julio 14, 2026 3:34 pm
Aunque la historia económica demuestra lo contrario, el fariseísmo ideológico neoliberal promueve la convicción de que existe una sola vía para lograr el ‘desarrollo’

Aunque la historia económica demuestra lo contrario, el fariseísmo ideológico neoliberal promueve la convicción de que existe una sola vía para lograr el ‘desarrollo’

POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /

El pensamiento heterodoxo del economista surcoreano Ha-Joon Chang ocupa un lugar central en los debates contemporáneos sobre desarrollo, globalización y poder económico internacional. Su obra ‘Retirar la escalera. La estrategia del desarrollo en perspectiva histórica’, publicada en español por Catarata en 2004, parte de una pregunta decisiva: ¿cómo se hicieron ricos, realmente, los países que hoy posan de ‘desarrollados’ y por lo tanto influyen en el tablero de la geopolítica mundial?

La respuesta de Chang cuestiona la historia oficial del capitalismo liberal, según la cual las potencias habrían alcanzado su prosperidad mediante libre comercio, mínima intervención estatal y apertura irrestricta de mercados.

Ha-Joon Chang

La tesis principal de este economista heterodoxo sostiene que los países hoy desarrollados no llegaron a su posición actual aplicando las mismas políticas que recomiendan, imponen o promueven para las naciones en desarrollo. Por el contrario, durante sus etapas de industrialización utilizaron aranceles, subsidios, regulación financiera, protección de industrias nacientes, intervención estatal, copia tecnológica y construcción gradual de instituciones.

Una vez alcanzada la cima, promovieron reglas globales que restringen esas mismas herramientas para otros países. Esa es la lógica que Chang resume con la metáfora de “retirar la escalera”.

Proteccionismo, industria naciente y crítica al libre mercado

 

Desde el punto de vista económico, Chang desmonta la idea de que el libre mercado haya sido el motor original del desarrollo de las potencias industriales. Su análisis histórico muestra que Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania, Japón, Corea del Sur y otros países utilizaron políticas activas para proteger sectores estratégicos, acumular capacidades productivas y reducir la dependencia tecnológica externa.

La noción de “industria naciente” es clave en esta interpretación. Una economía periférica difícilmente puede competir de inmediato con empresas extranjeras que ya dominan tecnología, capital, logística y mercados. Por eso, para Chang, el Estado debe tener margen para proteger temporalmente sectores productivos, impulsar aprendizaje tecnológico, orientar crédito, subsidiar actividades estratégicas y crear condiciones para que las empresas nacionales alcancen nivel óptimo de rendimiento y productividad.

 

En esta perspectiva, el problema no es el comercio internacional en sí mismo, sino la apertura prematura y asimétrica. Cuando un país abre sus mercados antes de haber consolidado capacidades industriales, corre el riesgo de quedar atrapado en una estructura productiva primario-exportadora: vende materias primas de bajo valor agregado y compra bienes manufacturados, tecnología y servicios sofisticados a precios más altos. Así, la liberalización puede profundizar la dependencia en lugar de superarla.

Poder, reglas globales y soberanía del desarrollo

El pensamiento de Chang también tiene una dimensión profundamente política. Su crítica apunta a la forma en que las reglas económicas globales son diseñadas, defendidas y legitimadas por los países que ya alcanzaron altos niveles de desarrollo. Organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC) han promovido, especialmente desde la década de 1980, políticas asociadas al llamado neoliberal Consenso de Washington: apertura comercial, privatización, desregulación, disciplina fiscal y reducción del papel económico del Estado.

Para Chang, estas recomendaciones no son neutrales. Aunque se presentan como reglas técnicas o universales, tienen consecuencias políticas concretas: reducen el espacio de decisión de los países en desarrollo y limitan su capacidad para diseñar estrategias propias de industrialización.

En este sentido, el desarrollo no depende solo de eficiencia económica, sino también de soberanía política: quién decide qué sectores proteger, qué tecnología impulsar, qué instituciones construir y en qué ritmo integrarse al mercado mundial.

La metáfora de “retirar la escalera” expresa una relación desigual de poder. Los países desarrollados usaron herramientas intervencionistas para ascender, pero después impulsaron normas internacionales que reducen la posibilidad de que otros hagan lo mismo. Esto no implica necesariamente una conspiración perfectamente organizada; Chang reconoce que también opera un “fariseísmo” ideológico: la convicción de que existe una sola vía correcta hacia el desarrollo, aunque la historia económica demuestre lo contrario.

 

Desigualdad internacional y dependencia productiva

En el plano socioeconómico, la crítica de Chang ayuda a explicar por qué la desigualdad entre países no puede entenderse únicamente como resultado de diferencias culturales, institucionales o de esfuerzo interno. Si las economías periféricas enfrentan reglas que les impiden proteger industrias, desarrollar tecnología propia o usar políticas activas de transformación productiva, entonces la desigualdad internacional aparece como parte de una arquitectura económica global.

La apertura comercial sin capacidades productivas sólidas genera crecimiento limitado, empleo precario y vulnerabilidad externa. Muchos países de América Latina, África y Asia han experimentado ciclos de dependencia de materias primas, endeudamiento, crisis cambiarias y subordinación tecnológica.

Desde la mirada de Chang, el desarrollo requiere algo más que estabilidad macroeconómica: necesita aprendizaje industrial, inversión pública, coordinación estatal, educación técnica, infraestructura y capacidad de innovación.

Además, este autor cuestiona la idea de que las llamadas “buenas instituciones” deban existir plenamente antes del desarrollo. Democracias consolidadas, burocracias eficientes, sistemas financieros sofisticados y protección avanzada de propiedad intelectual suelen presentarse como condiciones previas indispensables. Sin embargo, su argumento histórico indica que muchas de esas instituciones fueron resultado del desarrollo económico, no necesariamente su punto de partida. Las potencias no esperaron instituciones perfectas para crecer; las fueron construyendo mientras transformaban su base productiva.

La memoria incómoda del capitalismo industrial

El aporte más fuerte de Chang es su método histórico. En lugar de aceptar los relatos oficiales sobre el ascenso de las potencias, examina cómo se comportaron realmente durante sus etapas de industrialización. Gran Bretaña protegió manufacturas antes de convertirse en defensora del libre comercio. Estados Unidos aplicó altos aranceles durante gran parte del siglo XIX. Alemania y Francia también recurrieron a políticas industriales. Japón, Corea del Sur y Taiwán combinaron planificación estatal, disciplina financiera, subsidios selectivos y protección temporal para construir capacidades tecnológicas.

Esta lectura se conecta con Friedrich List, quien ya había criticado la postura británica de promover el libre comercio después de haber alcanzado superioridad industrial.

La frase según la cual quien llega a la cima retira la escalera para impedir que otros suban resume una constante histórica: las potencias suelen defender reglas abiertas cuando ya poseen ventajas productivas, tecnológicas y financieras suficientes para beneficiarse de la competencia global.

La historia de la propiedad intelectual refuerza esta tesis. Países que hoy defienden regímenes estrictos de patentes copiaron, adaptaron o absorbieron tecnología extranjera durante sus propios procesos de industrialización. Suiza, Estados Unidos y otras economías avanzadas aprovecharon periodos de flexibilidad institucional para aprender rápidamente. En cambio, las normas contemporáneas dificultan que los países en desarrollo repliquen esas rutas de aprendizaje tecnológico.

 

Demoliendo el embuste neoliberal

El pensamiento de Ha-Joon Chang es heterodoxo porque desafía y demuele varios supuestos centrales del embuste económico neoliberal: que el mercado asigna recursos de manera óptima por sí solo, que el libre comercio siempre beneficia a todos, que el Estado es principalmente una fuente de distorsiones y que existe una receta universal para el desarrollo.

Frente a esos infundios, Chang propone una economía política histórica, comparada y pragmática, en la cual las políticas deben evaluarse según el contexto, la estructura productiva y el momento de desarrollo de cada país.

Su argumento no equivale a defender cualquier intervención estatal ni a idealizar el proteccionismo permanente. Más bien plantea que los países necesitan margen para experimentar con políticas industriales, comerciales y tecnológicas. El proteccionismo, para ser útil, debe estar orientado al aprendizaje, la productividad y la competitividad futura; de lo contrario, puede convertirse en privilegio empresarial, ineficiencia o captura del Estado.

La fuerza de Chang está en recordar que no hay desarrollo sin historia. Las recetas económicas actuales suelen presentarse como verdades técnicas, pero están cargadas de intereses, memorias selectivas y relaciones de poder. Al recuperar la experiencia real de las potencias industriales, Chang abre la posibilidad de pensar estrategias alternativas para los países periféricos, especialmente aquellas orientadas a diversificar la producción, fortalecer capacidades nacionales y democratizar las reglas de la economía mundial.

Una denuncia política e histórica

El análisis económico, político, socioeconómico e histórico del pensamiento de Ha-Joon Chang permite comprender que el desarrollo no es un proceso natural ni lineal, sino una disputa por capacidades productivas, tecnología, instituciones y reglas internacionales.

Los países ricos no se hicieron ricos simplemente aplicando libre mercado; en muchos casos, protegieron sus industrias, intervinieron sus economías y construyeron instituciones de manera gradual. La crítica de Chang revela una contradicción fundamental: las potencias promueven hoy un conjunto de normas que ellas mismas no aplicaron cuando estaban en proceso de ascenso.

Por ello, “retirar la escalera” no es solo una metáfora económica, sino una denuncia política e histórica. Significa impedir que otros países usen instrumentos de desarrollo que fueron decisivos para quienes ya llegaron a la cima. La vigencia de esta reflexión se observa en los debates actuales sobre subsidios, patentes, tecnología, transición energética, cadenas globales de valor y disputas comerciales.

En última instancia, Chang invita a repensar el desarrollo como derecho a construir caminos propios, no como obligación de seguir recetas diseñadas por quienes ya consolidaron su poder.

Acceso al libro

 

Para acceder al libro en archivo PDF, ingresar al siguiente enlace:

Retirar la escalera. La estrategia del desarrollo en perspectiva histórica

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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