POR ISABEL BORRERO RAMÍREZ
De la Cuchilla del Tambo a Venezuela. De la United Fruit Company a Chiquita Brands. Del viejo colonialismo al nuevo despojo. Una reflexión sobre la memoria histórica, la psicología del poder y la peligrosa facilidad con la que los pueblos terminan aplaudiendo aquello mismo que siempre juraron combatir.
Un 29 de junio de 1816, esta tierra volvió a aprender una lección que parece empeñarse en olvidar. No fue solamente una batalla perdida; fue el día en que un imperio terminó de recuperar el control sobre un pueblo que había osado creer que podía gobernarse a sí mismo.
Los sobrevivientes no solo vieron caer un ejército; vieron llegar una larga temporada de persecuciones, fusilamientos y castigos ejemplares para cualquiera que se atreviera a pronunciar la palabra libertad.

Aquella derrota ocurrió en la Cuchilla del Tambo, cerca de Popayán, en 1816. Allí, las últimas fuerzas republicanas del sur fueron vencidas por el ejército enviado por la Corona española para reconquistar el territorio.
Detrás de esos soldados venía algo mucho más peligroso que las armas: la restauración del miedo como forma de gobierno. Poco después comenzó el régimen de terror encabezado por Pablo Morillo y ejecutado por militares como Juan Sámano, convencidos de que un pueblo obedecía mejor cuando aprendía a temer.
Pero esa historia tampoco empezó allí. Treinta y cinco años antes, otra mujer había cometido un acto infinitamente más revolucionario que romper un simple papel. Cuando Manuela Beltrán arrancó el edicto de los nuevos impuestos durante la Insurrección de los Comuneros, lo que hizo fue romper la idea de que el poder era intocable. Antes de la derrota hubo rebeldía.

Antes de la obediencia hubo dignidad. Antes del miedo hubo ciudadanos que todavía creían que la libertad merecía el riesgo. Y quizá por eso la historia no deja de perseguirnos.
Porque los imperios cambian de bandera, de uniforme y de discurso, pero nunca abandonan la misma ambición. Los pueblos, cuando olvidan demasiado rápido, terminan creyendo que cada nueva forma de dominación es una historia distinta, cuando en realidad es la misma tragedia con diferente vestuario.
Para este carnaval de desdichas que nos han vendido como destino, solo encuentro dos palabras que actúan como diagnóstico y veredicto clínico: hipocresía y amnesia selectiva.
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Lo de Venezuela, caramba, es una herida abierta que nos interpela a todos. Como seres humanos, ver a ese pueblo hermano, tan cercano a nuestra propia sangre, asfixiado entre el escombro y la tragedia, nos parte el corazón en dos.
Es una angustia genuina ver a una nación atrapada en un callejón sin salida, donde la dignidad humana es la primera víctima de la ambición.
Pero lo que realmente me hiela la sangre, lo que me provoca un espasmo de lucidez en medio de tanta congoja, es ver cómo esa indignación, de muchos de mis compatriotas colombianos ‘abelardistas’, se apaga por arte de magia cuando la amenaza tiene apellido gringo.

¿Dónde estaban estas lágrimas de cocodrilo cuando el despojo es la norma? ¿Por qué callan, sumisos y arrodillados, ante las declaraciones de un Donald Trump que no tiene reparo en afirmar durante un evento público en Suffern, Nueva York, que Estados Unidos había extraído tanto crudo de Venezuela que el valor de ese petróleo compensó ampliamente los gastos de la guerra con Irán? Es más, el mandatario sostuvo que el capital recaudado por la explotación de este hidrocarburo superó el costo de las operaciones militares entre 25 y 40 veces.
Y como si no bastara con esa confesión de saqueo, en otra alocución disparó: «Con Venezuela fue una guerra de un día. Los golpeamos muy fuerte y les sacamos millones de barriles de petróleo. Aunque lo que pasó con el terremoto fue terrible, la gente está feliz y está bailando por las calles tras nuestro ataque».
Aquí es donde el velo se rasga y la jugada maestra, tan burda como efectiva, queda al descubierto. ¿Por qué razón Trump se empeñó y se empeña en promocionar, con o sin el auxilio de artes oscuras en las urnas, a personajes como Abelardo de la Espriella que, lejos de cualquier estatura de estadista, cargan con el estigma de haber dedicado su carrera a defender el hampa, los intereses más sombríos y a quienes han hecho del crimen su modo de vida? Trump no busca un guía para una nación, está contratando a un capataz que ya domina el oficio de la impunidad.

