octubre 19, 2026 5:22 pm
Recomponer el mundo desde los escombros: una mirada filosófica a la transformación política en tiempos de crisis

Recomponer el mundo desde los escombros: una mirada filosófica a la transformación política en tiempos de crisis

POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /

En un presente atravesado por la devastación ecológica, la fractura social y la sombra persistente del colapso, pensar la política exige renunciar a la ilusión de restaurar un orden intacto. Lejos de concebir la ruina únicamente como el saldo de una destrucción consumada, es preciso otear posibilidades de articulación de nuevas formas de resistencia, cuidado e imaginación colectiva frente al asedio del capitalismo depredador.

‘Desde lo arruinado: recomposiciones del mundo entre el deseo y el daño’ (Barcelona: Herder; Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 2026.), de autoría de la  investigadora colombiana Laura Quintana Porras, se inscribe en el campo de la filosofía política contemporánea y aborda una de las preguntas decisivas del presente: cómo pensar y practicar la transformación política en un mundo marcado por la devastación ecológica, la desigualdad social, la expansión de formas autoritarias y la sensación de que el colapso ocasionado por un sistema depredador y codicioso como el capitalismo se ha convertido en una condición ordinaria de la vida colectiva.

La obra constituye una sugerente investigación filosófico-política sobre las condiciones de posibilidad de la recomposición. Su punto de partida no es la representación de una sociedad intacta que debe ser restaurada, sino la necesidad de actuar desde territorios, instituciones, cuerpos y vínculos ya afectados por distintos procesos de daño. En ese sentido, el título sitúa la ruina no únicamente como resultado de una destrucción pasada, sino también como una condición histórica desde la cual todavía es posible organizar formas de vida, cuidado, resistencia e imaginación.

La pertinencia de la obra radica en que desplaza la discusión sobre la crisis desde una lectura exclusivamente coyuntural. La devastación no aparece solamente como una sucesión de catástrofes ambientales, económicas o políticas, sino como un proceso que transforma las expectativas, los deseos, las relaciones sociales y las capacidades de acción.

La pregunta central no es cómo regresar a un orden previo, sino cómo recomponer mundos habitables cuando las condiciones materiales, simbólicas y afectivas de la vida han sido profundamente deterioradas.

Devastación, normalización del colapso y condiciones históricas del presente

 

Laura Quintana

Uno de los problemas que articula el libro es la normalización del colapso. Esta expresión no alude únicamente a la repetición de crisis, sino a la incorporación cotidiana de la incertidumbre, la precariedad y la destrucción como elementos aparentemente inevitables.

La normalización se produce cuando la excepción deja de percibirse como excepcional; cuando la emergencia ambiental, la inseguridad económica, la pérdida de derechos o el deterioro de los servicios públicos se integran al horizonte ordinario de expectativas.

Desde esta perspectiva, el colapso no es solo un acontecimiento futuro ni una interrupción repentina del orden social. Describe un proceso prolongado de deterioro desigual, cuyos efectos se distribuyen de manera diferenciada entre territorios, clases sociales y comunidades. Allí donde unos grupos pueden protegerse mediante recursos privados, otros enfrentan de forma directa la contaminación, el despojo, la violencia, el desplazamiento o la pérdida de medios de subsistencia.

Una lectura crítica de la crisis debe, por tanto, interrogar quiénes resultan más expuestos, quiénes tienen capacidad de refugio y quiénes son obligados a habitar las consecuencias del daño.

La obra plantea así una cuestión histórica: ¿qué procesos condujeron a un presente en el que la devastación puede aparecer como destino? La respuesta exige relacionar la expansión capitalista con formas de apropiación de la naturaleza, desigualdad social, violencia territorial, debilitamiento de vínculos comunitarios y concentración del poder.

También examina cómo las sociedades aprenden a convivir con el deterioro y cómo determinados discursos convierten la impotencia en una actitud racional o inevitable.

 

Ruina, habitabilidad y reexistencia

El eje conceptual del libro puede resumirse en la relación entre deseo, daño, ruina, impotencia, negación, cuidado, habitabilidad y reexistencia. El deseo no se presenta únicamente como una fuerza individual o psicológica. También se entiende como una energía social que orienta la producción de mundos, organiza expectativas y define aquello que una comunidad considera digno de ser preservado o transformado.

