abril 10, 2026 6:53 am
“Mi decisión de respaldar a Iván Cepeda no es un cálculo político; es un acto de responsabilidad histórica”: senadora Clara López en multitudinario evento de adhesión al candidato presidencial del Pacto Histórico

“Mi decisión de respaldar a Iván Cepeda no es un cálculo político; es un acto de responsabilidad histórica”: senadora Clara López en multitudinario evento de adhesión al candidato presidencial del Pacto Histórico

La senadora Clara López Obregón, preside el profuso acto político que desbordó todas las expectativas de respaldo a la candidatura de Iván Cepeda Castro.

POR CLARA LÓPEZ OBREGÓN /

Texto del discurso pronunciado por la senadora Clara López Obregón durante el multitudinario acto de formalización de su respaldo a la candidatura presidencial de Iván Cepeda Castro, Hotel Gran Park, Bogotá D.C., 8 de abril de 2026.

Nos reunimos hoy para formalizar una decisión que no responde a la coyuntura, sino a la historia de mi vida. Es, además, una decisión conversada y consultada con los equipos de trabajo político que me han venido acompañando de todo el país, muchos de ellos y ellas presentes en esta reunión. Lo primero sea agradecerles el compromiso y el apoyo sincero y militante que hoy entregamos con entusiasmo a la causa mayor de la Alianza por la Vida que reúne nuestros anhelos de cambio, paz e igualdad.

Hoy anuncio formalmente mi adhesión a la candidatura de Iván Cepeda Castro y su vicepresidenta, Aída Quilcué, como un acto de coherencia con una vida entera dedicada a la defensa de la democracia, la justicia social y la dignidad humana.

Hasta hoy, mi campaña presidencial estuvo orientada a tender puentes: a acercar al centro político y a sectores no alineados con la izquierda tradicional a la propuesta del Cambio. Esa apuesta no fue improvisada: respondió a una convicción profunda, expresada desde tiempo atrás por nuestro presidente y líder político, Gustavo Petro: “solos no lo logramos”. Sobre esa premisa construí un esfuerzo político encaminado a ampliar mayorías, a generar confianza y a demostrar que el Cambio no es patrimonio de una parcialidad, sino una posibilidad nacional.

Sin embargo, el radicalismo sin antecedentes que ha emergido en las últimas semanas de la campaña, así como la pretensión de ciertos sectores de maquillar las realidades políticas del país y de distorsionar los riesgos que enfrenta la democracia colombiana, me obligan a asumir una definición clara. Resulta inaceptable —y profundamente irresponsable— sostener que los problemas de Colombia y la violencia que hoy persiste en amplias regiones del territorio es consecuencia de las posturas políticas, sociales y humanas del actual gobierno.

Esa narrativa desconoce la verdad histórica: la violencia en Colombia ha sido alimentada durante décadas por estructuras de poder que incluyen a sectores de la clase gobernante, intereses terratenientes, organizaciones paramilitares y economías ilegales, como el narcotráfico; en una alianza persistente para perpetuar privilegios y excluir a amplios sectores sociales y políticos del acceso a espacios de participación y poder político, económico y social, lo que riñe con los principios y valores democráticos que conformaron el gran consenso nacional de la Constitución de 1991.

Esa misma violencia ha intentado, una y otra vez, frenar las aspiraciones de cambio de generaciones enteras de jóvenes que han luchado por un país más justo, más digno y equitativo. Por eso, hoy más que nunca, la respuesta no puede ser la fragmentación ni la ambigüedad: debe ser la unidad. No solo para conquistar la Presidencia —que ya representa un avance histórico—, sino para acceder al verdadero poder transformador del Estado, aquel que permite consolidar, profundizar y hacer irreversible el Cambio por el cual hemos luchado y sufrido, con tantos colombianos y colombianas, los embates de la intolerancia y la persecución. Mi trayectoria política de media década no ha sido una línea recta, pero sí ha tenido una constante: la búsqueda de una Colombia más justa desde dentro de las instituciones. Me inicié en el servicio público como secretaria económica en el Gobierno Liberal de Alfonso López Michelsen. De mi militancia liberal pasé al Nuevo Liberalismo que me eligió concejal de Bogotá en dos periodos sucesivos hasta que Luis Carlos Galán regresó al Partido Liberal.

Entonces inicié mi compromiso con la Unión Patriótica como la candidata de unidad de fuerzas políticas y sociales de izquierda a la Alcaldía de Bogotá, en 1988, cuando arreciaba la guerra sucia en su contra. Con la intolerancia de la época, no muy distante de la que hoy arrecia, fuimos finalmente obligados, mi esposo Carlos Romero y yo, a un exilio involuntario que se prolongó varios años.

