julio 6, 2026 3:01 pm
De la desobediencia civil a la insurgencia social

De la desobediencia civil a la insurgencia social

POR MARCELO CARUSO AZCÁRATE

Las formas de expresión, acción y relación social varían su contenido y proyección de acuerdo con el contexto histórico concreto y al sujeto que las determina. De allí la importancia de abordar el debate de la propuesta presentada por el senador y excandidato presidencial Iván Cepeda Castro, de apropiarnos de la estrategia de resistencia de la desobediencia civil para Colombia.

Reflexionar este concepto siempre renaciente pasa por asumir que surge como una forma de lucha individual de sectores progresistas en el desarrollo inicial del capitalismo, luego evoluciona a partir de la categoría del ciudadano como elemento de canalización de las luchas anticoloniales, para luego reencarnarse, con altibajos, en el marco de la defensa colectiva de los derechos humanos y la lucha de clases. Hoy es necesario llenar de nuevos contenidos antisistémicos esta forma de resistencia y movilización social, para que sean los sectores populares y las organizaciones sociales y de trabajadores, los que pasen a recrearla, conducirla y a darle contenidos programáticos y políticos. Esto permitirá su evolución como un instrumento fundamental de la construcción de una relación de hegemonía colectiva capaz de agrupar a los sectores afectados por el capitalismo neoliberal en su fase neofascista.

El recrear y reinventar la desobediencia civil requiere saber su historia, el por qué toma vigencia, para qué la queremos impulsar y cuándo y cómo la impulsaremos. Sólo así podrá convertirse en un instrumento político articulado a la democracia participativa directa y a la lucha popular transformadora de la sociedad.

De qué desobediencia civil hablamos

Obedecer o desobedecer ha sido la opción histórica que la democracia representativa ha entregado a sus ciudadanos. Hecha la ley por los dueños del poder y por ellos también desconocida -en esta época por un imperialismo facistoide- queda definida la necesidad de imponer la obediencia ciega, así como alistar la represión que seguramente caerá sobre aquellos subordinados que inicien su desobediencia por medio de formas diversas de resistencia.

Monumento a la Resistencia en Cali.

La desobediencia civil, y como parte de ella la libertad de pensar y actuar y la objeción de conciencia reconocidas en el marco constitucional, surgen entonces como formas de insumisión de los ciudadanos frente a unas normas o unas leyes y políticas públicas que consideran inmorales, violadoras de sus derechos fundamentales, socialmente injustas e inconstitucionales.

Es civil en tanto se asimila al concepto de ciudadano, categoría que resurge y se amplía con la Revolución francesa y el nacimiento del Estado republicano de las burguesías nacionales en crecimiento, representando un claro progreso en la exigencia de garantías de los derechos democráticos frente a las relaciones feudales preexistentes. Sin embargo, tanto el siervo feudal como el ciudadano burgués y los trabajadores sufren en distinta medida la imposición de la nueva legalidad estatal, jurídica y sobre todo de un modelo económico definido por las nuevas élites, que se presenta como la intermediación política entre el individuo y la sociedad.

El individuo convertido en ciudadano, originalmente colectivo y social, pasa a restringir sus relaciones por reglamentos y leyes que conforman los derechos, deberes y obligaciones del ciudadano, todavía entonces excluyendo a las mujeres, a las culturas ancestrales y a la diversidad de identidades y opciones de vida. En su articulación como parte del sistema pasa a ser un engranaje fundamental de la restringida y controlada democracia electoral y del aparato de un Estado del que fue su creador originario y al que muy pocas veces esas comunidades y ciudadanos han logrado controlar y, peor aún, pasan a ser controlados por su aparato represivo y sus estrategias de sumisión enajenante.

Ser ciudadano en la época de Henry Thoreau (1817-1862), precursor de la desobediencia civil a mediados del siglo XIX, no es lo mismo que serlo hoy, ni son iguales las relaciones de ese concepto con las luchas sociales y de clases. Reivindicar hoy muchos de los derechos democráticos de entonces, puede ser considerados subversivo por las élites del poder en muchas regiones de nuestro planeta. El ciudadano Thoreau va a la cárcel en Estados Unidos en 1846 por negarse a pagar impuestos a un Estado que sostiene el esclavismo y la guerra de anexión contra México. Con su lucha individual reivindica el humanismo y la conciencia de la libertad.

El pensar de Thoreau representa el momento más álgido y progresista del concepto liberal de individuo, quien defiende su libertad, su autonomía frente al Estado, su derecho a la desobediencia consciente y también su propiedad. La utopía de Thoreau era creer que la economía podía marchar por un lado y la política, el derecho y el Estado por otro. No podía comprender que el liberalismo económico naciente, representaba el surgimiento de un Estado represivo e imperialista, ávido de mercados y de mercantilización de las relaciones de producción, por la vía de la dominación política y militar. De allí su evolución hacia un anarquismo romántico, negador de todo Estado, pero incapaz de concebir el cómo derrotarlo y transformarlo.

