Por Nora Merlin
¿Por qué, en muchas ocasiones, las personas votan en contra de sus propios intereses? A lo largo del tiempo, la escritura de este nuevo libro de mi autoría que presento: Colonización de la subjetividad. Medios de comunicación en la época del biomercado (Editorial Letra Viva, Buenos Aires, 2017), me permitió ir reconociendo los mecanismos sociales y las estrategias utilizadas por el poder para lograr una captura y una subjetividad calculada. Comenzamos con una caracterización del neoliberalismo, una descripción de los que a nuestro juicio conforman algunos de sus rasgos principales: el consumo, el machismo, el terrorismo vinculado con la angustia −afecto preponderante en esta época-. Consideramos que el neoliberalismo lleva a cabo una construcción biopolítica basada en la apropiación y el disciplinamiento social, un dispositivo de colonización de la subjetividad cuyo objetivo es la producción de un hombre nuevo. A esta operación, en la que los medios de comunicación corporativos desempeñan un papel crucial, la denominamos colonización; sus principales consecuencias son la caída del sujeto y el desarrollo de una cultura de masas. A la vez que seducen y fascinan, los medios de comunicación construyen una civilización caracterizada por la obediencia, el sometimiento, el individualismo y la identificación homogeneizante. A contramano de lo que comúnmente se cree, la igualdad producida por los medios poco tiene que ver con el principio de igualdad democrática: más bien, implica una uniformidad de consumidores o televidentes pasivos, que poseen cierta ilusión de libertad de elección. En efecto, la idea de libertad que presentan los medios masivos se encuentra también disociada del principio de libertad, base de las democracias modernas occidentales. En ellos se trata en verdad de técnicas de venta, que dejan fuera de juego al sujeto y a la libertad, la cual es reemplazada por la sugestión.
El recorrido de este escrito propone indagar en los modos en que los medios de comunicación, aparte de manipular la realidad (como es bien conocido), producen y fomentan el odio, instalan prejuicios y utilizan la mentira y el marketing político, lo que tiene un efecto nocivo y enfermizo para la cultura. Estas operaciones los medios están en condiciones de llevarlas a cabo a causa de dos motivos centrales: en primer lugar, por el espacio privilegiado que, tras una compleja historia, los medios ocupan hoy en la civilización. En segundo término, por el estatuto que en ella fue adquiriendo la imagen; es decir, por el poder que nuestra cultura les atribuye a las imágenes. Sobre el final, planteamos la pregunta sobre las posibilidades de liberación de la colonización que nos domina; creemos que ello solo es posible si surge un deseo de desidentificación, un deseo de descolonización, una apuesta emancipatoria vehiculizada a través de una construcción hegemónica fundamentada en la voluntad popular. En este sentido, intentamos desplegar los modos posibles de construir una hegemonía y una voluntad popular, un pueblo soberano capaz de desconectar las relaciones sacrificiales distribuidas por el mercado.
Solo si el sujeto pueblo, entendido como una categoría muy distinta a la de masa, hace su aparición, podrá emerger la contingencia de una voluntad colectiva de querer otra cosa.
Esa es nuestra apuesta política.