julio 7, 2026 1:58 pm
El ‘muskismo’, una amenazante forma emergente de organizar el poder político y económico en el siglo XXI

El ‘muskismo’, una amenazante forma emergente de organizar el poder político y económico en el siglo XXI

Criptobros (grupo de personas involucradas en transacciones de criptomonedas) escuchan en la emblemática avenida Times Square de Nueva York el discurso de Elon Musk durante la jornada de salida a bolsa de su compañía SpaceX.

EDITORIAL TAURUS /

El magnate sudafricano-estadounidense Elon Musk (Pretoria, 1971) no es una simple anomalía del capitalismo, sino la encarnación de un nuevo orden político y económico que está reemplazando las democracias liberales tradicionales por una suerte de ‘sistema operativo’ de gobernanza corporativa.

Ese ‘sistema operativo’ es preciso analizarlo y escudriñarlo desde distintas aristas para entender el panorama político contemporáneo que en su decurso denota una preocupante transición global: el paso de la democracia representativa hacia un autoritarismo tecnológico liderado por multimillonarios.

Es, lo que se puede denominar, el síntoma de una nueva era posliberal: tecnocracia, poder y jerarquías antiguas disfrazadas de innovación.

Musk no es una anomalía del sistema, sino su encarnación más lograda. Bajo esta premisa, su forma de operar definiría la economía del siglo XXI de la misma forma que el fordismo determinó el capitalismo del siglo XX.

El sugerente trabajo bibliográfico ‘Muskismo. Elon Musk y la nueva era posliberal’ (Taurus, publicación en español: mayo de 2026), de autoría del historiador canadiense Quinn Slobodian y del escritor estadounidense especializado en tecnología, Ben Tarnoff, parte de una intuición tan simple como perturbadora: Elon Musk no debe leerse únicamente como una personalidad excéntrica, un empresario visionario o un provocador de redes sociales, sino como la figura que condensa una mutación histórica del capitalismo. El libro propone desplazar la pregunta biográfica —quién es Musk— hacia una pregunta estructural: de qué proceso social, económico y político es síntoma. Desde esa perspectiva, el “muskismo” nombra un modo de organizar poder, tecnología, Estado, mercado e imaginación futurista en el siglo XXI.

La comparación con el fordismo es el eje conceptual del ensayo. Si Henry Ford simbolizó el capitalismo industrial del siglo XX —producción en masa, consumo en masa, disciplina fabril y pacto social alrededor del salario—, Musk aparece como emblema de una fase distinta: un capitalismo de infraestructuras privatizadas, promesas tecnológicas, dependencia estatal, plataformas digitales, automatización y fantasías de escape.

El muskismo no promete bienestar colectivo mediante la integración de las masas al consumo, sino soberanía individual mediante la conexión a sistemas técnicos controlados por élites privadas.

Subjetividad, jerarquía y promesa de autonomía

Desde una lectura sociológica, el libro muestra que el muskismo produce una subjetividad contradictoria: individuos que se imaginan autosuficientes, optimizados y liberados por la tecnología, pero que en realidad dependen cada vez más de infraestructuras privadas. El automóvil eléctrico, el satélite, la red social, la Inteligencia Artificial (IA) y el implante neuronal no aparecen solo como productos, sino como dispositivos de pertenencia a un ecosistema. La libertad prometida se transforma en dependencia técnica.

Tarnoff y Slobodian interpretan esa promesa como una reactualización de jerarquías antiguas bajo lenguaje futurista. El muskismo habla de humanidad, colonización espacial y supervivencia civilizatoria, pero distribuye la salvación de forma desigual: unos pocos diseñan, poseen y gobiernan la infraestructura; muchos otros quedan reducidos a usuarios, trabajadores reemplazables o poblaciones prescindibles. En ese sentido, la innovación no elimina la estratificación social, sino que la reprograma.

Elon Musk

Tecnocracia, posliberalismo y captura del Estado

Políticamente, el muskismo se inscribe en la crisis de la democracia liberal. No propone simplemente menos Estado, como sugeriría una lectura libertaria clásica, sino un Estado rediseñado como plataforma, empresa o código fuente. La administración pública debe ser “depurada”, automatizada y puesta al servicio de objetivos de eficiencia definidos por tecnócratas. La política, con sus conflictos, mediaciones y derechos sociales, aparece como un problema de ingeniería.

El rasgo posliberal del fenómeno consiste en que ya no se defiende plenamente el viejo ideal liberal de instituciones neutrales, pluralismo y límites al poder. En su lugar, emerge una política de emergencia: crisis climática, competencia geopolítica, guerra tecnológica, migraciones, inseguridad y declive nacional. Bajo esa atmósfera, el tecnólogo aparece como soberano funcional: alguien que puede actuar rápido, decidir sin deliberación y convertir el gobierno en una startup. La eficiencia sustituye a la legitimidad democrática.

 

De Sudáfrica a Silicon Valley

Uno de los aportes más sugerentes del libro es su esfuerzo por reconstruir los mundos que formaron a Musk antes de explicar el mundo que Musk quiere construir. La referencia a Sudáfrica no opera como anécdota biográfica, sino como clave histórica: un contexto marcado por la autosuficiencia defensiva, la segregación, la paranoia geopolítica y la inversión en infraestructura estratégica.

Esa matriz ayuda a entender la idea de fortaleza tecnológica: un orden que busca blindarse frente a amenazas internas y externas mediante energía, transporte, comunicaciones, armamento, datos y control territorial.

La trayectoria hacia Silicon Valley agrega otro componente: la cultura de la startup, el culto a la disrupción, la épica de la ciencia ficción y la gamificación de la vida social. En ese universo, el empresario tecnológico no solo vende productos; vende futuros. Los cohetes, los autos autónomos, las redes sociales y la IA funcionan como capítulos de una narrativa mayor: la promesa de escapar de los límites del planeta, del cuerpo, del trabajo humano y de la política democrática.

El capitalismo como máquina cíborg (conjunción de materia viva y dispositivos electrónicos)

El pasaje final citado por los autores, con la imagen del capitalismo global como gólem convertido en “mecha”, resume la potencia simbólica del libro. El capitalismo contemporáneo ya no puede representarse solo con fábricas, ferrocarriles o automóviles; ahora incluye satélites, cables de fibra óptica, teléfonos inteligentes, drones, cohetes, plataformas de datos e Inteligencia Artificial. Musk encarna esa mutación porque su imperio empresarial se extiende precisamente por esas capas: tierra, órbita, red, cuerpo y máquina.

La tecnología, en esta lectura, no es neutral. Es una arquitectura de mando. La automatización de políticas públicas, la IA entrenada por plataformas sociales, la conectividad satelital y la integración entre humano y máquina configuran nuevas formas de gobierno. El muskismo convierte la infraestructura en poder político: quien controla la red, el software, el lanzamiento espacial, el dato y el acceso al sistema controla también las condiciones de posibilidad de la vida colectiva.

Del fordismo al muskismo

El punto de partida económico del libro es la comparación entre fordismo y muskismo. El fordismo organizó el capitalismo industrial del siglo XX mediante producción en masa, salarios relativamente altos, consumo de masas y una articulación histórica con el Estado de bienestar. En cambio, el muskismo describe un capitalismo del siglo XXI basado en plataformas, satélites, inteligencia artificial, automatización, vehículos eléctricos, datos y redes sociales. Su promesa no es la integración social por medio del empleo estable y el consumo popular, sino la soberanía mediante tecnología: individuos, empresas y Estados supuestamente más libres porque dependen de infraestructuras privadas avanzadas.

La paradoja central es que esa soberanía se compra al precio de una dependencia mayor. Tesla promete movilidad autónoma y transición energética; SpaceX promete acceso estratégico al espacio; Starlink promete conectividad global; X y Grok prometen libertad de expresión e Inteligencia Artificial. Pero todas esas promesas se apoyan en infraestructuras controladas por actores privados con enorme capacidad de fijar reglas, extraer rentas, condicionar mercados y negociar con gobiernos desde posiciones de fuerza.

 

Dependencia del Estado

Desde una perspectiva económica, el muskismo no representa un mercado puro ni una simple victoria del emprendedor individual. Más bien, muestra una forma de capitalismo de infraestructura profundamente apoyada en el Estado. Las empresas asociadas a Musk han dependido de subsidios, contratos públicos, compras gubernamentales, regulación favorable y demanda estratégica, especialmente en sectores como defensa, energía, transporte espacial y comunicaciones. El discurso de la innovación privada oculta así una arquitectura de riesgo socializado y ganancia privatizada.

El libro permite leer este fenómeno como una actualización de la relación entre Estado y capital: ya no se trata solo de que el Estado regule o financie industrias privadas, sino de que ciertas empresas tecnológicas se vuelven indispensables para funciones estatales básicas.

Cuando satélites privados sostienen comunicaciones militares, cuando plataformas digitales influyen en la esfera pública o cuando sistemas de IA procesan información estratégica, la frontera entre soberanía pública y propiedad privada se vuelve cada vez más ambigua.