Al regreso ingresamos entusiastas al recién creado Polo Democrático del cual recibí todos los honores: candidata a la vicepresidencia como fórmula de Gustavo Petro en 2010, presidenta del partido, ternada a la Alcaldía de Bogotá en 2011 para la difícil tarea de culminar el periodo de Samuel Mireno Rojas y candidata presidencial en 2016, cuando en segunda vuelta con Aída Avella marcamos la diferencia en la elección de Juan Manuel Santos para salvar el proceso de paz de La Habana. Fui ministra de Trabajo de ese Gobierno, autorizada, más no respaldada por mi partido.

Esta experiencia me ha enseñado que transformar este país implica asumir riesgos, sostener convicciones y no retroceder frente a la adversidad.

A los jóvenes de Colombia les digo: hubo un tiempo en que pensar distinto podía costar la vida. La Unión Patriótica, un partido que buscaba reivindicaciones sociales y políticas dentro de la democracia, fue prácticamente exterminado. Miles de sus militantes fueron asesinados. No por la guerra, sino por la política. No por las armas, sino por las ideas.

Entre esas víctimas estuvo Manuel Cepeda Vargas, padre de Iván Cepeda, asesinado en 1994 en un crimen que hoy se reconoce como parte de un exterminio sistemático. Su familia fue perseguida, y esa violencia obligó a Iván Cepeda, siendo prácticamente un niño, a enfrentar el exilio, a reconstruir su vida fuera del país y a regresar con una decisión firme: dedicar su vida a la defensa de las víctimas y a la búsqueda de la verdad.

El candidato presidencial Iván Cepeda y la senadora Clara López Obregón suscriben el Acuerdo de alianza por la Vida, en un multitudinario acto público en Bogotá, en la noche del pasado 8 de abril de 2026. A su lado, las congresistas María José Pizarro y Gloria Flórez.

Quiero ser clara: se equivocan profundamente quienes intentan presentar a Iván Cepeda como un radical o un extremista.

Iván Cepeda es, ante todo, un hombre formado en la reflexión, en la filosofía, en los derechos humanos. Es un intelectual y un político que ha hecho de la memoria una herramienta de construcción democrática. Su vida no ha sido la del odio, sino la de la persistencia. Su trayectoria en el Congreso ha estado marcada por el rigor, por la argumentación y por un compromiso inquebrantable con la legalidad y las instituciones.

No es un político de ruptura irresponsable. Es un político de profundidad histórica. Es un político capaz de concretar el tan anhelado Acuerdo Nacional, si lo dejan.

Pero esta adhesión no se explica únicamente por su vida ni por la mía. Se explica por el momento que vive Colombia.

El Gobierno de Gustavo Petro ha abierto una posibilidad histórica. Ha puesto en el centro del debate la necesidad de corregir desigualdades estructurales, de dignificar el trabajo, de ampliar derechos y de construir una paz real. Ha demostrado que es posible gobernar para las mayorías sin renunciar a la institucionalidad.

Con sus políticas, así lo muestran las estadísticas, ha demostrado que la economía puede crecer y distribuir ingresos, sin esperar al goteo o derrame en un futuro incierto de sus beneficios, que aumentar salarios no genera desempleo y que la inflación se puede combatir con políticas que apoyen al sector real de la economía para reducir el costo de la canasta familiar. Si la ortodoxia neoliberal leyera con cuidado premios nobel como Gary Becker, David Card o Joseph Stoglitz, y aceptaran que cuando redescubrieron la política industrial, esta tiene sus raíces en el estructuralismo latinoamericano de Raúl Prebisch, entenderían que de Colombia está saliendo de la práctica un modelo de desarrollo propio, solidario y ambiental, social y económicamente sostenible

Hoy, el desafío no es comenzar ese camino, sino garantizar su continuidad.

Iván Cepeda representa esa continuidad. No como repetición, sino como evolución. No como imposición, sino como consolidación de un proyecto que ha empezado a transformar la realidad nacional. Ya está avanzando y no tiene marcha atrás.

Por eso, esta decisión no es un cálculo político. Es un acto de responsabilidad histórica.

A las nuevas generaciones les corresponde comprender que la democracia que hoy vivimos, que el proyecto que hoy defendemos ha sido construido con sacrificios enormes. Que hubo quienes fueron asesinados por creer en él. Que hubo quienes tuvieron que exiliarse. Que hubo quienes resistieron.

Y que hoy, esa historia nos exige dar un paso más.

Lo doy con serenidad, con convicción y con la certeza de que Colombia necesita unidad, memoria y futuro.

¡Viva Iván Cepeda!

¡Viva la Alianza por la Vida!

¡Arriba la esperanza que el futuro nos pertenece!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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