POR CARLOS ARTURO RODRÍGUEZ DÍAZ*
Sigo afirmando que la polarización parece tendencia mundial y que la desilusión con la democracia, la economía de mercado y los gobiernos recorre el mundo entero. En los últimos años, la política ha vivido un recrudecimiento de los discursos polarizantes, que dividen a sus habitantes e incitan al odio.
En Europa, la violencia verbal y los discursos radicales están sembrando una semilla de odio e intolerancia que ya comienza a tener nefastos resultados; por ello, da congoja decir, que en donde han terminado las hostilidades, la calma se debe más, a las victorias o derrotas en el campo militar, que a las negociaciones.
En Latinoamérica, la ineficacia de la justicia, la inequidad y la corrupción son un caldo de cultivo que la hacen una región disfuncional. El Estado Social de Derecho podría estar en peligro, pues datos recientes afirman que al 28 % de la población le da lo mismo vivir bajo un sistema democrático o autoritario y al 54 % le es indiferente que sea o no democrático, si resuelve los problemas.

Por ello, cunde el desencanto y menos de la mitad de la ciudadanía apoya la democracia en mayor o menor grado; según algunos analistas, el porcentaje de latinoamericanos insatisfechos con el funcionamiento de la democracia pasó en menos de una década, del 51 al 71 %.
Así las cosas, frente a la búsqueda de soluciones, esta realidad nos exige acoger el clamor del papa León XIV en su reciente visita a Metz, Francia, donde invitó a hacer esfuerzos creativos en convivencia para defender la paz, el derecho internacional y el multilateralismo. «Es necesario comprometerse en un diálogo paciente, mostrar audacia en la negociación y estar dispuestos a sacrificar algunas posiciones por el bien superior de la paz». En este sentido, advirtió que «hay que tener cuidado con la ilusión del rearme».
En otro acto con líderes de distintas religiones, el Papa insistió en que «dialogar no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad, abriéndose a la diferencia del otro, es el arte del encuentro, del que nuestro mundo tiene una gran necesidad, en las antípodas de la agresividad y de la violencia». «Invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación de este nombre», dijo sobre el fanatismo violento.

El contenido del llamado papal coincide con la urgencia que tiene para la sociedad colombiana la implementación de los Acuerdos de Paz que pondrían fin al conflicto entre el Estado colombiano y las antiguas FARC-EP.
Hace 10 años, el país quedó dividido en dos políticamente tras un total de 13’066.025 votos, de los cuales 6’431.376 (50,21 %) fueron para el “No” y 6’377.482 (49,78 %) se inclinaron para el “Sí”. La diferencia fue mínima y marcó una polarización que se mantiene en el país.
Desde 2016, cuando se firmó el Acuerdo de Paz, hasta la fecha, Indepaz ha registrado 791 masacres, que han generado un total de 2.900 asesinados. Estos crímenes han ocurrido en 31 de los 32 departamentos del país y en 304 de los 1.103 municipios. Los años con el mayor registro de masacres han sido; 2026 con 97 hasta ahora; 2021, con 96 y 2022, con 94. Según Indepaz, una masacre es un homicidio intencional y simultáneo de tres o más personas en estado de indefensión.

A pesar de lo anterior, el Gobierno busca obstruir la implementación del Acuerdo de Paz. Incluyó la disminución del presupuesto de varias entidades nacidas para esto y procura que la Misión de Verificación de Naciones Unidas en Colombia, creada en 2017 para hacerle seguimiento a la implementación, abandone el seguimiento a la llamada reforma rural integral, uno de los puntos neurálgicos del acuerdo.
Frente a la dilación del Acuerdo de Paz y a la polarización e incitación al odio, debemos acoger el clamor del papa León XIV y hacer esfuerzos creativos en convivencia y paz, para asumir la política como una reflexión colectiva que traiga consigo serenidad y ponderación para la toma de decisiones, pues hoy la política se desdibuja para dar paso al fanatismo y a la obstrucción del dialogo como instrumento eficaz para dirimir controversias.
Ayudemos a evitar conversaciones políticas que vuelvan criminales a todos los críticos y opositores y que conduzcan más a cobrar venganza que a construir proyectos comunes. Apelar al dogma, al fanatismo y a la instrumentalización política para justificar opiniones en contra de los derechos e intereses colectivos es afrentar la democrática.

La democracia significa debate político sin ignorar que, el debate político también supone democracia. Cuando los adversarios se convierten en enemigos surge el dialogo estéril porque no se buscan salidas, sino la destrucción del otro. Pareciera que quisiéramos regresar o revivir aquellas épocas de violencia en donde se proclamaban declaraciones bélicas de ingrata recordación como aquella que afirmaba: “No nos interesa la paz, sino la victoria”.
Sin duda alguna, hoy Colombia necesita con urgencia hacer esfuerzos creativos por la convivencia y la paz.
*Exdirector Regional OIT y expresidente de la CUT.



