septiembre 23, 2026 3:52 am
Trump y Lula ante la ONU: América Latina entre la restauración imperial y la disputa por un orden multipolar

Trump y Lula ante la ONU: América Latina entre la restauración imperial y la disputa por un orden multipolar

SOMOS RADIO AM530 /

Análisis geopolítico a partir de la columna del cientista social argentino Atilio A. Boron en el espacio periodístico ‘Otro Día en el Planeta Tierra’ (Somos Radio AM530, Buenos Aires) sobre los discursos de Donald Trump y Luiz Inácio Lula da Silva en la apertura del 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el pasado martes 22 de septiembre de 2026.

Una escena condensada del cambio de época

La sucesión de los discursos de Luiz Inácio Lula da Silva y Donald Trump convirtió la apertura de la Asamblea General en una representación concentrada de la disputa que atraviesa al sistema mundial. Por un lado, Trump presentó una concepción jerárquica del orden internacional: soberanía plena para la potencia dominante, coerción para sus adversarios y margen reducido de autonomía para los países situados en su esfera de influencia.

Por otro, Lula defendió la igualdad soberana, el principio de no intervención, la solución política de los conflictos y una reforma del multilateralismo que amplíe la voz del Sur Global. La oposición no fue meramente retórica. Expresó dos proyectos de orden: uno basado en la primacía estadounidense y la libertad de acción militar; otro orientado hacia un mundo más plural, aunque todavía carente de mecanismos suficientes para disciplinar a las grandes potencias.

La lectura de Boron sitúa este contrapunto en una transición histórica. La unipolaridad surgida después de la Guerra Fría se ha erosionado, pero no ha sido sustituida por una arquitectura estable. Estados Unidos conserva una superioridad militar, financiera, tecnológica y comunicacional extraordinaria; sin embargo, enfrenta guerras prolongadas, cuestionamientos a su legitimidad, competencia estratégica con China, mayor coordinación entre potencias no occidentales y crecientes costos internos de sostener su primacía. La distancia entre capacidad de destrucción y capacidad de construir consensos duraderos es una de las claves del momento.

Trump: fuerza, campaña y hemisferio occidental

La intervención de Trump, de cerca de 39 minutos según el registro audiovisual de Naciones Unidas, combinó balance de gobierno, lenguaje electoral y doctrina estratégica. La afirmación de que Estados Unidos está “más fuerte que nunca”, respaldada por la invocación de un poder militar y tecnológico sin parangón, buscó producir una imagen de eficacia ejecutiva: frente a instituciones que deliberan, Washington actuaría; frente a amenazas que otros administran, Washington las eliminaría.

Este encuadre transforma la política exterior en demostración de voluntad y presenta la negociación no como construcción de reglas comunes, sino como resultado de una correlación de fuerzas previamente impuesta.

América Latina ocupó un lugar inusualmente visible. La reivindicación de la operación estadounidense en Venezuela, la apropiación política de sus resultados y el énfasis en los recursos energéticos remiten a una lógica de botín. La frase atribuida a Trump —“al vencedor le pertenecen los despojos”— resume una visión en la que la fuerza crea derechos.

La amenaza de impedir que peligros para Estados Unidos “ganen terreno” en el hemisferio occidental, junto con las referencias a Cuba y a los cárteles en México, actualiza la Doctrina Monroe en clave de seguridad nacional: la región aparece menos como comunidad de Estados soberanos que como perímetro estratégico estadounidense.

Ese enfoque integra coerción militar, sanciones, control de rutas y recursos estratégicos, presión diplomática e intervención en procesos políticos. En términos de economía política internacional, Venezuela no es sólo un problema ideológico: es una gran reserva energética y una pieza en la disputa por precios, suministros y capacidad de negociación.

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, habla durante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Nueva York, 22 de septiembre de 2026.

Cuba funciona, a su vez, como emblema disciplinador: el criminal bloqueo impuesto por EE.UU. transmite a toda la región el costo inadmisible para Washington de tolerar un proyecto político autónomo. México queda inscrito en una narrativa de amenaza transnacional que puede ampliar la extraterritorialidad de la política de seguridad estadounidense. La soberanía se vuelve así condicional: se reconoce mientras no contradiga intereses definidos unilateralmente en Washington.

