POR OMAR ROMERO DÍAZ /
El decisivo proceso electoral que vive Colombia no es una simple competencia entre candidatos. Es una confrontación entre dos concepciones profundamente distintas de la sociedad, del Estado y de la condición humana.
La historia enseña que los pueblos no siempre retroceden mediante golpes de Estado o dictaduras abiertas. En ocasiones, el autoritarismo llega vestido de democracia, envuelto en discursos de orden, seguridad y salvación nacional. Así ocurrió en distintos momentos del siglo XX, cuando líderes carismáticos aprovecharon el miedo, la frustración y el descontento social para construir proyectos políticos que terminaron debilitando las instituciones, restringiendo derechos y concentrando el poder.

Por eso la pregunta que hoy enfrenta Colombia trasciende los nombres propios. Lo que está en juego es si el país avanzará hacia una democracia más amplia y participativa o si abrirá la puerta a formas de poder cada vez más intolerantes frente a la diferencia, la crítica y la organización popular.
Cuando el miedo reemplaza al debate, cuando los adversarios son convertidos en enemigos, cuando la complejidad de los problemas sociales se reduce a consignas simplistas y cuando la política se transforma en un espectáculo permanente de confrontación, las democracias comienzan a deteriorarse desde adentro.
El fascismo histórico no surgió únicamente de la fuerza militar. También nació de la exaltación del líder providencial, de la construcción de enemigos internos y de la idea de que los problemas de una nación pueden resolverse eliminando la pluralidad y subordinando las instituciones a la voluntad de una sola corriente política.
![]()
Colombia conoce demasiado bien las consecuencias de la intolerancia. Décadas de violencia política han dejado cicatrices profundas en millones de familias. Por eso resulta alarmante cualquier discurso que promueva la estigmatización de sectores sociales, movimientos populares, sindicatos, organizaciones de derechos humanos o minorías políticas.
Del otro lado de la balanza aparece una visión distinta del poder. Una visión que entiende que gobernar no consiste en imponer sino en persuadir; que la democracia no es el triunfo de una mitad sobre otra, sino la construcción permanente de acuerdos sociales; que la riqueza de una nación no se mide únicamente por sus indicadores económicos sino también por la dignidad con que viven sus ciudadanos.
![]()
La tradición humanista, desde Sócrates hasta los grandes pensadores contemporáneos, ha defendido una idea esencial: el ser humano debe estar en el centro de la política. No el mercado por encima de las personas. No el poder por encima de los derechos. No la riqueza concentrada por encima del bienestar colectivo.
Un liderazgo inspirado en valores humanistas comprende que la educación es una inversión y no un gasto; que la salud es un derecho y no un privilegio; que la protección del ambiente es una obligación con las generaciones futuras; que la justicia social no es un acto de caridad sino una condición para la estabilidad democrática.
La elección que enfrenta Colombia es, en el fondo, una disputa filosófica. De un lado, la política entendida como dominación, confrontación permanente y concentración del poder. Del otro, la política entendida como construcción colectiva, diálogo social y ampliación de derechos.
Si triunfan los proyectos que alimentan el odio, la exclusión y el desprecio por la diferencia, Colombia corre el riesgo de profundizar sus fracturas históricas. El acto grado de pugnacidad política y social puede convertirse en persecución; la discrepancia en enemistad; la democracia en una simple formalidad vaciada de contenido social.
Si triunfan los proyectos comprometidos con el humanismo democrático, el país tendrá la oportunidad de seguir construyendo una sociedad más incluyente, más justa y consciente de que la verdadera fortaleza de una nación reside en su capacidad para proteger la dignidad humana.
![]()
Las urnas decidirán el próximo 21 de junio en segunda vuelta, quién gobierna. Pero la historia juzgará qué valores eligió defender la sociedad colombiana en uno de los momentos más trascendentales de su vida republicana.
Porque al final, toda elección es mucho más que una disputa por el poder. Es una definición moral sobre el tipo de país que queremos dejar a nuestros hijos y a las generaciones que vendrán.
La pregunta que debemos hacernos todos los colombianos: ¿se votará por el fascismo encarnado en un sociópata o por un humanista filósofo?



