POR OMAR ROMERO DÍAZ /
Hay momentos en que un país se retrata de cuerpo entero. Colombia está viviendo uno de ellos.
Mientras la tierra tiembla, miles de viviendas quedan destruidas y sin ingresos familias que necesitan ayuda, miles de colombianos han demostrado que la solidaridad sigue viva. Vecinos, trabajadores, voluntarios y bomberos han salido a ayudar sin esperar nada a cambio.
El pueblo ha entendido lo esencial: ante el dolor, nadie sobra. Pero mientras abajo se levantan escombros, arriba se levantan preguntas.
¿Dónde está el Estado? ¿Dónde está la coordinación? ¿Dónde están las respuestas para quienes lo perdieron todo? Un Gobierno no se mide por sus discursos, sino por su capacidad de responder cuando la gente más lo necesita.
Y la emergencia no puede convertirse en una cortina de humo para decisiones que comprometen el futuro del país.

La política exterior, la soberanía y los acuerdos internacionales no pueden manejarse como asuntos personales. Son decisiones de toda la nación y deben pasar por los controles democráticos.
Colombia no puede acostumbrarse a que, mientras el pueblo rescata vidas, el poder cuide su imagen, como una reina dando besos bombardea regiones, entregue su soberanía y los medios de comunicación tradicionales como RCN, Caracol, Revista Semana y otros le hagan el juego.
De la vanidad al espectáculo
El problema no es que un presidente se cuide o quiera verse bien. El problema comienza cuando la imagen sustituye a la solución.
Si en territorios como el Chocó existen comunidades que reclaman escuelas dignas, salud, alimentación, agua y oportunidades, entregar balones y posar para las cámaras puede parecer más una operación de imagen que una respuesta de Estado.
Un balón puede alegrar a un niño. Pero un balón no reemplaza una escuela, un hospital ni una política social. ¿Por qué el Estado sigue llegando tarde a donde más se necesita?
Del espectáculo a la indignación
Cuando un pueblo siente que sus necesidades son utilizadas como escenario para una fotografía presidencial, la indignación crece.
La tragedia deja una enseñanza clara: la fuerza de Colombia está en su gente.

Ese pueblo que comparte, ayuda y acompaña demuestra que hay una Colombia más grande que cualquier gobierno.
Por eso esta no es una crítica contra Colombia. Es una defensa de Colombia. Defensa de su soberanía. Defensa de sus víctimas. Defensa de la democracia. Defensa de quienes hoy necesitan al Estado.

Al mundo hay que decirle algo sencillo: Colombia no está derrotada. Colombia está herida. Y un pueblo herido necesita verdad, solidaridad y un Estado que responda no con tanques de guerra y tropas sionistas si no con hechos.
La solidaridad del pueblo ya llegó. Ahora le corresponde al nuevo Gobierno estar a la altura de la realidad que viven los colombianos.





