octubre 22, 2026 3:30 am
Apocalipsis y algoritmos: cuando la ultraderecha tecnológica descarta la democracia

Apocalipsis y algoritmos: cuando la ultraderecha tecnológica descarta la democracia

POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /

Del silogismo a la sombra: cómo el filósofo británico Nick Land, referente del totalitarismo de ultraderecha y el ‘tecnofascismo’ inspiran a los magnates de Silicon Valley.

Bajo la premisa de que la innovación tecnológica puede convertirse en un argumento para erosionar la deliberación democrática, el filósofo colombiano Santiago Castro-Gómez dictó la conferencia «Apocalipsis zombie: Nick Land y la filosofía de la derecha global tecnofascista», el pasado 15 de octubre de 2026 en el marco de la Cátedra Foucault 100 años del Doctorado en Estudios Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas de Bogotá, en desarrollo de la cual examinó el idilio de las élites de Silicon Valley —con figuras como Marc Andreessen, Peter Thiel, Alex Karp y Curtis Yarvin— con el autoritarismo cibernético y las ideas del pensador británico Nick Land.

Durante su intervención, Castro-Gómez advirtió sobre los riesgos de entrelazar capital, automatización y poder político bajo el imaginario del apocalipsis, matizando que conceptos como ‘tecnofascismo’ deben emplearse como categorías críticas rigurosas y no como etiquetas automáticas para toda iniciativa tecnológica.

Santiago Castro-Gómez

La tesis orientadora es que ciertas articulaciones entre capital, automatización y poder político convierten una promesa de innovación en un argumento para reducir la deliberación democrática. Sin embargo, no cabe tratar a Land, Andreessen, Thiel, Karp y Yarvin como integrantes de una doctrina uniforme. Deben distinguirse la semejanza conceptual, la referencia textual y la influencia causal demostrada.

De la adaptación al desplazamiento de la política

El recorrido que hace Castro-Gómez comienza con la cibernética: organismos y máquinas pueden estudiarse atendiendo a sus intercambios de información, mecanismos de control y circuitos de retroalimentación. Desde allí, la exposición introduce la lectura landiana de la evolución como intensificación adaptativa y del capitalismo como un proceso en el que selección, información y tecnología se potencian mutuamente. El punto decisivo es el desplazamiento del sujeto humano: lo que habitualmente se entiende como instrumento de una sociedad aparece como una dinámica que reorganiza a esa sociedad y desborda su capacidad de conducción.

La disertación conlleva a la pregunta de cómo una descripción del cambio técnico puede convertirse en una justificación del mando.

La conversión de un proceso en destino

El aporte filosófico del problema consiste en cuestionar el monopolio humano de la inteligencia sin concluir, por esa sola razón, que desaparece la responsabilidad humana. Retroalimentación, aprendizaje, adaptación evolutiva y conciencia no son conceptos intercambiables. Un dispositivo que corrige una variable no posee necesariamente experiencia subjetiva; la selección entre generaciones tampoco aprende del mismo modo que un organismo o un modelo computacional.

El vocabulario cibernético permite comparaciones funcionales, pero no demuestra por sí mismo una identidad ontológica entre vida, mercado e Inteligencia Artificial (IA).

El filósofo británico Nick Land lleva esas analogías hacia una metafísica del capital: la expansión tecnológica deja de ser una trayectoria histórica contingente y adquiere la apariencia de un destino impersonal. La objeción central es doble. Primero, de que un proceso sea adaptativo no se sigue que sea justo o deseable: el éxito competitivo no constituye una norma moral. Segundo, la complejidad no demuestra inevitabilidad. Confundir lo que ocurre, lo que podría ocurrir y lo que debería ocurrir transforma una conjetura sobre el futuro en un mandato político.