En la Europa y los Estados Unidos de entonces la oposición frente a la burguesía liberal naciente era liderada por las posiciones socialistas utópicas y sobre todo anarquistas, enemigas de todo Estado y propiciadores del autogobierno. Consideraban que actuar dentro de las reglas que impone el sistema, el solo pensar en obedecerlas críticamente, se consideraba como un reconocimiento de la legitimidad de ese Estado y de su gobierno de turno, y que lo que debía hacer el Estado era obedecer a la soberanía obrera y popular.

Los Thoreau de hoy se corresponderían con los trabajadores -los que viven de su propio trabajo, formal o informal- y los sectores de pequeños y medianos productores y comerciantes arruinados por el ajuste neoliberalquienes como un acto de conciencia individual -colectiva cuando se logran asociar-, luchan por un mayor gravamen fiscal a la renta del capital financiero, del sector minero-energético hoy eximido de ese pago u de los dividendos recibidos por acciones de una sociedad; por las y los que luchan por acabar con la corrupción tanto clientelista como tecnocrática, con la perspectiva de crear fondos públicos controlados por sus beneficiarios organizados, destinados a financiar a los trabajadores por cuenta propia de la llamada economía popular y a garantizar la calidad de una educación y salud gratuita para el conjunto de la población.

Los Thoreau de hoy son los que se oponen a los impuestos indirectos, o también llamados neutrales, que afecten el consumo sin discernir sobre la riqueza o pobreza de quien lo paga, como el Impuesto al Valor Agregadado (IVA), que el nuevo Gobierno de ultraderecha en Colombia pretende extender a nuevos productos; o los peajes y los prediales proporcionales que nunca pagan los terratenientes. Son también los productores agrícolas que rechazan la liquidación de los apoyos a la producción agrícola y exigen la continuidad de la reforma agraria integral y la existencia de una banca de fomento, así como los pobladores que se indignan por la mercantilización de lo público, la privatización de la salud y los bienes comunes de la naturaleza. Son, en general, ciudadanos de la sociedad civil, pero claramente identificados con los sectores populares y capas medias que hacen la mayoría de esta civilidad.

La educación que el ciudadano Thoreau proponía en su época era individual y privada respondiendo a su sentido de familia, pero también a su posibilidad y capacidad para realizarla en el seno de su hogar en contraposición a la opción de acceder a instancias educativas religiosas muy conservadoras, mientras que el pensamiento de los Thoreau de hoy es el que defiende la educación pública gratuita en todos los niveles como eje del progreso de un país.

El otro paradigma de la desobediencia civil es el Mahatma Gandhi (1869-1948), quien llevó a concentrar todo el sentimiento anticolonialista de la inmensa mayoría de la población de la India. Millones clamaban su derecho a la soberanía e independencia frente al imperio inglés, pero no todos la pensaban con los mismos contenidos. Mientras los Nehru aspiraban a desarrollar una burguesía nacional moderna que pasara a administrar los negocios que entonces controlaba el capital inglés, los trabajadores, los pobres y marginados asumían la independencia como un sinónimo de la mejora de sus condiciones de vida con libertad y dignidad. Algo que se comenzó a lograr cuando fortalecieron su organización como un fuerte movimiento político y social para reivindicar sus derechos, identidades y necesidades, mientras recibían la influencia de los avances de la revolución en China. Proceso de maduración que llevó a Inglaterra a negociar la independencia en 1947, al mismo tiempo que imponía un modelo neocolonial que los incluía en la Gran Bretaña bajo el paraguas de una monarquía decadente. A lo cual sumaron la división la India original en dos partes: la Indía de hindúes y el Pakistán de musulmanes. De alguna manera esto mostraba los límites políticos de la desobediencia civil idealizada de Gandi, quien un año después muere asesinado por oponerse a esa división del país.

La desobediencia civil que encabezó Gandhi fue un símbolo mundial en las luchas por romper las dependencias coloniales y en la posibilidad de avanzar en la autoorganización de los sectores populares enfrentando brutales represiones. Fue un acto de liberación -parcial- de masas que sacudió las conciencias del mundo, pero que en sus objetivos estratégicos y mucho más después de la muerte de Ghandi, priorizó la lucha por la independencia nacional en lo jurídico, pero no tocando la transformación económica y secundarizando las luchas por la justicia y la emancipación social de los explotados y de las castas de desposeídos por el poder del capital del imperio inglés que allí permaneció. Al punto que las heroicas luchas por la desobediencia civil abrieron en los dos nuevos países el camino a una izquierda muy fuerte influida por la triunfante Revolución china en 1949.