Lula: soberanía, democracia y multilateralismo reformado

La respuesta de Lula fue contundente porque desplazó la discusión desde la simpatía o antipatía hacia determinados gobiernos hasta el principio que organiza la convivencia regional. “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”, afirmó para rechazar de manera contundente tanto una jerarquía hemisférica como la pretensión de que una potencia pueda arbitrar elecciones, gobiernos legítimos o modelos de desarrollo.

En boca del Presidente de la mayor economía latinoamericana, la frase proyectó una identidad política para el Sur Global: autonomía sin aislamiento, cooperación sin subordinación y pluralidad de alianzas.

Su denuncia de la injerencia extranjera en los procesos electorales enlazó soberanía nacional y democracia. La advertencia sobre “enemigos de la democracia, internos o externos” sugiere que el deterioro democrático contemporáneo no proviene únicamente de golpes militares clásicos. También opera mediante desinformación, financiamiento transnacional, presión económica, instrumentalización judicial, sanciones, plataformas digitales y respaldo selectivo a actores políticos. La intervención externa puede adoptar formas legales, financieras o comunicacionales y, por ello, resultar menos visible que una ruptura institucional abierta.

La defensa de la solución de dos Estados para Palestina y el llamado a reformar Naciones Unidas colocaron a Lula en una tradición multilateralista crítica. No se trata de idealizar el orden vigente, sino de modificarlo: ampliar la representación, limitar el privilegio del veto y recuperar la capacidad colectiva de prevenir guerras. El problema es material. Sin coordinación diplomática sostenida, mecanismos financieros propios, comercio intrarregional, infraestructura común y mayor capacidad tecnológica y defensiva, el discurso soberanista corre el riesgo de permanecer en el plano declarativo.

La crisis de la democracia

El contraste entre ambos discursos revela una crisis que es simultáneamente nacional e internacional. En el plano interno, las democracias conviven con desigualdad extrema, concentración mediática, financiarización de la política y debilitamiento de partidos y organizaciones sociales.

En el plano global, la mayoría de los Estados participa formalmente en instituciones cuyas decisiones decisivas permanecen condicionadas por un pequeño grupo de potencias. La igualdad jurídica entre países coexiste con una desigualdad efectiva de poder.

Trump expresa esa contradicción mediante un excepcionalismo explícito: exige soberanía irrestricta para Estados Unidos, pero relativiza la de otros países cuando obstaculiza sus objetivos. Sus ataques a la Corte Penal Internacional (CPI) y al Consejo de Derechos Humanos debilitan la posibilidad de reglas universales y refuerzan una legalidad selectiva: las normas obligan a los débiles, mientras los fuertes conservan la facultad de interpretarlas o rechazarlas.

Lula, en cambio, presenta la democracia como autodeterminación y como límite a la injerencia. Su posición es normativamente más compatible con la Carta de la ONU, aunque su eficacia depende de convertir principios en coaliciones y capacidades.

Imperialismo y poder global

En la perspectiva de Boron, el imperialismo no es un vocabulario residual de la Guerra Fría, sino una relación contemporánea entre poder militar, capital financiero, control tecnológico y apropiación de recursos. Su forma actual combina bases y operaciones armadas con sanciones, dominio monetario, jurisdicción extraterritorial, control de datos, patentes, cadenas logísticas y plataformas.

La coerción puede ejercerse sin ocupación territorial prolongada: basta con alterar el acceso al crédito, al sistema de pagos, a insumos críticos o a mercados estratégicos.

La retórica de superioridad puede leerse, paradójicamente, como señal de fortaleza y de vulnerabilidad. Una potencia en declive relativo no deja de ser poderosa; puede volverse más propensa a usar ventajas militares para compensar pérdidas de influencia económica o diplomática. De ahí la relevancia del diagnóstico de Boron: la ausencia de victorias políticas concluyentes en conflictos recientes no elimina la capacidad destructiva estadounidense, pero sí muestra que dominar el campo de batalla no equivale a estabilizar sociedades ni a legitimar un orden.

Economía política internacional: recursos, energía y autonomía

La disputa geopolítica tiene una base económica concreta. El control de petróleo, minerales críticos, rutas marítimas, infraestructura digital y capacidad de cómputo determina márgenes de poder. La guerra y las sanciones no son anomalías externas a la economía mundial: reorganizan precios, seguros, monedas de pago, cadenas de suministro y ganadores empresariales. La referencia de Trump a los recursos venezolanos y su defensa de la libertad estadounidense para desarrollar Inteligencia Artificial (IA) vinculan seguridad nacional con apropiación de ventajas económicas y tecnológicas.

Para América Latina, el dilema no consiste en escoger pasivamente entre Washington y Beijing, sino en construir capacidad de negociación. La región posee alimentos, agua, biodiversidad, hidrocarburos, litio, cobre y potencial renovable, pero mantiene estructuras productivas primario-exportadoras y una integración fragmentada. Sin políticas industriales, ciencia pública, agregación de valor, coordinación energética, financiamiento regional y mecanismos de pagos menos vulnerables a sanciones externas, la abundancia de recursos puede reproducir dependencia en lugar de traducirse en soberanía.

Conflictos internacionales y crisis del multilateralismo

El genocidio israelí en Gaza y las guerras en Irán y Ucrania, junto con conflictos menos visibles en Sudán, el Congo y Myanmar, muestran un sistema incapaz de aplicar criterios consistentes. Cada potencia invoca el derecho internacional cuando favorece a sus aliados y lo relativiza cuando limita sus operaciones.

La postura de Trump privilegia la disuasión, la amenaza y la acción unilateral; la de Lula insiste en la negociación y en una solución política para Palestina. La diferencia es sustantiva: una doctrina entiende la paz como resultado de la superioridad; la otra, como producto de reglas aceptadas y garantías recíprocas.

La ONU refleja esa asimetría. La Asamblea General ofrece legitimidad y visibilidad, pero el Consejo de Seguridad concentra capacidad vinculante y preserva el veto de cinco potencias. Reformar el sistema exige ampliar representación y eficacia sin convertirlo en una simple suma de bloques rivales. También requiere financiamiento estable y voluntad de someter a todos los Estados —incluidos los más poderosos— a las mismas reglas. De lo contrario, el multilateralismo seguirá oscilando entre foro moral y escenario de impotencia.

Implicaciones estratégicas para América Latina

El intercambio deja cinco tareas prioritarias para la región: reconstruir instancias de concertación política capaces de responder colectivamente a amenazas y sanciones; blindar los sistemas electorales sin restringir el pluralismo; reducir la dependencia financiera, tecnológica y logística; convertir los recursos naturales en plataformas de industrialización e innovación; y sostener una diplomacia activa a favor de la paz, la reforma de la ONU y la aplicación no selectiva del derecho internacional. La autonomía no equivale a neutralidad moral ni a autarquía: supone diversificar vínculos, evitar alineamientos automáticos y elevar el costo político de cualquier intervención.

La confrontación discursiva entre Trump y Lula no fue un episodio protocolario, sino una disputa por el significado de soberanía, democracia y orden mundial.

Trump formuló con inusual franqueza una política de jerarquía hemisférica, coerción militar y apropiación de ventajas estratégicas. Lula respondió desde la igualdad soberana, la democracia y el multilateralismo reformado.

Los discursos del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y del mandatario estadounidense Donald Trump en la 81 Asamblea General de Naciones Unidas contrastaron por estar en las antípodas desde el punto de vista de la geopolitica mundial.

La interpretación de Boron acierta al advertir que el mayor peligro no reside sólo en la retórica belicista, sino en su conversión en doctrina operativa para una región rica en recursos y políticamente fragmentada.

El desenlace dependerá menos de la elocuencia de los discursos que de la capacidad de transformar principios en poder organizado. Si América Latina no articula instituciones, infraestructura, financiamiento, conocimiento y posiciones diplomáticas comunes, la noción de “patio trasero” persistirá como práctica, aunque sea rechazada en la tribuna. Si, por el contrario, convierte su diversidad y sus recursos en cooperación estratégica, podrá participar en la transición multipolar como sujeto político y no como territorio de disputa.

Las tensiones del sistema global

El  análisis geopolítico de Atilio A. Boron en el siguiente video:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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