La cibernética del filósofo y matemático estadounidense Norbert Wiener (1894-1964) abrió un campo de estudio del control y la comunicación; su reflexión social atendió los riesgos de subordinación y deshumanización asociados con la automatización. La radicalización antihumanista es una apropiación particular, no una consecuencia necesaria de esa tradición.

Nick Land

En clave foucaultiana, la pregunta productiva no sería solamente si el capital tiene una voluntad propia, sino qué prácticas permiten presentar sus exigencias como verdades que deben gobernar la conducta humana.

Modernización técnica y reacción política

Una cronología mínima evita comprimir debates distintos en un mismo presente. Wiener publicó ‘Cybernetics’ en 1948 y ‘The Human Use of Human Beings’ en 1950. Land participó en el entorno de investigación sobre cibercultura de Warwick en los años noventa; sus escritos posteriores sobre la «Ilustración oscura», de 2012, articularon una crítica neorreaccionaria de la democracia. Entre ambos momentos se sitúan el texto ‘The Patchwork’ de Yarvin, de 2008, y el ensayo libertario de Thiel, de 2009. El manifiesto de Andreessen apareció en 2023, y ‘The Technological Republic’, escrito por Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska, en 2025. La secuencia documenta momentos de formulación, no demuestra que cada autor derive del anterior.

La combinación de instrumentos nuevos con jerarquías políticas defendidas como restauración permite hablar, analíticamente, de modernización reaccionaria. No se rechaza toda la modernidad: se seleccionan su poder técnico y sus capacidades productivas mientras se cuestionan la igualdad política y los límites al mando.

Cinco posiciones, varias tensiones

Land: descentrar al ser humano. El capital tecnológico funciona como un proceso que rebasa la dirección humana. En términos políticos, esa premisa desautoriza la pretensión colectiva de orientar el desarrollo. La tensión interna es clara: si la dinámica es verdaderamente incontenible, ¿por qué necesitaría un programa que retire deliberadamente las restricciones democráticas? La proclamación de inevitabilidad puede operar menos como descripción comprobada que como recurso para neutralizar alternativas.

Andreessen: crecimiento, innovación y abundancia. Su manifiesto sostiene una defensa amplia de la tecnología y los mercados como motores de progreso, destacando su confianza en resolver problemas materiales mediante más innovación. La crítica pertinente no consiste en negar los beneficios tecnológicos, sino en preguntar qué instituciones distribuyen esos beneficios y quién asume los costos de transición. A diferencia del horizonte de desplazamiento humano atribuido a Land, el discurso de Andreessen promete prosperidad humana: esta divergencia impide identificarlos sin matices.

Thiel: libertad frente a participación democrática. ‘The Education of a Libertarian’ formula su pérdida de confianza en la compatibilidad entre ambas. Se trata de una posición normativa fechada, no de un resultado científico acerca de todas las democracias. Su problema politológico es la definición de libertad: si esta se identifica fundamentalmente con autonomía empresarial y patrimonial, la intervención colectiva puede aparecer como amenaza; si incluye protección frente al poder privado y capacidad efectiva de participar, aquella separación resulta discutible.

Karp y Zamiska: capacidad estatal y poder tecnológico. La presentación pública de ‘The Technological Republic’ reclama renovar la cooperación entre industria tecnológica y gobierno para sostener la capacidad estratégica de Estados Unidos y sus aliados. No propone simplemente escapar del Estado; busca reforzarlo mediante esa cooperación. Su justificación declarada incluye preservar libertades, de modo que sería impreciso atribuirle, con estas fuentes, el mismo programa antidemocrático de Yarvin. La pregunta crítica es otra: ¿qué controles públicos pueden impedir que la necesidad de seguridad convierta a proveedores privados en autoridades de hecho sobre decisiones colectivas?

