POR ERIC CALCAGNO /
El imperio estadounidense ubica a Occidente como un concepto, no importa donde se encuentre.
Comencemos por tres frases.
Según reporta la Deutsche Welle, el 23 de enero de 2016 Donald Trump afirmó que “podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a la gente y no perdería votantes”.
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El 7 de abril de 2026 publicó en la red Truth Social: “Esta noche morirá una civilización, para no volver jamás”. Claro, hablaba de Irán.
Acorde a CNN, la misma persona dijo: “Podría decir las cosas más estúpidas y aun así me aplaudirían”.
Al menos las dos primeras amenazas no se cumplieron. Es que asesinar transeúntes a mansalva es un crimen, incluso en los Estados Unidos, y cometer un genocidio no gana guerras, sobre todo cuando se está en trance de ser derrotado.
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Aunque Trump sí fue en efecto aplaudido por sus decires en la última opción mencionada. Algo es algo.
Es tentador pasar estas situaciones a través del tamiz que brinda la psicología o la psiquiatría, con lo que sin duda encontraríamos resultados tan terribles como grotescos. Que por supuesto no se limitan al personaje ni al país evocados. Pero tal cosa nos es vedada, la sombra terrible de Emile Durkheim se yergue para prohibirnos explicar un hecho social por otra cosa que no sea otro un hecho social. Entonces hablaremos de Occidente.
Occidente… Vaya idea peregrina. Porque en el globo terráqueo que aún habitamos tenemos un Polo Sur y un Polo Norte, pero carecemos de un polo este o un polo oeste. Todo no se puede. Así es que, si bien hay un sur y un norte más o menos absolutos, en la realidad uno siempre es el este o el oeste de alguien más. Una cuestión de puntos de vista. Y Occidente, que vendría a ser el oeste, no puede existir como noción geográfica total sino en virtud de la imposición de un determinado punto de vista.
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Así, los británicos se ufanan que el meridiano cero pasa justo por el viejo observatorio situado en Greenwich, que por casualidad es un barrio de Londres.
Seguros con tal incertidumbre, los latinoamericanos nos enteramos a diario que somos parte del hemisferio occidental, que es la manera geográfica que tienen los Estados Unidos de agraciarnos como patio trasero. Pero para China, la nación norteamericana queda al oriente. Ajá. Si los países tienen la política de su geografía, entonces un mapeo inconstante tendrá resultados desastrosos en materia política. Tal vez por eso el imperio estadounidense ubica a Occidente como un concepto, no importa donde se encuentre, ya que los conceptos son volátiles.
Occidente es la Europa de la OTAN, Canadá, Estados Unidos, pero también Israel, Australia y Nueva Zelanda e incluso el exótico pero dócil Japón. Y tantos otros lugares. Por feliz casualidad, en los hechos, Occidente tiende a encontrarse en los lugares donde hay abundantes recursos petroleros, minerales estratégicos y toda otra cuestión de interés que incumba, como el agua.
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De este modo el concepto de Occidente obliga a llevar la democracia a esos territorios, pues lleva en sí mismo la idea del mundo libre, tal como el misil de crucero Tomahawk contiene la carga explosiva correspondiente.
Los valores de Occidente se oponen así a los valores de los demás puntos cardinales. Que, si se oponen al concepto de Occidente no pueden ser considerados verdaderos valores, como todo el mundo sabe.
Disfrutemos entonces que ese Occidente realmente existente ya está a nuestras puertas, cuando no en el seno de nuestros hogares, gracias al uso policial y militar de la Inteligencia Artificial (IA) que todos llevamos en el teléfono celular. Y a no ser malpensados, nos cuidan para que no pensemos mal. Hasta nos evitan la angustia provocada por las veladas electorales, ellos ya eligieron por nosotros.
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Es que Occidente también conoce qué es el bien. Quién es mal. Y eso lo practica sin límites. Es lo que vemos a diario con los sucesos en Gaza, Cisjordania, el Líbano. Como Occidente prohíbe decir “genocidio”, optaremos por “matanza generalizada e indiscriminada de civiles en Gaza”, por ejemplo, que es más neutro. No importan lo que digan las Naciones Unidas, Amnistía Internacional, o los israelíes de B’Tselem o + 972. Un concepto no se detiene en detalles como hambruna, enfermedades, mutilaciones, traumas. Una guerra en Ucrania allá, un “Escudo de las Américas” acá… Es un concepto. ¿Okey? ¿Y además quién es usted para criticar una abstracción?
Occidente es el estado superior del alma imperial. Una sensación con perfume de napalm. Es como… el caprichoso humo de las ruinas que oscurece el sol. Como el olor de los muertos bajo los escombros del mundo.
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Para los que no saben disfrutar de las guerras que emprende Occidente, les queda “la miseria planificada”. Por eso no importa lo que diga ni lo que haga quien hable en nombre de Occidente, ni dónde esté, ni cuánto cueste, pues es inmune a las consecuencias de las palabras que se pronuncien a favor de tal nombre, en perpetua impunidad de sentido.
Tal vez por eso Occidente no tiene límites. Es lógico, tampoco tiene brújula.
De profundis.
Tiempo Argentino



