POR OMAR ROMERO DÍAZ /
Del ratón al queso: cuando la despensa se entrega en herencia.
Colombia no es ingenua. Sabe que en política hay traiciones, pero también sabe cuándo le faltan el respeto. Quienes hoy claman por la “Patria milagro” han terminado por entregar las llaves de la despensa a los mismos roedores que llevan décadas royendo el presupuesto nacional. Y no, no es paranoia: es la cruda lectura de un gabinete que huele a vieja política, a favores pagados y a oscuros expedientes que la luz pública no soporta.
Empecemos por la incomodidad inicial: la sombra del fraude. Más allá de las actas y los escrutinios, lo que quedó instalado en la mente de millones de colombianos es la sensación de que su voto fue un simple trámite frente a una maquinaria imparable. Quien ganó no lo hizo para gobernar para todos, sino para repartir el botín entre los suyos. Y la prueba fehaciente está en la nómina ministerial. ¿Cómo explicar, si no, que nombres señalados por el despilfarro en el Agro Ingreso Seguro terminen en Agricultura? Es como poner al zorro a firmar los contratos del gallinero.
En el Ministerio de Transporte, la sombra del clan del Caribe se cierne con la fuerza de un vendaval. Mientras la movilidad del país es un tema muy sensible, se designa a una figura que debe más lealtades políticas que soluciones técnicas a los atascos de las ciudades. En Vivienda, la llegada de un funcionario con investigaciones pendientes relacionados con sobrecostos no es un error de tipeo; es un mensaje deliberado: la transparencia es un estorbo. Y en Defensa, la designación de un nombre asociado a los capítulos más oscuros del conflicto no es un gesto de reconciliación; es una provocación a las víctimas, una burda señal de que el Estado Mayor castrense sigue respondiendo a viejas lógicas de poder. En Educación a la esposa de un supuesto religioso condenado por corrupción
Pero el golpe más bajo llega cuando el nepotismo deja de ser un rumor para convertirse en política de Estado. ¿Cómo confiar en que los recursos llegarán a los más pobres cuando varias carteras estratégicas están custodiadas por el mismo círculo familiar? Eso no es gobernar; es montar una empresa privada con dineros públicos, donde el capital se mide en curules y la rentabilidad en contratos. El mérito, esa palabra gastada, quedó relegada al discurso de campaña.
Desde una mirada dialéctica, el problema no es la hoja de vida de cada ministro. El verdadero escándalo es el sistema y la concepción neoliberal que los cobija. Cada nombramiento, visto de forma aislada, podría defenderse con argucias jurídicas; pero vistos en conjunto, dibujan un mapa perfecto de la captura del Estado.

No hay accidentes en la política: hay decisiones calculadas para premiar a quienes ayudaron a ganar, sin importar si tienen las manos limpias o el expediente manchado.
El refrán popular lo dijo claro: no se puede poner al ratón a cuidar el queso. Pero el problema de fondo no es el ratón que siempre va a roer, sino el mayordomo que, sabiendo su historial, decide darle la llave de la despensa. Ese mayordomo es el nuevo Presidente cuestionado también por fraude. Y el queso no es un trozo cualquiera: es el sistema de salud que colapsa, la educación que se rezaga, la tierra que los campesinos esperan y la paz que tantos añoran.

Colombia merece un gabinete que asuste a los corruptos, no que los celebre. Merece ministros que lleguen con pergaminos de honestidad, no con padrinos políticos. Mientras sigamos normalizando que los antecedentes oscuros sean requisito para el cargo, seguiremos siendo el país del «no pasa nada», mientras el queso se acaba y el ratón engorda.
La pregunta ya no es si hubo fraude en las urnas. La pregunta es si vamos a permitir que haya fraude en la administración de lo público. El pueblo no solo votó para elegir un presidente; votó para que se respetara su futuro. Y por ahora, el futuro huele a queso podrido.