Yarvin: soberanía corporativa. ‘The Patchwork’ presenta una alternativa al orden democrático y el neocameralismo imagina gobiernos administrados mediante estructuras empresariales. Debe precisarse que el ejecutivo puede rendir cuentas a propietarios o accionistas sin hacerlo a los habitantes en condiciones de igualdad política. Por tanto, no es ausencia de toda responsabilidad, sino sustitución de la responsabilidad ciudadana por una corporativa. La «Catedral» que denomina Yarvin designa su interpretación del entramado universitario, mediático y burocrático que, según su criterio, debe ser abolida para darle paso a la libre evolución del capitalismo.

Politológicamente, el contraste permite diferenciar tecnocracia, oligarquía económica, soberanía corporativa y autoritarismo. La primera prioriza saber experto; la segunda concentra influencia en quienes poseen recursos; la tercera convierte la titularidad empresarial en fundamento del gobierno; el cuarto reduce controles y competencia política. Pueden combinarse, pero no son sinónimos.

Para evaluar la categoría ‘tecnofascismo’ es preciso contrastar, en casos definidos, concentración de mando, supresión del pluralismo, subordinación de derechos, uso político de infraestructuras técnicas y prácticas coercitivas. La convergencia más defendible en este corpus es una disputa sobre quién debe orientar el futuro tecnológico, no la existencia demostrada de un bloque mundial homogéneo.

Poder, infraestructura y legitimación

Desde la sociología, el problema no se reduce a las opiniones de figuras visibles. Interesa la articulación entre recursos económicos, producción de conocimiento, infraestructura y capacidad institucional.

La propiedad de una plataforma o de servicios críticos puede convertirse en una fuente de poder cuando otros actores dependen de sus condiciones de acceso. Esta es una hipótesis relacional que debe investigarse mediante contratos, reglas de uso, concentración de mercado y mecanismos de supervisión; no se demuestra únicamente porque varios empresarios compartan un vocabulario de innovación.

La frase «la tecnología lo exige» puede desplazar la discusión desde decisiones negociables hacia supuestas necesidades objetivas. En una lectura inspirada en Foucault, la cuestión sería cómo ciertos saberes definen problemas, seleccionan soluciones y organizan conductas.

El poder no actúa exclusivamente mediante prohibiciones: también configura incentivos, clasificaciones y posibilidades de acción. Esta perspectiva permite preguntar por la producción de sujetos que se entienden como usuarios, emprendedores o perfiles de riesgo, sin suponer que toda digitalización obedece a un plan autoritario centralizado.

El zombi como figura de una vida sin decisión

El título de la disertación de Castro-Gómez puede interpretarse como una metáfora de movimiento sin autonomía: una sociedad continúa produciendo, intercambiando información y consumiendo, aunque pierda capacidad de decidir sobre sus fines. Su fuerza consiste en condensar una inquietud: la actividad incesante no equivale a una vida políticamente libre. Su riesgo consiste en convertir la crítica en una imagen totalizante que borre las capacidades de resistencia y creación de las personas.

En este plano, las narrativas de apocalipsis y salvación comparten una estructura: muestran el presente como umbral de una transformación definitiva y exigen actuar bajo urgencia. Unas celebran el abandono del mundo humano; otras prometen abundancia si se eliminan obstáculos. En ambos casos conviene examinar qué preguntas quedan excluidas por el relato, especialmente las relativas a distribución, cuidado, límites y participación.

La disputa cultural no enfrenta necesariamente imaginación y razón: enfrenta distintas maneras de imaginar el futuro y de autorizar decisiones en su nombre.

 

Humanidad, dependencia y pluralidad

La dimensión antropológica pregunta qué concepción de lo humano sostiene cada proyecto. En el esquema adaptativo radical, el valor de una forma de vida podría quedar subordinado a su rendimiento competitivo.

Una perspectiva crítica recuerda que dependencia, cooperación y cuidado no son simples fallas de eficiencia: constituyen condiciones de la existencia social. Descentrar al ser humano puede ampliar la atención a otras formas de vida, pero pierde ese potencial si convierte a personas y comunidades en recursos prescindibles de una optimización económica.