 Sin embargo, el deseo puede quedar capturado por dinámicas de consumo, competencia y acumulación que producen daño mientras prometen bienestar.

El daño, por su parte, no se limita a una lesión puntual. Puede ser material, ambiental, económico, político, afectivo y simbólico. Sus efectos se acumulan y modifican la capacidad de imaginar alternativas. La ruina expresa precisamente esta acumulación: no solo la pérdida de infraestructuras o recursos, sino la erosión de las condiciones que permiten confiar en el futuro, sostener vínculos y reconocerse como agente colectivo.

Frente a esta situación, la reexistencia designa una política que no se reduce a sobrevivir ni a resistir de manera reactiva. Reexistir supone inventar, sostener y disputar formas de vida en medio de condiciones adversas. El concepto permite pensar prácticas que defienden la habitabilidad, reconstruyen vínculos, recuperan memorias, organizan cuidados y abren posibilidades allí donde el orden dominante solo ofrece adaptación o resignación.

La propuesta no descansa en un optimismo ingenuo. Su apuesta consiste más bien en reorganizar el pesimismo: reconocer la gravedad del daño sin convertir ese reconocimiento en parálisis.

La lucidez sobre la devastación constituye un punto de partida para la acción, siempre que no se traduzca en aceptación pasiva. El desafío político consiste en transformar la conciencia de la pérdida en capacidad de composición colectiva.

Sujeto, deseo y agencia política

Desde una perspectiva filosófica, la obra cuestiona la figura de un sujeto autónomo, plenamente racional y separado de sus condiciones materiales.

El sujeto político aparece, en cambio, como un ser situado: dependiente de otros, inscrito en territorios, atravesado por historias de daño y condicionado por relaciones económicas e institucionales. Esta concepción permite superar la oposición rígida entre individuo y sociedad, pues la agencia se forma en redes de interdependencia.

La agencia política no debe confundirse con una voluntad soberana capaz de controlar los acontecimientos. En contextos de devastación, actuar significa con frecuencia trabajar con recursos limitados, instituciones ambiguas y resultados inciertos. La acción adquiere un carácter procesual: se construye mediante alianzas, cuidados, aprendizajes y formas de coordinación que no están completamente dadas de antemano.

El tratamiento del deseo resulta especialmente relevante. El deseo puede reproducir las lógicas que generan daño, pero también puede abrir una relación distinta con el mundo. Esta ambivalencia impide reducirlo a una fuerza emancipadora por sí misma.

El problema político consiste en disputar los objetos, ritmos y formas de organización del deseo: qué se considera necesario, qué se entiende por bienestar y qué costos sociales y ecológicos se acepta trasladar a otras personas, territorios o generaciones.

Imaginación utópica y pesimismo organizado

La imaginación utópica aparece como una facultad política indispensable. No se trata de diseñar una sociedad perfecta ni de ignorar los conflictos inherentes a toda transformación. Su función consiste en ampliar el campo de lo pensable y cuestionar la apariencia de inevitabilidad que acompaña al orden existente.

Imaginar otros futuros permite identificar posibilidades que permanecen ocultas cuando las instituciones actuales son tratadas como naturales o inmodificables.

La imaginación utópica, sin embargo, debe mantenerse vinculada a la materialidad. Una utopía separada de las condiciones concretas puede convertirse en una abstracción incapaz de orientar la acción. El valor de la propuesta reside en conectar la imaginación con prácticas de cuidado, reorganización productiva, democratización y construcción cotidiana de habitabilidad.

En este marco, el pesimismo no equivale a la renuncia. Puede ser una forma de atención crítica a las estructuras que producen daño. Organizar el pesimismo significa convertir la conciencia de los límites en una estrategia para identificar riesgos, construir solidaridades y evitar promesas de transformación que no consideren las relaciones de poder.

La esperanza, entendida de este modo, no es expectativa garantizada de éxito, sino una práctica sostenida de apertura y responsabilidad.

La expansión capitalista

El análisis histórico de los problemas abordados por la obra exige situar la devastación contemporánea en procesos de larga duración. La expansión capitalista ha estado vinculada a la transformación de territorios, la extracción de recursos, la subordinación de formas de vida y la integración desigual de regiones y poblaciones a circuitos de producción y consumo. La crisis ecológica no puede separarse de esta historia, aunque tampoco debe reducirse exclusivamente a ella: intervienen decisiones estatales, relaciones geopolíticas, tecnologías, modelos urbanos y patrones culturales de consumo.

Las historias de violencia son igualmente relevantes. La destrucción ambiental y la desigualdad suelen superponerse a experiencias de despojo, colonialidad, desplazamiento, racialización y exclusión.

Sin establecer equivalencias simplificadoras entre fenómenos distintos, resulta necesario reconocer que los daños actuales tienen antecedentes y estructuras. Las comunidades no enfrentan la crisis desde un punto de partida homogéneo; llegan a ella con memorias, pérdidas y recursos desiguales.

El avance de proyectos autoritarios debe analizarse dentro de este escenario. Las crisis pueden ser utilizadas para concentrar poder, restringir derechos y presentar la deliberación democrática como un obstáculo para la eficacia.

La promesa de orden adquiere fuerza cuando la incertidumbre se vuelve insoportable. Por ello, una lectura histórica debe examinar no solo la emergencia de liderazgos autoritarios, sino también las condiciones sociales que hacen verosímiles sus promesas y las instituciones que permiten su consolidación.

La normalización del colapso

Desde una óptica sociológica, la normalización del colapso puede estudiarse como un proceso de adaptación colectiva. Las personas modifican sus expectativas, reducen sus demandas o aceptan niveles crecientes de inseguridad porque las alternativas parecen inexistentes.

La impotencia no es únicamente una experiencia íntima; puede ser producida socialmente por la precarización, la fragmentación de los vínculos, la falta de tiempo, la desigual distribución de recursos y la percepción de que las decisiones relevantes se toman en espacios inaccesibles.

Esta producción social de la impotencia tiene consecuencias políticas. Cuando los problemas se presentan como individuales, las respuestas tienden a limitarse a estrategias privadas de supervivencia. El agotamiento se interpreta como falta de adaptación; la pobreza, como deficiencia personal; la ansiedad climática, como un asunto psicológico aislado. Frente a ello, el libro permite recuperar la dimensión colectiva de experiencias que suelen ser privatizadas.

Cuidado, comunidad y recomposición

Las prácticas de cuidado constituyen una dimensión central de la recomposición social. Cuidar no significa únicamente asistir a quienes sufren, sino sostener las condiciones materiales y afectivas de la vida. Implica distribuir tareas, reconocer dependencias, proteger territorios, mantener redes y construir formas de responsabilidad que no descansen exclusivamente en el sacrificio de determinados grupos.

Una sociología del cuidado debe evitar idealizar la comunidad. Las comunidades pueden producir solidaridad, pero también conflictos, jerarquías y exclusiones. Su valor político no reside en su supuesta armonía, sino en su capacidad para crear espacios de deliberación, apoyo y acción compartida.

El cuidado, entendido críticamente, requiere mecanismos de distribución, reconocimiento y participación.

Las prácticas de recomposición pueden incluir redes de apoyo, iniciativas territoriales, economías cooperativas, procesos de memoria, defensa de bienes comunes y formas de organización alrededor de necesidades concretas. Su alcance no debe medirse únicamente por su capacidad de reemplazar al Estado o al mercado, sino por su potencial para modificar relaciones sociales y abrir disputas públicas sobre las condiciones de una vida digna.

Política de la reexistencia

La noción de política de la reexistencia constituye probablemente uno de los aportes conceptuales más significativos de la obra. El término permite nombrar acciones que, al mismo tiempo, enfrentan el daño y producen condiciones para continuar existiendo de otra manera. No se trata solamente de oponerse a una política destructiva, sino de crear infraestructuras sociales, lenguajes, vínculos y prácticas capaces de sostener alternativas.

