POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /
Como ha quedado evidenciado en las recientes faenas electorales a lo largo y ancho de la región, los procesos políticos en América Latina no se deciden únicamente en las urnas o en el ámbito estrictamente económico, sino de manera determinante en el terreno simbólico. Los medios de comunicación hegemónicos operan como actores políticos directos que fijan agendas, construyen enemigos internos y legitiman o desestabilizan gobiernos de tinte progresista.
Frente a la concentración de la propiedad de los medios hegemónicos y el despliegue de estrategias corporativas y transnacionales de desinformación, se hace imperativo pensar la comunicación no como un mero canal de transmisión de información, sino como un territorio de confrontación política ineludible para los proyectos de cambio social y emancipación popular.
De ahí la importancia crucial de lo comunicacional en la lucha por la hegemonía, razón por la cual es un elemento fundamental para librar de la batalla cultural ante una ultraderecha agresiva que ha planteado la guerra en todos los terrenos.
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Los sectores democráticos progresistas, populares y alternativos en esta contienda enfrentan condiciones estructuralmente asimétricas debido a cómo se ha configurado la estructura de propiedad de los medios y de las grandes plataformas digitales en las décadas de neoliberalismo, así como por la seguridad jurídica que los Estados les han otorgado a las corporaciones y que ha llevado a una oligopolización de las compañías comunicacionales para favorecer los intereses del gran capital.
Un mismo ecosistema de confrontación
Publicada en 2020, ‘La batalla comunicacional. Ataque, defensa y contrataque en América Latina’ (Fundación Editorial El perro y la rana, Caracas, Venezuela) de autoría del periodista chileno, lingüista y catedrático universitario Pedro Santander Molina, es una obra que se inscribe en una discusión decisiva para la época contemporánea: la comunicación no es un ámbito externo a la política, sino una de las condiciones en las que se produce, legitima y disputa el poder.
El libro examina la concentración mediática, las plataformas digitales, la circulación de noticias falsas, los algoritmos y las narrativas políticas como componentes de un mismo ecosistema de confrontación. Su tesis central sostiene que ningún proyecto de transformación social puede prescindir de una estrategia comunicacional capaz de defenderse, intervenir y construir sentidos alternativos.
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A lo largo del texto se articulan ensayos y reflexiones críticas mediante una metáfora bélica sostenida: ataque, defensa y contrataque. La defensa remite a la necesidad de reconocer y neutralizar operaciones psicológicas, cercos informativos y campañas de desinformación; el ataque supone interpelar los discursos que naturalizan desigualdades, subordinaciones y despojos; el contrataque propone construir capacidades propias, narrativas alternativas y sistemas plurales que democraticen la palabra. Esta tríada convierte el diagnóstico en una invitación a la praxis y explica el tono militante del volumen.
Desde el análisis crítico del discurso, el autor vincula coyunturas nacionales con procesos regionales y globales. La escritura combina categorías teóricas, referencias históricas y observaciones sobre conflictos recientes.
Su principal fortaleza reside en mostrar que la disputa comunicacional se da en todo el ecosistema comunicacional: medios tradicionales, redes sociales, dispositivos móviles, grandes corporaciones tecnológicas, memes, sistemas automatizados de recomendación e Inteligencia Artificial (IA). El resultado es una cartografía del poder simbólico orientada tanto a investigadores y comunicadores como a organizaciones sociales.
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Los conglomerados mediáticos son actores políticos
En el plano comunicacional, la obra cuestiona el modelo transmisivo que concibe a los medios como canales neutrales. Comunicar implica seleccionar, jerarquizar, encuadrar y repetir: operaciones que determinan qué asuntos adquieren visibilidad, quiénes hablan con autoridad y qué interpretaciones parecen razonables.
Los conglomerados mediáticos actúan, por tanto, como sujetos políticos con capacidad para fijar agendas, fabricar adversarios y delimitar el campo de lo decible. La noción de “batalla” permite identificar esa dimensión estratégica, aunque corre el riesgo de reducir la comunicación a una lógica binaria de aliados y enemigos.
El análisis resulta especialmente pertinente al abordar la privatización de la esfera pública digital. Las plataformas no solo alojan mensajes: diseñan las condiciones de circulación mediante algoritmos, métricas y modelos de negocio basados en la atención. Así, amplifican determinadas emociones, favorecen contenidos polarizantes y concentran datos y capacidad de moderación en corporaciones transnacionales.
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Frente a esta arquitectura, la soberanía comunicacional exige infraestructura, regulación democrática, alfabetización mediática, transparencia algorítmica y medios públicos y comunitarios con autonomía.
La relevancia de la batalla por el sentido común
Políticamente, Santander Molina desplaza la mirada desde la competencia electoral hacia la producción cotidiana de legitimidad. Los gobiernos no gobiernan únicamente con normas, recursos y coaliciones: también necesitan marcos interpretativos que vuelvan comprensibles sus decisiones y articulen expectativas colectivas. La comunicación incide así en la estabilidad institucional, la movilización social y la aceptación o rechazo de las políticas públicas.
