agosto 26, 2026 1:19 am
El ardid e hipocresía de ‘paladines’ de la decadente tecnocracia liberal-conservadora colombiana que pretenden ubicarse en el “centro” político mientras miran cuidadosamente hacia la ultraderecha

El ardid e hipocresía de ‘paladines’ de la decadente tecnocracia liberal-conservadora colombiana que pretenden ubicarse en el “centro” político mientras miran cuidadosamente hacia la ultraderecha

Los exministros neoliberales de todos los gobiernos y de la corrupta tecnocracia liberal-conservadora colombiana, José Antonio Ocampo, Cecilia López y Alejandro Gaviria, quienes autocalificándose de “centro” de manera velada apuntan a respaldar al cuestionado Gobierno de ultraderecha de Abelardo de la Espriella.

TSC /

El autodenominado “Manifiesto del Centro Político”, difundido por decadentes figuras públicas como José Antonio Ocampo y acompañado por exministros, exfuncionarios y voceros asociados a la tecnocracia liberal-conservadora colombiana que han sido parte de todos los gobiernos de derecha como Cecilia López Montaño, Alejandro Gaviria, Juan Camilo Restrepo, Juan Carlos Esguerra, Carolina Barco, Julio Londoño Paredes, Jorge Humberto Botero, entre muchos otros, merece ser leído menos como una declaración neutral de principios y más como una operación discursiva de reposicionamiento político.

Estos ‘paladines’ del neoliberalismo colombiano con su pronunciamiento buscan de manera velada darle su respaldo al cuestionado Gobierno de Abelardo de la Espriella. Solo faltó la firma de ese destacado “centrista” por antonomasia, el excandidato presidencial ultraconservador Sergio Fajardo Valderrama.

Bajo el lenguaje de la moderación, la Constitución de 1991, el pluralismo, la institucionalidad y el multilateralismo, el texto instala una asimetría política evidente: sospecha de la izquierda con severidad preventiva, mientras concede a la derecha gobernante un margen amplio de confianza anticipada.

El “centro” como zona de encubrimiento ideológico

El primer problema del manifiesto es su autodefinición. Sus promotores se presentan como “centro político”, pero reconocen la imprecisión de esa categoría. Esa admisión no es menor: si el centro no puede definirse positivamente, termina funcionando como una coartada, como una etiqueta para no aparecer abiertamente alineado con la derecha. En Colombia, donde las corruptas élites liberales, conservadoras y tecnocráticas han administrado durante décadas el mismo modelo económico y político, el centro suele operar como una derecha con modales institucionales: no renuncia al orden existente, pero lo defiende con vocabulario republicano.

La apelación a la moderación tampoco es inocente. En la tradición política, religiosa y literaria, la figura del “tibio” ha sido vista con sospecha porque pretende ubicarse por encima del conflicto cuando, en realidad, suele beneficiarse del poder establecido. El pasaje de Apocalipsis 3:15-16 condena al que no es “ni frío ni caliente”, y Dante ubica en la antesala del Infierno a quienes no tomaron partido. Esa referencia no debe entenderse como una simple invocación moralista, sino como una clave política: la neutralidad proclamada puede convertirse en complicidad práctica cuando las amenazas son evaluadas con criterios distintos según provengan de la izquierda o de la derecha.

Una vara para la izquierda y otra para la derecha

El núcleo crítico del manifiesto en referencia está en su doble rasero. Durante el Gobierno de Gustavo Petro, este sector de talante neoliberal encontró amenazas a la democracia en casi cada tensión institucional, reforma social o disputa con los poderes constituidos. Frente al nuevo Gobierno de Abelardo de la Espriella, en cambio, el tono se vuelve benevolente: el manifiesto destaca que el Gobierno habría actuado con “buen juicio y eficiencia” ante la tragedia del terremoto del pasado 10 de agosto, pese a que se trata de una administración recién iniciada y aún sin resultados suficientes para una evaluación de conjunto.

Una cosa es reconocer medidas inmediatas de atención humanitaria y otra muy distinta certificar la eficiencia política de un gobierno que apenas empieza. Esa diferencia es crucial: el manifiesto convierte una reacción coyuntural en aval general de gobernabilidad.

Alusión a los moderados en ‘La divina comedia’ de Dante Alighieri.