El muskismo puede entenderse como una economía de rentas tecnológicas. La acumulación no proviene únicamente de fabricar bienes, sino de controlar cuellos de botella: redes de carga, ecosistemas de software, datos de usuarios, constelaciones satelitales, algoritmos, interfaces de comunicación y cadenas de suministro críticas. Quien controla esas infraestructuras puede capturar valor de múltiples sectores a la vez y convertirse en intermediario obligatorio para otros actores económicos.

Esta dinámica tiene consecuencias distributivas importantes. Aunque el discurso muskista se presenta como democratizador —más conectividad, más movilidad, más autonomía—, la estructura económica subyacente tiende a concentrar poder en quienes poseen infraestructura, capital financiero, propiedad intelectual y capacidad de cómputo.

La promesa de libertad individual queda condicionada por el acceso a sistemas cerrados, tarifas, suscripciones, actualizaciones y reglas definidas unilateralmente por corporaciones dominantes.

 

Trabajo, automatización y subjetividad económica

Otro eje económico del volumen es la transformación del trabajo. El fordismo incorporó a grandes masas de trabajadores a la producción industrial y al consumo; el muskismo, en cambio, imagina un futuro en el que buena parte del trabajo humano puede ser sustituido, subordinado o reorganizado por máquinas, software e Inteligencia Artificial. La fábrica, la oficina, la plataforma y el campo de batalla convergen en una misma lógica de optimización, automatización y vigilancia.

La subjetividad económica que emerge de este modelo es ambivalente. Por un lado, se ofrece al individuo la posibilidad de ser más autónomo: conducir menos, comunicarse más, delegar tareas, habitar entornos tecnológicamente asistidos. Por otro, esa autonomía depende de integrarse cada vez más profundamente en sistemas propietarios.

El individuo posliberal no es el ciudadano-trabajador protegido por instituciones colectivas, sino el usuario conectado, optimizado y expuesto a nuevas formas de dependencia técnica.

 

Crisis, seguridad y posliberalismo

El concepto de posliberalismo es clave porque el muskismo no se limita a una estrategia empresarial: implica una reorganización de la relación entre mercado, Estado y ciudadanía.

En contextos de crisis climática, guerra, pugnacidad política y social, declive institucional y miedo al colapso, las tecnologías de Musk se presentan como soluciones de emergencia: cohetes para escapar del planeta, satélites para asegurar comunicaciones, autos eléctricos para enfrentar la transición energética, IA para acelerar decisiones y plataformas digitales para disputar la opinión pública.

Desde el punto de vista económico, la emergencia funciona como mecanismo de legitimación. Permite justificar excepciones regulatorias, acelerar contratos públicos, tolerar monopolios de facto y aceptar formas de gobierno corporativo sobre bienes estratégicos. El muskismo convierte la crisis en mercado: cuanto mayor es la percepción de inseguridad, más valiosas se vuelven las infraestructuras privadas que prometen resiliencia, conectividad, defensa y supervivencia.

La era del ‘muskismo’: cómo el hombre más rico del mundo moldea el presente y anticipa el futuro.

Régimen práctico de acumulación

La principal fortaleza económica del enfoque de Slobodian y Tarnoff es desplazar la discusión desde la personalidad de Musk hacia las condiciones estructurales que hacen posible su poder. El libro no se limita a preguntar si Musk es un genio, un provocador o un empresario exitoso; pregunta qué tipo de capitalismo permite que una figura privada acumule influencia simultánea sobre transporte, energía, comunicaciones, defensa, inteligencia artificial y conversación pública.

Un posible límite del argumento es que el concepto de muskismo puede correr el riesgo de sobredimensionar la coherencia ideológica de un fenómeno que también está marcado por improvisación, volatilidad financiera, conflictos regulatorios y contradicciones internas. Sin embargo, precisamente ahí reside parte de su utilidad: el muskismo no necesita ser una doctrina sistemática para funcionar como régimen práctico de acumulación, imaginación tecnológica y poder político.

Esta obra ofrece una lectura económica poderosa de la nueva era posliberal: un capitalismo que promete autonomía, eficiencia y supervivencia, pero que puede producir más dependencia, concentración y desigualdad. Su aporte consiste en mostrar que Elon Musk no debe entenderse solo como empresario individual, sino como síntoma de una transformación más amplia: la conversión de infraestructuras tecnológicas privadas en pilares de la economía, la política y la vida cotidiana.

En ese sentido, el muskismo no es únicamente una marca personal; es una forma emergente de organizar el poder político y económico en el siglo XXI.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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