POR ÁLVARO ECHEVERRI URUBURU
En desarrollo del discurso de toma de posesión del nuevo mandatario de extrema derecha en Colombia, Abelardo de la Espriella, el pasado 7 de agosto, se anunció el inicio de una «batalla cultural» para defender la familia tradicional y otros principios de sello ultraconservador. Para ejecutar esta directriz, se designaron figuras clave como la ministra de Cultura, Paola Holguín, y el asesor Enrique Serrano, adoptando un concepto global impulsado en América Latina por autores como el propagandista argentino de ultraderecha Agustín Laje.
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El término remonta históricamente a la Kulturkampf (guerra cultural) lanzada por Otto von Bismarck en el siglo XIX contra la Iglesia católica en Alemania.
Las clases dominantes no solo ejercen control mediante la violencia y las instituciones coercitivas del Estado, sino a través de la hegemonía cultural. Esto implica imponer su visión del mundo, valores y ética al resto de la sociedad utilizando instituciones de la sociedad civil (universidades, iglesias, medios de comunicación, escuelas y ahora redes sociales, bots y algoritmos).
Los gobiernos de extrema derecha como los de Javier Milei en Argentina y Abelardo de la Espriella en Colombia emplean este concepto bajo la premisa de desalojar supuestos «valores de izquierda». Sin embargo, los pilares que combaten corresponden en realidad a conquistas del pensamiento liberal de los siglos XVIII y XIX. Sus propósitos principales incluyen: defensa exclusiva de la familia heterogenital y monogámica, desconociendo la diversidad familiar demostrada por estudios antropológicos (como los de Virginia Gutiérrez en Colombia); restricción de derechos y pluralismo, oponiéndose a las garantías sociales de la población LGBTIQ+, al multiculturalismo y a la inmigración; retorno de la educación dogmática, impulsando la enseñanza religiosa obligatoria en Estados que se definen como laicos, con el respaldo de corrientes evangélicas; imposición de lenguaje institucional para neutralizar conceptos de carácter social o crítico (por ejemplo, cambiar «campesino» por «productor agrario» o suprimir la especificidad de los derechos de las niñas); censurar textos escolares que aborden pasajes oscuros u opresivos de la historia nacional y mundial (esclavitud, abusos a poblaciones indígenas, represión estatal, etc.).

Según el pensamiento del filósofo italiano Antonio Gramsci (1891-1937) desde sus ‘Cuadernos de la cárcel’, una clase dominante no ejerce su poder únicamente a través de la violencia, la Policía o las leyes, sino logrando imponer su visión del mundo, sus valores, su ética y su cultura al conjunto de la sociedad. Esto se logra a través de instituciones no estatales de la sociedad civil (la educación, las universidades, los medios de comunicación, la religión y los centros culturales).
Cuando la clase dominante impregna de su ideología estas instituciones, construye hegemonía, explica Gramsci, convirtiéndose en la conductora legítima de la sociedad porque las demás clases asumen esos valores como propios.
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Figuras de la ultraderecha internacional (como Steve Bannon con Donald Trump o Marine Le Pen en Francia) y de la nueva derecha en América Latina adoptaron esta lectura de Gramsci bajo la premisa de que la izquierda se había apoderado de la cultura y la educación durante décadas, por lo que ahora era necesario «desalojar» esos valores izquierdistas de las instituciones culturales.
Existe una paradoja en el discurso de la ultraderecha actual: aunque justifica su «batalla cultural» atacando a la izquierda, en realidad el objetivo de fondo de sus políticas choca frontalmente con los valores fundamentales del liberalismo político y de la Ilustración (como la libertad de enseñanza, el pluralismo, la libertad de cultos y el reconocimiento de la diversidad).
El uso de las herramientas teóricas de Gramsci por parte de estos sectores de tinte fascista busca instaurar una sociedad de carácter «iliberal» o antidemocrática, sustituyendo la libertad individual por un dogma tradicionalista estricto en ámbitos como la familia, la educación y la historia oficial.
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Esta «batalla cultural» de la ultraderecha —vinculada también con conceptos como la «ilustración oscura» promovida por tecnócratas globales no representa verdaderamente un combate contra el socialismo o el marxismo. En esencia, constituye un ataque directo contra los fundamentos del liberalismo político y los derechos democráticos conquistados desde la modernidad, buscando una transición hacia sociedades iliberales y de corte neofascista.
La exposición completa en el siguiente video:



