POR OMAR ROMERO DÍAZ /
El discurso de posesión del presidente Abelardo de la Espriella pronunciado el pasado viernes 7 de agosto en Cali, nos deja una sensación agridulce: promete mucho, pero dice muy poco. Y en ese vacío, como colombianos, debemos leer entre líneas.
¿Qué vimos el 7 de agosto?
Un Presidente , que cita a grandes nombres de la historia, que promete mano dura y regeneración moral. Suenan bien las palabras. Pero cuando uno las pone en una balanza, empiezan a pesar distinto.
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Primera contradicción: dice que respetará la Constitución, pero anuncia cadena perpetua para agresores de mujeres y niños. La Constitución actual, la de 1991, no permite esa pena. Entonces, ¿qué es lo que va a respetar realmente? ¿O va a cambiar la Constitución sin Asamblea Constituyente, como él mismo descartó? Y la revisión de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) como lo dijo en campaña y en la lectura del documento.
Segunda contradicción: promete congelar el gasto público y eliminar impuestos al patrimonio. Pero según su Ministro de Hacienda el déficit fiscal es del 7,8 % del PIB. ¿De dónde va a sacar la plata para las megacárceles, para la guerra contra los grupos armados, para la infraestructura que promete? La aritmética no da, y ahí está el peligro: cuando las cuentas no cuadran, siempre pagan los mismos, los más pobres.
Tercera contradicción: habla de fortalecer las regiones, pero centraliza las decisiones más importantes, como la seguridad y las fumigaciones. Eso no es descentralización, es centralismo con otro nombre.
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La cortina de humo de la «batalla cultural»
El nuevo mandatario dedicó buena parte de su discurso a hablar de Dios, de los valores tradicionales, de una supuesta persecución a las creencias. Suena a que quiere distraernos. Mientras habla de «batalla cultural», no nos dice cuánto van a costar sus promesas, ni quién va a pagar la factura.
La invitación a «entrar al escudo de las Américas» propuesto por los Estados Unidos y la frase de Churchill de «victoria a toda costa» nos ubican geopolíticamente. Pero la historia nos ha enseñado que esas alianzas militares no siempre traen paz, y que las guerras, incluso las «justas», dejan cicatrices profundas.
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El caso Ecopetrol: medias verdades
Dice que Ecopetrol fue «depredada» y que sus utilidades cayeron de 32 a 9 billones. Pero no menciona que gran parte de esa caída se debe a factores externos: el precio del petróleo, decisiones de la OPEP, la transición energética mundial. Atribuir todo al Gobierno anterior es simplista y, francamente, deshonesto, asimismo busca depredar los recursos naturales con la ejecución de proyectos de fracking
Y lo más grave: promete «recuperarla» sin decir cómo. ¿Con más inversión pública? Pero eso contradice el congelamiento del gasto. ¿Con capital privado? Pero eso contradice su discurso nacionalista. Esa ambigüedad no es inocente.
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¿Y la justicia social?
Habla de justicia social, de una «Patria Milagro» con infraestructura para todos. Pero las obras públicas en Colombia históricamente han beneficiado a las regiones con más poder político, no a las que más lo necesitan. Sin criterios claros de equidad territorial, esa promesa es un placebo.
El discurso cierra la puerta al diálogo con los grupos armados. «Se acabó el diálogo», dice. Pero la historia colombiana nos enseña que la guerra total sin diálogo no ha funcionado. El conflicto no se resuelve solo con megacárceles y fumigaciones, por más que suenen duras esas palabras.
Un llamado a la ciudadanía
Como colombianos, no podemos quedarnos con las frases adornadas. Tenemos que preguntar: ¿con qué plata va a hacer todo esto? ¿Cómo va a respetar la Constitución si anuncia penas prohibidas por ella? ¿Quién va a pagar los costos de esta «regeneración»?
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Las promesas vanas, cuando se estrellan contra la realidad, se convierten en frustración. Y la frustración, en Colombia, ha sido el caldo de cultivo de la violencia.
El discurso de De la Espriella fue, en el fondo, un espejo de una ultraderecha que promete orden, pero no tiene programa fiscal, que habla de región, pero centraliza, que jura respetar la ley, pero la viola en sus primeras palabras.
Cuidado, Colombia. Las apariencias engañan. La «regeneración» prometida puede ser, como en tiempos de Rafael Núñez, la antesala de una nueva crisis. Pero esta vez, sin el proyecto de nación que la justifique.



