octubre 14, 2026 6:06 pm
Ciberbiopolítica, tecnofeudalismo y neorreacción: anatomía del poder digital y desafíos para la democracia

Ciberbiopolítica, tecnofeudalismo y neorreacción: anatomía del poder digital y desafíos para la democracia

POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /

Uno de los desafíos intelectuales y políticos más relevantes del siglo XXI consiste en comprender la transformación del capitalismo industrial y financiero en un capitalismo digital que reorganiza simultáneamente la economía, la política, la subjetividad y la vida cotidiana. La expansión de la Inteligencia Artificial (IA), las plataformas digitales y las infraestructuras algorítmicas ha dado lugar a nuevas formas de poder que ya no pueden ser interpretadas únicamente mediante las categorías clásicas del liberalismo, el marxismo o incluso la teoría democrática tradicional.

En este contexto emergen tres conceptos fundamentales para interpretar el presente: ciberbiopolítica, tecnofeudalismo y neorreacción. Lejos de constituir fenómenos aislados, representan dimensiones complementarias de una misma mutación histórica: el tránsito desde la gubernamentalidad neoliberal hacia formas de dominación algorítmica caracterizadas por la concentración extrema del poder tecnológico, el debilitamiento de la soberanía popular y la producción industrializada de subjetividades mediante datos e Inteligencia Artificial.

El capitalismo digital contemporáneo no puede comprenderse como una simple prolongación del neoliberalismo ni como una ruptura feudal consumada. Es una formación híbrida: conserva la acumulación capitalista, intensifica la extracción de renta mediante plataformas y convierte datos, atención, afectos y comportamientos en infraestructuras de gobierno.

La ciberbiopolítica designa precisamente este salto: el poder ya no se limita a disciplinar cuerpos o administrar poblaciones, sino que captura sus huellas digitales, calcula probabilidades, organiza entornos de elección y actúa preventivamente sobre conductas posibles.

En ese marco, el tecnofeudalismo funciona como hipótesis crítica sobre la privatización de los espacios de interacción, mientras la neorreacción ofrece una justificación ideológica para concentrar soberanía en élites tecnológicas y debilitar la democracia liberal.

Del Estado disciplinario a la gubernamentalidad algorítmica

La genealogía foucaultiana permite distinguir tres tecnologías de poder que hoy se superponen. La soberanía clásica prohibía y castigaba; la disciplina moderna organizaba cuerpos en fábricas, escuelas, cuarteles y prisiones; la biopolítica regulaba poblaciones mediante estadísticas, medicina, urbanismo y seguridad social. La fase digital no elimina estos dispositivos: los integra en arquitecturas capaces de observar a distancia, aprender de la conducta y modificar el campo de posibilidades. El expediente se vuelve perfil dinámico; la norma, puntuación de riesgo; la vigilancia, predicción; y la orden explícita, diseño de interfaces.

La ciberbiopolítica opera mediante una doble traducción. Primero convierte la vida en datos: localización, vínculos, salud, consumo, productividad, lenguaje y estados de ánimo inferidos. Después traduce esos datos en decisiones: qué se ve, qué crédito se obtiene, qué empleo se ofrece, qué sospecha se activa o qué mensaje político circula. Su eficacia proviene menos de una vigilancia total que de una asimetría radical: las plataformas conocen patrones colectivos que los individuos no pueden auditar, mientras los modelos deciden con criterios opacos.

Así, el poder deja de ser únicamente represivo y se vuelve ambiental: configura la arquitectura dentro de la cual parece ejercerse la libertad.

Neoliberalismo, Estado y autoritarismo

La historia del neoliberalismo registra que un periodista y dirigente fascista italiano Massimo Rocca fue quien planteó en el contexto de los años veinte, fórmulas de liberalización y normalización institucional. Con ocasión de unos de los congresos fundacionales del fascismo en Italia hizo alusión a través de un escrito al término “neoliberalismo” para mostrar que privatización, disciplina social y reorganización autoritaria del Estado podían coexistir en la Europa de entreguerras.

No obstante el anterior antecedente, la cristalización doctrinal de “neoliberalismo” suele situarse en debates posteriores, especialmente el Coloquio Walter Lippmann de 1938, el ordoliberalismo y la Sociedad Mont Pèlerin. De ahí que exista una filiación directa entre fascismo y neoliberalismo y una zona histórica de contacto: ambos pensaron cómo reconstruir autoridad, propiedad y mercado en sociedades atravesadas por crisis.

El neoliberalismo real no significó retirada del Estado. Requirió Estados activos para privatizar, garantizar contratos, disciplinar el trabajo, rescatar sistemas financieros y producir competencia. Su innovación consistió en extender la forma-empresa a instituciones y sujetos: cada persona debía administrarse como capital humano. La gubernamentalidad algorítmica radicaliza esa racionalidad. Ya no se limita a pedir que el individuo se comporte como empresa; lo incorpora a plataformas que calculan su reputación, optimizan su atención y subastan su acceso.