Los continuadores de la lucha anticolonialista de Gandhi son todos los ciudadanos del tercer mundo que contemplan sorprendidos el regreso a un nuevo tipo de colonialismo que desconoce las soberanías del Estado-nación, que acude a las guerras para controlar los recursos naturales y legisla en función de sus intereses las nuevas reglas del comercio internacional, las finanzas, el medio ambiente y los derechos humanos pasando por encima del derecho internacional y los espacios construidos del multilateralismo global. Un neocolonialismo imperialista neofascista que persigue lo mismo que antes pretendían gradualizar sus antecesores, pero que hoy, marcados por su declinación y la presencia de contradictores de peso mundial, lo buscan acelerar e imponer a sangre y fuego combinando el poder militar de la metrópolis con un capital financiero transnacional especulativo que no reconoce patria ni justicia social alguna.

Un poder imperialista basado en un poder económico y militar de nuevo tipo basado en la utilización inhumana de la revolución tecnológica y la financiariazación de la economía mundo. Un nuevo capital transnacional y mediático que funciona 24 horas al día a la velocidad de la luz desconociendo todo el acumulado de derechos humanos y de la naturaleza, acudiendo a guerras que desconocen el Derecho Internacional Humanitario (DIH), como a guerras cognitivas dirigidas a controlar y deformar las consciencias de los pueblos. Y que no tiene escrúpulos a la hora de irrespetar las soberanías y la autodeterminación de los pueblos.

Quienes continúan a Gandhi en este nuevo orden mundial en disputa, asumen los principios de la revolución social, ética y económica, y son aquellos que por la vía de la desobediencia civil y la confrontación social y de clase, enfrentan a las potencias imperialistas y luchan por defender su soberanía popular y nacional ante la invasión de una injusta legalidad impuesta por sionistas y fascistas. Son los que también se preparan para resistir sin recurrir a la violencia armada, frente a la intervención imperialista en todas sus formas. Sin embargo, al decir de Ernesto Sábato, sólo podremos hacer crecer la audiencia y conformar un gran movimiento de masas, cuando colectivamente encontremos la semejanza con la marcha de la sal promovida por Gandhi contra los impuestos colocados por el imperio a su consumo, o el no uso de las telas inglesas importadas elaboradas con algodón de la India, ambas acciones de desobediencia civil con las que el líder indio se opuso a la metrópoli colonial.

Presente, pasado y futuro

De allí que, al volver a hablar de desobediencia civil, debemos hacerlo como un medio de resistencia, pero también como un camino para construir causas concretas que aglutinen a los afectados por quienes buscan la regresión de las conquistas alcanzadas y destruir los avances en la construcción de culturas de paz. Pensarla y concretarla partiendo de la temporalidad de los conceptos, los cuales cambian como cambiamos los seres humanos que los creamos. No se trata de que acudamos a la desobediencia civil como si viviéramos en la India de Gandhi, o en los marcos del Estado de bienestar -que fue más de malestar- con un orden mundial que pretendía -simulaba- mantener su disputa de poder dentro de reglas de convivencia que anunciaban el respeto por la soberanía y autodeterminación de los pueblos. Trasladar ese concepto de desobediencia a nuestros días, requiere no caer en la trampa de creer que tenemos una sociedad civil democrática, conocedora de sus derechos y solidaria con sus coterráneos, desconociendo la existencia en su interior de confrontaciones que generan miedos y sumisiones, entre quienes reclaman, defienden y exigen derechos que satisfagan sus necesidades y quienes se guían por intereses de clases que les permitan sostener y ampliar sus privilegios.

De allí la vigencia de los contenidos de la Sentencia T-531 de 2008 de la Corte Constitucional colombiana que ratifica el derecho a la desobediencia civil y a la resistencia afirmando:

“…en presencia de ciertas circunstancias, el principio pluralista (art 1° C.N) permite disentir y protestar respecto del contenido de una disposición normativa, bien mediante la manifestación de la inconformidad en dicho sentido, o mediante el incumplimiento de algunas, con el fin de llamar la atención sobre la implementación o aplicación efectiva de otras”.

En este sentido vale reafirmar la importancia la “autonomía de la voluntad” que se desprende de la Constitución Política en sus artículos 13 y 16 que consagran la libertad y el libre desarrollo de la personalidad, y permiten reconocerle a las personas la posibilidad de actuar según su voluntad frente a una injusticia que atente contra la fundamentación y exigibilidad de sus derechos humanos fundamentales y los derechos de los demás.