Asimismo, «la humanidad» no es un actor uniforme. Las capacidades de beneficiarse de una transición técnica, negociar sus condiciones o abandonar una jurisdicción se distribuyen de manera desigual.

La supuesta libertad de elegir entre gobiernos-empresa requiere examinar costos de salida, vínculos comunitarios y posibilidades materiales de traslado. Desde una mirada situada en Bogotá y América Latina, resultan pertinentes preguntas sobre conocimientos locales, autonomía institucional y prioridades colectivas.

Productividad no es distribución

La promesa de abundancia exige distinguir producción de riqueza y acceso a ella. Una innovación puede elevar productividad sin garantizar, por sí sola, mejoras universales de ingreso, tiempo libre o seguridad económica. Sus efectos dependen también de propiedad, competencia, organización laboral, tributación y servicios públicos.

De ahí que la oposición simple entre innovación y regulación sea insuficiente: algunas reglas pueden obstaculizar desarrollos útiles, mientras otras hacen posible la confianza, limitan abusos y distribuyen riesgos. Cada caso necesita evaluación, no una condena o una absolución general.

En materia ambiental, la expectativa de resolver crisis mediante innovación debe separarse de una demostración de sostenibilidad. No basta afirmar que una tecnología utiliza menos recursos por unidad: es necesario estudiar el volumen total de actividad, su ciclo de vida y la distribución territorial de impactos.

Autonomía operativa y responsabilidad

Autonomía operativa no significa soberanía política. Un sistema puede ejecutar tareas sin intervención humana en cada paso y continuar dependiendo de objetivos, datos, infraestructura, autorizaciones y decisiones organizacionales. Que ciertos comportamientos resulten difíciles de anticipar no prueba que toda capacidad de control haya desaparecido.

La proposición landiana de una máquina capitalista fuera del alcance humano debe diferenciarse de preguntas técnicas verificables: qué puede hacer un sistema, dónde falla, quién lo despliega y bajo qué límites.

También es preciso distinguir retroalimentación negativa, que tiende a corregir desviaciones, y positiva, que puede amplificarlas. La existencia de circuitos de retroalimentación no implica una marcha universal hacia mayor complejidad o mejor adaptación.

Democracia, soberanía y orientación tecnológica

El principal rendimiento de la conferencia es poner en relación una reflexión filosófica sobre inteligencia y capital con disputas acerca de democracia, soberanía y orientación tecnológica. Como objeto de reseña, ofrece una pregunta central: ¿qué ocurre cuando el progreso deja de entenderse como una decisión discutible y se presenta como una exigencia a la que la sociedad debe someterse?

La lectura interdisciplinaria muestra que esta pregunta involucra simultáneamente concepciones de lo humano, formas de legitimación, estructuras económicas e instituciones políticas.

El balance requiere tres reservas. La cibernética no conduce necesariamente al antihumanismo; la innovación no implica necesariamente autoritarismo; y la afinidad entre discursos no demuestra una cadena única de influencia desde Land hasta todos los actores de Silicon Valley. Precisamente por eso, la crítica gana fuerza cuando identifica diferencias y evidencia, en lugar de subsumirlas en una etiqueta.

‘Tecnofascismo’ puede servir para interrogar articulaciones específicas entre técnica y dominación, pero necesita criterios históricos y políticos que permitan distinguirlas de otros proyectos.

La conclusión no es que la tecnología deba detenerse, sino que su velocidad no resuelve la cuestión de sus fines. Tampoco la democracia puede reducirse a un procedimiento incapaz de producir conocimiento: es un marco para discutir prioridades, distribuir responsabilidades y disputar el rumbo de transformaciones que afectan la vida común.

Frente al imaginario de una humanidad convertida en apéndice de procesos autónomos, la tarea crítica consiste en mantener abierta la pregunta por quién decide, quién recibe los beneficios y quién puede objetar. El futuro técnico sigue siendo, también, un problema político.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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