El paso del neoliberalismo al capitalismo de plataformas es, por tanto, continuidad en la mercantilización y mutación en los instrumentos de mando.

Tecnofeudalismo: potencia y límites de una categoría

La noción de tecnofeudalismo ilumina cuatro rasgos del orden digital. Primero, las plataformas se comportan como territorios privados: establecen reglas, administran identidades y sancionan sin deliberación democrática.

Segundo, extraen rentas por acceso a infraestructuras que se han vuelto casi indispensables. Tercero, usuarios y trabajadores producen valor —datos, contenidos, reputación, entrenamiento de modelos— sin controlar los medios digitales que organizan esa producción. Cuarto, el poder se personaliza en propietarios capaces de alterar unilateralmente las condiciones de participación pública.

Pero la metáfora feudal no debe convertirse en diagnóstico total. Las grandes tecnológicas siguen siendo corporaciones capitalistas, dependen de mercados financieros, competencia, propiedad intelectual, cadenas globales de trabajo y apoyo estatal. Conviene por lo tanto hablar de un régimen de acumulación rentista y plataformizado, con rasgos señoriales.

Neorreacción e “Ilustración oscura”: programa de una soberanía sin pueblo

La neorreacción no es una doctrina unificada, sino una constelación que impugna igualdad, sufragio, división de poderes y universalismo. Curtis Yarvin, programador informático y bloguero estadounidense de ultraderecha, formula el neocameralismo: jurisdicciones administradas como corporaciones, con autoridad concentrada y ciudadanía reducida a propiedad, contrato o capacidad de salida.

Su crítica de «la Catedral» —medios, universidades y burocracias— presenta el pluralismo institucional como una máquina ideológica y propone sustituirlo por soberanía ejecutiva.

Entre tanto, el filósofo británico Nick Land aporta otra vía: un aceleracionismo de derecha que concibe capital y técnica como procesos parcialmente autónomos de la voluntad humana. Uno quiere administrar la máquina como un CEO soberano; el otro acepta que la máquina desborde los límites democráticos.

Su fuerza política reside en traducir viejos motivos antidemocráticos al lenguaje de la ingeniería: la Constitución aparece como código obsoleto; la deliberación, latencia; los derechos, fricción; y el gobierno, producto que debe optimizarse. Este vocabulario oculta decisiones normativas bajo una apariencia técnica. También convierte desigualdades de riqueza en supuestas diferencias de competencia y presenta la concentración de poder como solución neutral a la complejidad.

La conexión con figuras empresariales debe analizarse sin simplificaciones: Peter Thiel, cofundador de Pantir ha financiado proyectos de Yarvin y ha cuestionado públicamente la compatibilidad entre libertad y democracia; su socio Alex Karp representa, en cambio, una defensa tecnocrática del poder estatal y corporativo que no equivale automáticamente al neocameralismo. Hay afinidades de infraestructura y elitismo, pero no identidad doctrinal plena.

 

Subjetividad, clase y esfera pública

El sujeto digital es simultáneamente consumidor, trabajador, mercancía estadística y objeto de intervención. La promesa de personalización individualiza problemas colectivos: precariedad, ansiedad, aislamiento o endeudamiento se reinterpretan como fallas de productividad y gestión personal.

Al mismo tiempo, la plataforma reemplaza vínculos duraderos por conexiones medibles y recompensas intermitentes. La atomización no elimina la masa; produce multitudes sincronizadas por tendencias, indignaciones y recomendaciones automáticas.

La «fachosfera» puede entenderse como un ecosistema distribuido de influenciadores, medios, cuentas anónimas, emprendedores ideológicos y públicos movilizados. No depende de un centro único: aprovecha incentivos de visibilidad que premian conflicto, simplificación y afectos intensos. Su eficacia no proviene solamente de noticias falsas, sino de ofrecer pertenencia, enemigos reconocibles y una explicación total de la crisis.

La respuesta democrática no puede limitarse a corregir datos; debe reconstruir organizaciones, lenguajes y experiencias de solidaridad capaces de competir con esa economía afectiva.

Infraestructura, seguridad y soberanía

La IA amplía el poder de clasificación, pero no es un sujeto autónomo ni neutral. Sus modelos condensan decisiones sobre datos, objetivos, métricas, costos y umbrales de error. Cuando se integran en policía, migración, crédito, salud, educación o empleo, transforman probabilidades en consecuencias materiales.

El problema político no es solo el sesgo de un algoritmo, sino quién define la finalidad del sistema, quién puede impugnar su decisión y quién carga con el error. Sin derechos de explicación, auditoría y reparación, la automatización convierte desigualdades históricas en aparentes resultados técnicos.

Politológicamente, emerge una soberanía estratificada. Los Estados conservan coerción jurídica y militar, pero dependen de infraestructuras privadas para cómputo, nube, identidad, cartografía, pagos y comunicación.

