritariamente a la noticia por la puerta del medio, sino por rutas mediadas por terceros. Si se suman los chatbots de IA, el acceso indirecto alcanza el 56 %. La noticia deja de ser un producto localizado en una cabecera reconocible y se convierte en un flujo fragmentado, remezclado, comentado y distribuido por infraestructuras comerciales cuyo objetivo principal no es informar, sino capturar atención.

Esta transformación altera la autoridad del periodismo. La credibilidad ya no depende solo de la trayectoria del medio, sino de la familiaridad del rostro que comunica, del formato audiovisual, del tono emocional, de la cercanía percibida y de la capacidad de circular en comunidades digitales.

En ese contexto, creadores e influencers no son simples competidores accidentales: son actores de un nuevo régimen comunicativo en el que la confianza se personaliza, se tribaliza y se mide muchas veces por afinidad antes que por verificación.

Desconfianza, fatiga informativa y fractura de la experiencia común

La caída de la confianza no puede entenderse únicamente como un problema de calidad periodística. Es también el síntoma de sociedades más inseguras, polarizadas y desconfiadas de sus instituciones. Cuando solo el 37 % de las personas dice confiar en las noticias la mayor parte del tiempo, lo que se erosiona no es apenas la relación entre audiencias y medios, sino una base mínima de realidad compartida. Sin esa base, la deliberación pública se vuelve más frágil y la conversación social tiende a organizarse en torno a sospechas, identidades enfrentadas y relatos incompatibles.

El crecimiento de la evasión de noticias es especialmente revelador. En Colombia, el 49 % de los encuestados evita las noticias con frecuencia; en Brasil, la cifra llega al 47 %. Esta conducta suele interpretarse como apatía, pero también puede leerse como una estrategia de defensa subjetiva frente a la saturación, la ansiedad, el conflicto permanente y la percepción de que la información no ofrece herramientas para actuar, sino motivos para sentirse impotente.

La noticia, que en teoría debería orientar a la ciudadanía, se experimenta cada vez más como carga emocional.

En términos sociológicos, el informe muestra una tensión entre hiperconexión y desintegración del espacio público. Nunca hubo tantas fuentes disponibles, pero esa abundancia no produce necesariamente mayor comprensión.

La fragmentación de formatos, voces y plataformas favorece comunidades informativas cerradas, donde los usuarios consumen noticias filtradas por afinidad política, emocional o generacional. La consecuencia es una ciudadanía más expuesta a información, pero no necesariamente mejor informada.

Plataformas, pugnacidad política y debilitamiento democrático

 

Desde una óptica política, el Digital News Report 2026 sugiere que la crisis de confianza en las noticias está estrechamente vinculada con la crisis de representación democrática. En contextos de alto grado de pugnacidad política y social, los medios son percibidos menos como instituciones de servicio público y más como actores alineados con intereses políticos, económicos o ideológicos. Esta percepción, alimentada tanto por errores reales del periodismo como por campañas de desprestigio, debilita la capacidad de los medios para cumplir funciones de control, vigilancia y rendición de cuentas.

El caso colombiano es particularmente ilustrativo. La caída al 25 % de confianza ocurre en un entorno electoral, con pugnacidad intensa y ataques documentados contra periodistas. En ese escenario, la desconfianza no es neutral: puede ser capitalizada por liderazgos políticos que buscan deslegitimar la crítica, por actores que difunden desinformación y por plataformas que premian los contenidos más emocionales, conflictivos o identitarios. La crisis del periodismo se convierte así en una vulnerabilidad democrática.

La plataformización de las noticias también plantea un problema de soberanía comunicacional. Las reglas que determinan qué información se vuelven visibles, qué voces ganan alcance y qué contenidos son monetizables se definen en gran medida fuera de las redacciones, de los marcos regulatorios nacionales y del escrutinio democrático.

En lugar de una esfera pública organizada por criterios editoriales discutibles pero identificables, emerge un espacio gobernado por algoritmos opacos, incentivos comerciales y dinámicas de viralidad.

América Latina y Colombia: la confianza como problema estructural

América Latina aparece en el informe como una región donde convergen varias crisis: fragilidad económica de los medios, violencia contra periodistas, concentración de propiedad, pugnacidad política, desinformación y alta dependencia de plataformas. Brasil, México y Colombia muestran señales distintas de un mismo deterioro: audiencias que desconfían, evitan noticias y recurren cada vez más a intermediarios digitales para orientarse.

En Colombia, el dato de 25 % de confianza debe leerse junto con el 35 % de personas que se informa semanalmente a través de creadores, porcentaje que sube al 40 % entre jóvenes de 18 a 24 años. Esto no significa necesariamente que los creadores sean inferiores al periodismo institucional; algunos pueden aportar cercanía, especialización y lenguajes más comprensibles. Pero sí indica que el vínculo tradicional entre medios y ciudadanía está roto o, al menos, profundamente debilitado. La pregunta crítica no es solo por qué la gente abandona a los medios, sino qué tipo de autoridad informativa ocupa ese vacío.

El periodismo colombiano enfrenta una paradoja: se le exige independencia, rigor y presencia territorial, pero opera en condiciones de presión política, precariedad laboral, amenazas de seguridad y dependencia económica.

La desconfianza ciudadana no puede resolverse únicamente con campañas de marca o llamados abstractos a “recuperar la credibilidad”. Requiere revisar prácticas editoriales, transparencia en la financiación, corrección pública de errores, diversidad de voces, escucha activa de audiencias y protección efectiva de periodistas.

Inteligencia Artificial: nuevo acceso, vieja desconfianza

El uso de chatbots de IA para acceder a noticias creció del 7 % al 10 % globalmente en un año, y alcanza el 16 % entre menores de 35 años. Sin embargo, la confianza en sus respuestas es apenas del 20 %, la más baja entre las fuentes medidas. Este contraste revela que la adopción tecnológica no implica legitimidad social automática.

Los usuarios experimentan con la IA, pero todavía perciben sus respuestas como inciertas, opacas o insuficientemente verificables.

Desde una mirada crítica, la IA puede profundizar la separación entre producción periodística y consumo informativo. Si los usuarios reciben resúmenes generados por sistemas que extraen, reorganizan y presentan contenido sin hacer visibles las condiciones de producción de la noticia, el periodismo corre el riesgo de convertirse en insumo invisible para interfaces privadas. Esto plantea preguntas urgentes sobre atribución, responsabilidad, sesgos, remuneración y trazabilidad de la información.

La confianza no se recupera con nostalgia

El Digital News Report 2026 no debe leerse como una elegía por el periodismo tradicional, sino como una advertencia sobre el agotamiento de un pacto comunicacional.

La confianza en las noticias cae porque las audiencias perciben distancia, sesgo, saturación, falta de utilidad y desconexión con sus experiencias cotidianas. Pero también cae porque el ecosistema digital premia la sospecha, la velocidad, la indignación y la afinidad por encima de la verificación y la deliberación.

 

La salida no consiste en regresar a un pasado idealizado de medios hegemónicos, sino en reconstruir legitimidad bajo nuevas condiciones. Eso implica periodismo más transparente, más explicativo, más cercano a los territorios, más responsable frente a sus errores y menos dependiente de la lógica de la viralidad. También exige políticas públicas que protejan la libertad de prensa, regulen con inteligencia el poder de las plataformas y fortalezcan medios públicos, comunitarios e independientes.

En Colombia, el 25 % de confianza no es solo una mala noticia para los medios: es una señal de alarma para la democracia. Cuando la ciudadanía deja de confiar en las noticias, no necesariamente deja de creer; muchas veces empieza a creer en fuentes menos visibles, menos responsables y más alineadas con sus emociones o prejuicios.

Por eso, recuperar la confianza no es un problema corporativo del periodismo, sino una tarea pública: reconstruir las condiciones sociales, políticas y comunicacionales para que la verdad verificable vuelva a tener valor común.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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