Desde la ciencia política, la obra puede leerse como un estudio sobre poder estructural y hegemonía. Dialoga con Antonio Gramsci al mostrar que la dominación combina coerción y consentimiento, y que el sentido común constituye un terreno institucionalmente relevante.
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También sugiere que la concentración comunicacional produce asimetrías de acceso a la representación pública y altera la competencia democrática. Sin embargo, una evaluación completa debe preservar la autonomía del periodismo, el pluralismo y la crítica al poder, incluso cuando esta se dirige contra gobiernos populares: democratizar la comunicación no equivale a subordinarla al Estado ni a reemplazar un monopolio privado por uno gubernamental.
Sociológicamente, el libro sitúa la comunicación dentro de relaciones desiguales de clase y de acceso a recursos. La propiedad de los medios, la infraestructura tecnológica y la capacidad de producir mensajes a gran escala condicionan quién puede convertir su visión del mundo en sentido común.
Las audiencias, no obstante, no aparecen solo como receptoras pasivas: movimientos sociales, comunidades y usuarios pueden resignificar mensajes, organizar contrapúblicos y articular resistencias.
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La tensión entre dominación y agencia resulta central. Las redes facilitan coordinación y visibilidad, pero también segmentan públicos, explotan perfiles conductuales y aceleran ciclos de indignación.
El valor sociológico de la propuesta está en relacionar estos procesos con la estructura económica, evitando tratar la desinformación como una anomalía puramente técnica.
Descolonizar las pantallas
Culturalmente, la batalla comunicacional se libra en símbolos, lenguajes, memorias y afectos. Las narrativas mediáticas normalizan modelos de éxito, consumo, ciudadanía y nación; al mismo tiempo, pueden invisibilizar tradiciones populares, indígenas y afrodescendientes o reducirlas a estereotipos.
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Descolonizar las pantallas implica ampliar las capacidades de autorrepresentación y reconocer la pluralidad cultural latinoamericana, no imponer una única identidad emancipadora.
La metáfora bélica recoge una genealogía reconocible en Lenin, Gramsci, Fidel Castro y Hugo Chávez, y dota al texto de urgencia y orientación estratégica. Como recurso cultural, moviliza y vuelve visible el conflicto.
La potencia emancipadora de la comunicación dependerá de combinar capacidad de confrontación con escucha, diálogo intercultural y reconocimiento de disensos legítimos.
Verdad, ideología y emancipación
Filosóficamente, la obra enlaza tres problemas: verdad, ideología y emancipación. La verdad pública no se presenta como un dato que circula intacto, sino como el resultado de prácticas de verificación, autoridad y disputa. La ideología opera menos como simple engaño que como una organización de la experiencia que vuelve naturales ciertas relaciones sociales. La emancipación comunicacional exige, entonces, transformar las condiciones materiales e institucionales de producción del conocimiento, además de refutar contenidos falsos.
La técnica tampoco es neutral: plataformas, algoritmos y sistemas de Inteligencia Artificial incorporan decisiones sobre relevancia, visibilidad y riesgo. Una praxis emancipadora necesita criterios verificables, responsabilidad por los efectos del discurso, respeto a los derechos humanos y apertura a la corrección. Sin esos límites éticos, la lógica del contrataque podría reproducir los mecanismos que pretende superar.
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Soberanía informativa y soberanía política
El aporte más relevante del libro es integrar economía política de la comunicación, análisis crítico del discurso y estrategia política. En lugar de aislar las noticias falsas, las explica dentro de un sistema de propiedad, infraestructura y poder. También acierta al reclamar capacidades comunicacionales propias y al vincular soberanía informativa con soberanía política. Su vigencia se ha incrementado con la expansión de la Inteligencia Artificial generativa, la automatización de la propaganda y la creciente dependencia de infraestructuras digitales privadas.
Una estrategia democrática debe traducir el llamado del autor en políticas concretas: desconcentración de la propiedad, transparencia de la publicidad oficial, protección de periodistas, financiamiento estable y autónomo para medios públicos y comunitarios, educación crítica, gobernanza de datos y mecanismos independientes de rendición de cuentas.
Una convocatoria estratégica
La obra ofrece una interpretación amplia y comprometida de los conflictos simbólicos que atraviesan a América Latina. Su idea decisiva es que la democracia, la soberanía y la justicia social dependen también de quién puede nombrar la realidad, hacer circular sus relatos y convertirlos en orientación colectiva.
Es un trabajo bibliográfico que resulta valioso como diagnóstico y como convocatoria estratégica, siempre que su horizonte emancipador se articule con pluralismo, evidencia, libertad de expresión y garantías contra toda forma de concentración del poder comunicacional.
Leída críticamente, constituye una herramienta fértil para comprender que la disputa por el sentido común es inseparable de la disputa por las instituciones, la economía, la cultura y las condiciones materiales de la vida pública.
Acceso al libro
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Para acceder al libro en archivo PDF, ingresar al siguiente enlace:
La batalla comunicacional. Ataque, defensa y contrataque en América Latina