Institucionalidad selectiva y oposición bajo sospecha

Otro rasgo problemático es la manera como el manifiesto distribuye responsabilidades. Al Pacto Histórico y a la oposición les exige respeto estricto por las reglas, la Constitución y la institucionalidad. Esa exigencia es legítima en abstracto, pero se vuelve políticamente sesgada cuando no se aplica con la misma intensidad al Gobierno.

Las reglas democráticas no son únicamente un cerco para la oposición; también son límite para quien ejerce el poder. Sin embargo, el lenguaje cambia: frente a la izquierda aparecen advertencias sobre amenazas, desobediencia o inestabilidad; frente al Gobierno de derecha, apenas se mencionan “preocupaciones” que, se espera, “se disipen”.

Esa delicadeza retórica revela una jerarquía de sospechas. La izquierda es tratada como riesgo estructural; la derecha, como exceso corregible. La primera debe demostrar permanentemente que no amenaza la democracia; la segunda recibe de entrada el beneficio de la duda. En esa operación, el “centro” deja de ser árbitro y se convierte en curador moral del establecimiento: decide qué incertidumbres son intolerables y cuáles son simples asuntos de estilo.

Soberanía, multilateralismo y alineamiento internacional

El manifiesto de los chupatintas que se autocalifican de “centro”  insiste en la soberanía, el derecho internacional y el multilateralismo, pero su preocupación parece disminuir cuando el nuevo Gobierno adopta alineamientos internacionales sensibles.

Las informaciones sobre cooperación militar con Estados Unidos y presencia de equipos extranjeros en el contexto posterior al terremoto han abierto debates sobre los alcances de la presencia externa y sobre la subordinación de la política exterior colombiana a agendas ajenas. Si la soberanía importa, debe importar siempre: cuando gobierna la izquierda, cuando gobierna la derecha y cuando se invoca la cooperación internacional para legitimar decisiones de seguridad.

La misma lógica aplica frente a territorios y controversias internacionales. No basta con pronunciar la palabra “multilateralismo” como contraseña de respetabilidad. Un compromiso real con el derecho internacional exige examinar con igual severidad toda decisión estatal que pueda alterar equilibrios regionales, comprometer soberanía o plegar la diplomacia nacional a intereses geopolíticos de terceros.

En este punto, el quid del manifiesto se vuelve contemplativo: observa, matiza y posterga la crítica.

La “batalla cultural” y el falso problema de Marx

El manifiesto también procura diferenciarse de los impulsos más abiertamente reaccionarios al advertir que no se puede expulsar a Marx de las aulas. Pero el problema de fondo no es Marx como autor, ni su presencia o ausencia en un programa académico. El problema político es quién define qué se considera “adoctrinamiento”, qué ideas son aceptables para el Estado y contra quién se libra la llamada batalla cultural.

Cuando una derecha gobernante anuncia cruzadas morales, educativas o religiosas con clara intención alienante, la defensa del pluralismo no puede limitarse a una frase prudente sobre la libertad de cátedra.

Si el pluralismo es un principio constitucional, debe proteger no solo la circulación de autores incómodos, sino también el derecho de la sociedad a disputar sentidos, memorias, proyectos pedagógicos y horizontes de país.

La batalla cultural no se agota en una biblioteca universitaria; se expresa en políticas públicas, currículos, medios, símbolos, lenguaje estatal y criterios de financiación. Por eso, minimizarla equivale a aceptar que la derecha defina el terreno ideológico mientras el centro simula neutralidad.

El perfume institucional de la derecha

La paradoja del manifiesto es que sus firmantes se presentan como guardianes superiores de la democracia, pero seleccionan cuidadosamente a quién vigilar.

La Constitución de 1991, la soberanía, el pluralismo y el Estado de Derecho no pueden ser invocados como patrimonio común solo cuando sirven para contener a la izquierda. Si esos principios son verdaderamente universales, deben aplicarse con la misma intensidad frente a cualquier gobierno, incluida una administración de derecha con anuncios autoritarios, gestos confesionales, alineamientos externos y discursos de restauración cultural.

En consecuencia, el “Centro Político” no se vuelve centro por autodenominarse así ni por repetir veinte veces las palabras “Constitución”, “pluralismo” o “multilateralismo”. Su ubicación real se mide por sus énfasis, sus silencios y sus indulgencias.

Y en este caso, el manifiesto parece menos una defensa equilibrada de la democracia que una legitimación temprana del nuevo bloque de poder. A veces el centro no está en el medio: a veces es simplemente la derecha poniéndose perfume institucional para que no se note el olor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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