Esta política desplaza la idea de que la transformación depende exclusivamente de una toma del poder o de una reforma institucional centralizada. Las instituciones siguen siendo decisivas, pero la reexistencia también se construye en escuelas, barrios, territorios rurales, redes de cuidado, organizaciones comunitarias y espacios de producción.

La política aparece distribuida en múltiples escalas y exige articular acciones locales con disputas nacionales y transnacionales.

La habitabilidad es, en este contexto, un objeto de conflicto político. ¿Quién puede permanecer en un territorio? ¿Quién tiene acceso a agua, vivienda, salud, educación y seguridad? ¿Qué actividades económicas se consideran legítimas? ¿Qué daños se hacen visibles y cuáles se ocultan? Estas preguntas muestran que la habitabilidad no es una condición natural, sino una construcción política que depende de decisiones sobre propiedad, distribución, infraestructura y reconocimiento.

La reexistencia también plantea una concepción amplia de la acción colectiva. Las movilizaciones públicas son importantes, pero no agotan la acción política. Organizar el cuidado, conservar una memoria, defender un territorio, transformar un circuito de consumo o construir una forma cooperativa de producción puede constituir una intervención en las relaciones de poder, especialmente cuando esas prácticas se articulan con demandas institucionales.

El capitalismo como régimen de arruinamiento

La caracterización del capitalismo como régimen de arruinamiento permite analizar la relación entre acumulación y destrucción.

El capitalismo no produce únicamente bienes y riqueza; también genera residuos, desigualdades, desplazamientos, agotamiento de recursos y costos que suelen recaer sobre comunidades con menor capacidad de decisión. La ruina no es, por tanto, una anomalía externa al sistema, sino una posibilidad recurrente de su funcionamiento cuando la rentabilidad se antepone a la reproducción de la vida.

Esta tesis debe formularse con precisión. No toda transformación económica produce los mismos daños ni todos los agentes participan de igual manera en ellos. Existen diferencias entre sectores, territorios y modelos empresariales, así como conflictos internos dentro de las economías capitalistas.

Sin embargo, la crítica resulta pertinente cuando muestra cómo las reglas de acumulación pueden incentivar la extracción intensiva, la reducción de costos sociales y la transferencia de riesgos ambientales hacia poblaciones menos protegidas.

Producción, consumo, distribución y reproducción de la vida

La transformación requerida no puede limitarse a sustituir determinadas tecnologías o modificar hábitos individuales. También debe examinar quién decide qué se produce, con qué fines, en qué condiciones laborales y con qué impactos territoriales. Una economía orientada a la habitabilidad tendría que considerar la reproducción de la vida como criterio central, en lugar de tratarla como una consecuencia secundaria de la actividad productiva.

Esto implica discutir la distribución de la riqueza, el tiempo de trabajo, el acceso a bienes esenciales, la propiedad de los recursos y la organización de los cuidados. También exige revisar los patrones de consumo, sin convertir la responsabilidad ambiental en una carga exclusivamente individual.

Las decisiones personales están condicionadas por infraestructuras, precios, políticas públicas y desigualdades de ingreso. Cambiar el consumo requiere, por ello, transformar las condiciones que lo estructuran.

La economía política de la reexistencia debe combinar distintas escalas: reformas regulatorias, inversión pública, protección laboral, transición energética, economías solidarias, redistribución y participación territorial. Ninguna de estas dimensiones, por sí sola, garantiza una transformación profunda. El desafío consiste en articularlas sin confundir la innovación local con una solución suficiente para problemas cuya escala es regional o global.

Autoritarismo, democracia e incertidumbre

Desde la ciencia política, las derivas autoritarias pueden entenderse como respuestas a crisis de representación, inseguridad material, pérdida de confianza y debilitamiento de los canales de participación.

El autoritarismo no surge únicamente de la voluntad de determinados dirigentes; también se apoya en instituciones, discursos y demandas sociales que transforman la incertidumbre en deseo de control.

La gestión política de la incertidumbre es decisiva. Cuando los gobiernos presentan la crisis como una amenaza permanente, pueden ampliar poderes de excepción, restringir la protesta o justificar políticas de vigilancia y exclusión. La cuestión no consiste en negar la existencia de riesgos, sino en examinar quién define la emergencia, qué poderes se conceden y qué mecanismos de control democrático permanecen vigentes.

La democracia enfrenta aquí una doble exigencia. Debe responder con eficacia a problemas materiales y, al mismo tiempo, preservar la deliberación, la pluralidad y los derechos.

Si la democracia solo ofrece procedimientos formales mientras abandona a amplios sectores a la precariedad, pierde legitimidad. Pero si busca eficacia mediante la concentración ilimitada del poder, corre el riesgo de destruir las condiciones que la hacen democrática.

Instituciones y cambio social

La propuesta de reexistencia invita a reconsiderar la relación entre acción social e instituciones. Las instituciones pueden reproducir daños, pero también pueden proteger derechos, redistribuir recursos y canalizar conflictos.

La transformación no debería imaginarse como una elección entre autonomía comunitaria y Estado, sino como una disputa por democratizar las instituciones y fortalecer capacidades sociales de organización.

Una pregunta crítica consiste en determinar cómo se traducen las prácticas de reexistencia en políticas públicas duraderas. La institucionalización puede ampliar el alcance de una experiencia, aunque también puede burocratizarla o neutralizar su dimensión conflictiva.

El reto está en construir instituciones permeables a la participación, responsables ante las comunidades y capaces de reconocer formas plurales de vida sin absorberlas completamente.

La devastación en la vida cotidiana

La perspectiva antropológica permite observar cómo la devastación se experimenta en la vida cotidiana. Los territorios no son simples superficies donde se aplican políticas económicas; son espacios de memoria, pertenencia, conflicto y reproducción social. En ellos se definen relaciones con el agua, la tierra, los animales, los antepasados, las instituciones y las generaciones futuras.

Las comunidades elaboran respuestas al daño mediante relatos, rituales, prácticas de ayuda, formas de duelo y estrategias de permanencia. Estas respuestas no deben ser tratadas como expresiones culturales decorativas, pues pueden contener concepciones alternativas de responsabilidad, dignidad y bienestar.

Al mismo tiempo, es necesario evitar la romantización de las comunidades o la idea de que toda tradición es ecológicamente sostenible o políticamente igualitaria.

La noción de habitabilidad adquiere aquí una dimensión cultural. Habitar no consiste únicamente en ocupar un espacio físico; significa establecer relaciones significativas y reproducir prácticas que hacen reconocible un mundo.

Cuando un territorio es destruido, no desaparecen solo recursos materiales: también pueden quebrarse memorias, lenguajes, vínculos y formas de orientar la vida. Recomponer implica entonces restaurar o reinventar relaciones, no simplemente reconstruir infraestructuras.

La antropología también aporta una comprensión plural de la dignidad. No existe una única manera de definir una vida valiosa o un futuro deseable. Las políticas de transformación deben abrirse a la diversidad de experiencias y evitar imponer un modelo universal de progreso. Esta pluralidad no excluye criterios comunes de justicia, pero obliga a discutirlos mediante procesos participativos y atentos a las diferencias históricas y territoriales.

 

Articulación interdisciplinaria

El principal valor del enfoque interdisciplinario reside en mostrar que la devastación no es exclusivamente ambiental, económica o política. Es también histórica, cultural, subjetiva y civilizatoria.

El deterioro de un ecosistema puede estar vinculado con una estructura productiva; esta, a su vez, con decisiones estatales, relaciones de propiedad, imaginarios de progreso y formas de deseo socialmente organizadas.

La filosofía política aporta categorías para pensar la agencia, la responsabilidad y la posibilidad. La historia permite identificar procesos de larga duración y evitar que las crisis aparezcan como accidentes sin antecedentes. La sociología analiza la distribución desigual del daño y la formación de conductas colectivas. La economía política examina las relaciones entre acumulación, trabajo, consumo y reproducción de la vida. La ciencia política estudia las instituciones, los conflictos de poder y las derivas autoritarias. La antropología reconstruye los significados, vínculos y prácticas mediante los cuales las comunidades habitan sus mundos.

La integración de estas perspectivas evita dos reduccionismos. El primero consiste en tratar la crisis ecológica como un problema técnico separado de la desigualdad y la democracia.

El segundo consiste en explicar toda devastación mediante una sola lógica, como si las experiencias concretas pudieran derivarse mecánicamente del capitalismo, del Estado o de la cultura. Un análisis interdisciplinario riguroso debe mantener juntas las estructuras generales y las diferencias situadas.

Una política de la reexistencia

Uno de los aportes más sugerentes es el concepto de reexistencia. Su fuerza consiste en combinar tres dimensiones: la defensa frente al daño, la continuidad de la vida y la creación de alternativas. El concepto evita reducir la política a la protesta y también evita entender la supervivencia como adaptación pasiva. Reexistir es sostener una existencia que disputa las condiciones que la hacen posible.

El énfasis en el cuidado amplía el campo de la filosofía política. Las teorías de la justicia suelen concentrarse en derechos, distribución o reconocimiento; la perspectiva del cuidado recuerda que la vida social depende de tareas materiales y afectivas frecuentemente invisibilizadas. Incorporar el cuidado no significa reemplazar la justicia, sino examinar cómo ambas dimensiones se articulan.

La imaginación utópica constituye otro aporte importante. En momentos de crisis, la política puede quedar atrapada entre la administración de daños y la nostalgia por un pasado idealizado. La imaginación permite formular futuros diferentes sin desconocer los límites presentes. Su función no es entregar un plano definitivo, sino producir preguntas, orientar conflictos y ampliar las capacidades de acción.

En tanto, la reorganización del pesimismo ofrece una vía equilibrada entre el optimismo voluntarista y el derrotismo. Reconocer la gravedad del presente no obliga a aceptar su permanencia. La lucidez puede ser una condición de la acción cuando permite abandonar soluciones superficiales, comprender la complejidad del daño y construir estrategias sostenibles.

Este trabajo bibliográfico de Laura Quintana ofrece una perspectiva pertinente para pensar las crisis contemporáneas sin reducirlas a un problema técnico ni convertirlas en una condena inevitable. Su punto de partida —la necesidad de recomponer el mundo desde condiciones ya dañadas— permite superar tanto la nostalgia por una normalidad perdida como la aceptación resignada del colapso.

La obra articula una crítica del capitalismo como régimen de arruinamiento con un análisis de la normalización de la crisis, las derivas autoritarias y la producción social de la impotencia. Frente a estas tendencias, propone una política de la reexistencia fundada en el cuidado, la habitabilidad, la acción colectiva y la imaginación utópica.

Su contribución más significativa consiste en mostrar que la transformación no nace de la negación del daño, sino de la capacidad de reconocerlo, disputarlo y convertir esa experiencia en composición política.

El enfoque interdisciplinario permite comprender que la devastación tiene dimensiones simultáneamente ecológicas, sociales, históricas, económicas, subjetivas y culturales. Por ello, ningún cambio aislado resulta suficiente. Es necesario transformar los modos de producción y consumo, democratizar las instituciones, redistribuir recursos, proteger territorios, reconocer las tareas de cuidado y ampliar las capacidades colectivas de decisión.

El libro deja abiertas preguntas decisivas sobre la escala de la transformación, el papel del Estado, la relación entre comunidades e instituciones y la posibilidad de convertir prácticas locales en proyectos políticos de mayor alcance. Esas preguntas alientan el debate y sobre todo muestran que la reexistencia no puede ser una fórmula cerrada. Debe ser una práctica reflexiva, situada y democrática.

La conclusión fundamental es que el futuro no está completamente determinado por la ruina. Las condiciones actuales imponen límites reales, pero no eliminan la posibilidad de actuar.

Construir futuros distintos exige abandonar la idea de que la devastación es el destino natural de las sociedades y reconocer que, incluso en escenarios de daño profundo, persisten capacidades para cuidar, imaginar, organizar y transformar. Desde lo arruinado no significa comenzar desde cero: significa hacer de las pérdidas, las luchas y los vínculos existentes el punto de partida para recomponer un mundo más habitable y políticamente abierto.

Fragmento del libro

 

Para acceder a un fragmento del libro en archivo PDF, ingresar al siguiente enlace:

Desde lo arruinado: recomposiciones del mundo entre el deseo y el daño

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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