Es a partir de este marco constitucional y en pleno debate con las comunidades de los territorios más excluidos de Colombia, que se podrá conformar una unidad estratégica lo más orgánica y programática posible, que apoye social y políticamente las cientos de experiencia de desobediencia civil que surgirán encabezadas por las juventudes y los pueblos. Y para preparar ese escenario es que es importante acudir a nuestra historia y las de los pueblos del continente.

Ejemplos de desobediencia civil y resistencia generados en Colombia son muchos e importantes de recordar algunos de ellos. Comenzando por la gesta comunera de José Antonio Galán frente al alza de los impuestos al tabaco; de los trabajadores de Ecopetrol frente al asesinato de Gaitan instalando una comuna en Barrancabermeja que durante 10 días funcionó como un poder popular. De los pueblos indígenas y comunidades afrocolombianas reclamando la devolución de sus tierras y el respeto a sus culturas y sus autonomías. De las las largas huelgas de trabajadores del Estado y de los maestros. Y ya más cercanos se pueden citar los promovidos por sindicatos bancarios llamando a los usuarios a no depositar dineros en aquellos bancos que no respetan sus derechos laborales, o el realizado por Fecode en 1999-2000, llamando y aplicando medidas concretas de desobediencia civil, frente a la decisión autoritaria del Gobierno nacional de imponerle a los docentes un examen de saberes con el fin de golpear sus bases sindicales. A lo que se agrega la larga huelga de hambre de sindicalistas y padres de familia de Bogotá que lograron revertir los planes distritales de eliminar la educación preescolar.

Vale también recordar por su vigencia, las objeciones de conciencia individuales y colectivas de jóvenes frente al servicio militar obligatorio, en respuesta a las apuestas guerreristas de gobiernos pasados que buscaban profundizar los conflictos armados y las combinaban con la represión a las comunidades y el asesinato de liderazgos sociales y políticos.

Y tal vez el más importante que se registra, es el rechazó masivo a una reforma tributaria del neoliberal Gobierno de Iván Duque, que comenzó como desobediencia civil y resistencia popular ocupando calles y carreteras, para escalarse ante la brutal represión en un estallido social que paralizó totalmente la vida económica del país durante 40 días.

Hoy son mayoritariamente los jóvenes con fuerte presencia de la mujer, los que se pusieron al frente de la campaña de Iván Cepeda en las últimas dos semanas de la campaña presidencial desarrollando una diversidad de acciones territorializadas y mediáticas, que muestran que han adquirido la capacidad de desobedecer y resistir conscientemente frente a los bombardeos mediáticos.

Los que convencerán a quienes se dejaron comprar el voto y asumieron como reales los mensajes de odio y miedos construidos por los políticos tradicionales y -como novedad no tan nueva- por falsos pastores que repartieron millones de dólares girados desde el extranjero. Serán ellos la fuente de las desobediencias y resistencias creativas que se irán construyendo frente a cada uno de los decretos que anuncian los futuros gobernantes. Y para apoyar esta nueva etapa es importante reflexionar sobre los varios enfoques que deberán orientar la futura conformación del Pacto Histórico; entre ellos la Unidad, basada en el reconocimiento fraterno de las diferencias y la formación política conjunta de las nuevas direcciones en construcción, como parte de un proyecto de movimiento-partido con estructuras horizontales y flexibles, capaces de escuchar y decidir colectivamente siempre consultando el sentir de quienes votaron por el cambio.

No todas y todos ellos serán necesariamente parte orgánica de esa vanguardia comunitaria y territorial que se agrupe políticamente, pero serán el motor y la gasolina que moverán las estrategias para desarrollar políticamente la desobediencia, la resistencia y las propuestas transformadoras, las que, en lo inmediato, reordenen los espacios de articulación de las organizaciones sociales y comunitarias conformando una bancada social que interactúe en pie de igualdad con los espacios parlamentarios conquistados. Y serán las acciones conjuntas de ambas instancias las que permitirán reconquistar el gobierno de los entes territoriales basando su funcionamiento en la más clara democracia participativa directa con poder de decisión.

Por eso es importante reafirmar que el derecho de los pueblos a enfrentar fines y medios injustos acompañados del desconocimiento del derecho internacional de los derechos humanos es la base del uso alternativo del derecho que contiene la propuesta de desobediencia civil. Toma de Thoreau la conciencia individual, de Gandhi la acción masiva y del socialismo la lucha contra la alienación deshumanizante del reino del mercado, que hoy se acelera con la guerra por controlar las conciencias humanas y desconocer las raíces ancestrales de nuestra relación armónica con la naturaleza.

Así, la desobediencia civil se puede convertir en un eje clave de la estrategias de las resistencias populares que permitirán avanzar en las luchas por derrotar, en conjunto con los pueblos del continente, esta ola brutal de deshumanización de la sociedad que pretende acabar con las culturas de paz que estamos construyendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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