Precisa de un hombre capaz de desmantelar, pieza por pieza, el Estado de Derecho, de perseguir o, como bien lo dice, a “destripar” y a reducir en escombros a las comunidades que se interpongan entre sus mandantes y el botín de tierras, minas y recursos naturales.
Un cuestionado abogado que ha labrado su prestigio al servicio de la criminalidad es la pieza perfecta para este ajedrez porque no requiere entrenamiento en la transgresión; ya tiene el trecho andado y conoce los atajos de la violencia desde la periferia de la legalidad.
Para asegurar la lealtad absoluta de este títere, el patrón blande el único argumento que un rehén comprende: el arsenal judicial que guarda bajo llave. Es un entramado que conecta las siete empresas pantalla en la Florida, el caso Boliche, donde su captador de clientes fue condenado por fraude y lavado, y los nexos documentados con Alex Saab, de cuyas empresas vinculadas recibió transferencias millonarias justificadas como asesorías fiscales. Son cadenas invisibles, garantizadas por un prontuario que pende sobre su cabeza como una espada de Damocles lista para caer al primer signo de insubordinación.
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Hay momentos en que una sociedad no entrega su libertad porque se la arrebatan, sino porque el miedo a la incertidumbre convierte la obediencia en un refugio. La elección de alguien con este perfil no es un error de cálculo; es el síntoma de una sociedad que ha renunciado a su soberanía psicológica y política para buscar refugio en la figura del verdugo.
Cualquier persona con un celular puede googlear esta infamia y comprobar la mecánica del despojo. Le ponen delante a la mitad de la población colombiana un elefante con los colmillos manchados de sangre y ellos, adiestrados en la ceguera voluntaria, miran hacia otro lado mientras bailan, como lo dice el ‘padre protector del norte’, sobre los escombros de una tragedia que suma al menos 1.450 fallecidos y cerca de 50.000 personas sin localizar o incomunicadas.
Mientras tanto, nos deleitamos en la paradoja más cruel y sangrienta de nuestro tiempo: los mismos que gritan a pulmón herido «firmes por la patria» o «lloren petristes» son los que, con su ceguera, nos empujaron al abismo. No se dan cuenta de que, bajo este nuevo orden, estamos pavimentando el camino exacto para convertirnos en el coco que siempre los asustó: Venezuela; una Venezuela explotada, destripada y expropiada bajo el disfraz de la protección extranjera.
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Es la ironía de la sumisión: creen defender la patria cuando, en realidad, le están abriendo la puerta a los mismos que nos van a explotar, a fracturar y a succionar hasta la última gota de recurso. Toda dominación necesita algo más que fuerza bruta; necesita una conciencia colectiva convencida de que el despojo es inevitable o, peor aún, deseable, hasta lograr que el sujeto ame las cadenas que lo atan y le rece al verdugo como si fuera redentor.
Debemos recordar que nuestra relación con el supuesto “protector” no empezó hoy.
Hagamos un ejercicio de memoria histórica; a principios del siglo XX, la United Fruit Company ejerció una influencia colosal en nuestro suelo colombiano, siendo apodada ‘El pulpo’, con el respaldo militar y político de Estados Unidos. Esta injerencia llegó a extremos sangrientos como la Masacre de las Bananeras en 1928, donde el Ejército colombiano, bajo presión de la empresa estadounidense, asesinó a más de mil trabajadores en huelga.
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Décadas después, bajo el nombre de Chiquita Brands, la compañía admitió ante la justicia estadounidense haber financiado grupos paramilitares para mantener el control de sus operaciones.
Y entonces vuelvo al principio. Vuelvo a este 29 de junio. Vuelvo a aquella derrota de 1816, cuando un pueblo creyó que había perdido una batalla y terminó perdiendo, durante años, la posibilidad de decidir su propio destino.
Doscientos diez años después contemplamos a Venezuela, ese pueblo hermano reducido al dolor, al saqueo y a la dependencia, mientras Colombia parece iniciar, entre aplausos y los brindis de aguardiente de Abelardo de la Espriella, ungido de ocasión, aunque no precisamente por el Espíritu Santo, el mismo camino que durante décadas juró no recorrer.
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¿Es casualidad? ¿Es destino? ¿O será, simplemente, que los pueblos también padecen una forma de amnesia selectiva que los condena a convertir sus peores derrotas en sus próximas decisiones?
George Santayana nos advirtió que quien no recuerda la historia está condenado a repetirla. Yo añadiría algo desde la psicología social: una sociedad no repite su historia porque el pasado regrese, sino porque deja de reconocerlo cuando vuelve disfrazado.
Tal vez la Cuchilla del Tambo nunca terminó. Tal vez solo aprendió a cambiar de uniforme.