Las empresas, a su vez, necesitan contratos públicos, protección geopolítica y regímenes de propiedad intelectual. No hay simple sustitución del Estado por la corporación, sino ensamblajes público-privados con baja rendición de cuentas. Palantir simboliza esta convergencia entre análisis de datos, seguridad y gobierno: el mismo tipo de arquitectura puede servir a logística legítima o a vigilancia desproporcionada, según las reglas institucionales que la encuadren.

Prospectiva: cuatro escenarios hacia la década de 2030

  1. Autoritarismo algorítmico competitivo. Estados formalmente electorales utilizan identidad digital, IA predictiva y comunicación personalizada para administrar disenso. Las elecciones persisten, pero la oposición compite en entornos informativos y financieros estructuralmente asimétricos.

  2. Neocameralismo Zonas especiales, ciudades privadas y servicios esenciales gobernados por contratos sustituyen parcialmente derechos de ciudadanía. La «salida» se ofrece como libertad, aunque solo quienes poseen recursos pueden ejercerla realmente.

  3. Oligopolio regulado. Las democracias imponen obligaciones de interoperabilidad, auditoría y competencia, pero sin alterar la propiedad concentrada de datos y cómputo. Se reducen abusos visibles, mientras la dependencia estructural permanece.

  4. Democracia digital de lo común. Infraestructuras públicas y cooperativas, datos fiduciarios, software abierto y capacidad estatal de cómputo permiten orientar la IA hacia necesidades sociales. La innovación continúa, pero bajo derechos colectivos, control laboral y deliberación ciudadana.

El escenario más probable no es uno puro, sino una combinación desigual por regiones y sectores. Sus indicadores críticos serán la concentración del cómputo avanzado, la autonomía de los reguladores, el poder sindical en cadenas tecnológicas, la propiedad de datos, la capacidad de impugnar decisiones automatizadas y la penetración de proveedores privados en defensa y administración pública.

Agenda democrática y estrategia para las izquierdas

  • Democratizar la infraestructura: nubes públicas, centros de cómputo compartidos, conectividad universal y compras estatales que favorezcan estándares abiertos.

  • Reconocer derechos sobre datos y decisiones: minimización de datos, trazabilidad, explicación significativa, auditorías independientes, reparación y prohibición de usos incompatibles con derechos fundamentales.

  • Redistribuir poder económico: política antimonopolio, impuestos sobre rentas digitales, negociación colectiva para trabajadores de plataformas y participación laboral en la introducción de IA.

  • Defender la esfera pública: transparencia de sistemas de recomendación, acceso de investigadores, pluralismo mediático y educación cívico-digital que no descargue toda la responsabilidad en el usuario.

  • Construir contrahegemonía: traducir la crítica en conflictos concretos —tiempo, salario, vivienda, salud, deuda, ambiente— y mostrar cómo las infraestructuras digitales organizan esas experiencias.

  • Internacionalizar la regulación: evitar que la competencia geopolítica convierta cualquier control democrático en una supuesta desventaja tecnológica.

 

Convertir usuarios en ciudadanos

La ciberbiopolítica nombra una transformación decisiva: gobernar mediante la captura de la vida convertida en información y mediante la modulación anticipada de conductas. El tecnofeudalismo identifica la privatización rentista de los espacios digitales, aunque debe usarse como hipótesis y no como sustituto automático del análisis capitalista. La neorreacción, finalmente, es la tentativa de convertir esa concentración material en principio legítimo de gobierno: eficiencia sin igualdad, innovación sin deliberación y soberanía sin pueblo.

La tarea democrática no consiste en frenar la técnica ni en idealizar instituciones existentes, sino en disputar su dirección. Reapropiarse críticamente de Foucault implica examinar cómo se fabrican sujetos y normalidades; reapropiarse de Marx y de la economía política implica seguir propiedad, renta y trabajo; y reapropiarse de la tradición republicana implica reconstruir límites al poder arbitrario.

Para las izquierdas, el desafío es unir esos lenguajes en una estrategia material: convertir usuarios en ciudadanos, trabajadores dispersos en sujetos colectivos y datos privatizados en bienes gobernados de forma común.

Bibliografía orientativa

  • Foucault, Michel. Seguridad, territorio, población; Nacimiento de la biopolítica.
  • Zuboff, Shoshana. La era del capitalismo de la vigilancia.
  • Srnicek, Nick. Capitalismo de plataformas.
  • Varoufakis, Yanis. Tecnofeudalismo: el sigiloso sucesor del capitalismo.
  • Wark, McKenzie. Capital Is Dead: Is This Something Worse?
  • Dean, Jodi. «Neofeudalism: The End of Capitalism?»
  • Land, Nick. «The Dark Enlightenment».
  • Yarvin, Curtis (Mencius Moldbug). Escritos sobre formalismo y neocameralismo en Unqualified Reservations.
  • Brown, Wendy. El pueblo sin atributos.
  • Morozov, Evgeny. Ensayos críticos sobre solucionismo tecnológico y tecnofeudalismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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