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Sonia Bazanta Vides, conocida universalmente como Totó la Momposina, ocupa un lugar central en la historia cultural de Colombia y de América Latina. Su fallecimiento en México, el pasado martes 19 de mayo de 2026, cierra una trayectoria de más de seis décadas dedicada a preservar, recrear y proyectar la música tradicional del Caribe colombiano ante el mundo.
Más que una intérprete, Totó fue una cantora de memoria: una voz que convirtió en patrimonio vivo las sonoridades del río Magdalena, la depresión momposina y las comunidades afrodescendientes, indígenas y campesinas que han sostenido la tradición oral y musical del país.

Raíz y formación de una cantora
Nacida en Talaigua Nuevo, en el departamento de Bolívar en 1940, y vinculada simbólica y culturalmente a la depresión momposina que le dio su apelativo artístico, Totó creció en un universo donde la música no era simple entretenimiento, sino forma de herencia, conocimiento y comunidad.
Proveniente de una familia de músicos —con un padre percusionista y una madre cantante y bailarina—, aprendió desde temprana edad a comprender la música como práctica colectiva y como archivo de la vida cotidiana.
Esa formación doméstica, ampliada luego por estudios musicales en Colombia y en París, le permitió construir una obra que nunca rompió con la tradición, pero sí la dotó de una extraordinaria capacidad de circulación internacional.

Tradición, ritmo y memoria colectiva
El valor folclórico de Totó la Momposina reside en haber trabajado con los ritmos del Caribe colombiano no como piezas de museo, sino como prácticas vivas. En su repertorio convergen la cumbia, el bullerengue, el mapalé, el porro, la tambora y otros géneros nacidos de la interacción entre tambores, gaitas, palmas, coros responsoriales y danza.
Su canto nunca estuvo aislado del cuerpo ni del territorio: la voz dialogaba con la percusión y con el movimiento, recordando que en las músicas tradicionales del Caribe el sonido es inseparable del rito, la celebración, el duelo, el trabajo y el vínculo con la naturaleza.
Por ello, su obra debe leerse como una forma de conservación activa de la oralidad popular, de los cantos de faena, de las memorias ribereñas y de las fiestas comunitarias.

Herencias afrocolombianas, indígenas y mestizas
Desde una perspectiva étnica, la obra de Totó la Momposina es una afirmación del carácter plural de la nación colombiana. En sus interpretaciones resuena el sedimento histórico de los pueblos afrodescendientes que hicieron del tambor un instrumento de resistencia y pertenencia; también la presencia indígena, visible en las flautas de gaita, en ciertas estructuras melódicas y en la relación ceremonial con el territorio; y, al mismo tiempo, la huella mestiza y campesina que configuró buena parte del universo sonoro caribeño.
Totó entendió esa mezcla no como confusión, sino como una síntesis histórica profundamente colombiana. Su arte mostró que la identidad no es pureza, sino cruce; no es homogeneidad, sino convivencia de memorias. En este sentido, su legado resulta clave para comprender el folclor como espacio de encuentro entre etnicidad, historia y nación.

La dimensión cultural y femenina de su legado
Su singular estilo artístico también representa una figura cultural decisiva en la comprensión del lugar de la mujer dentro de las tradiciones populares. Como cantora, encarnó un tipo de autoridad basado no en el poder institucional, sino en la transmisión de saberes: el cuidado de la comunidad, la memoria de las plantas medicinales, la pedagogía del canto, la danza como descarga emocional y la celebración como forma de resistir a la adversidad.
Su presencia escénica nunca fue solo estética; fue también ética y social. En ella confluyeron la maestra, la guardiana de la tradición y la mujer que hace visible aquello que con frecuencia se margina en los relatos oficiales de la cultura: la centralidad del conocimiento femenino en la conservación del tejido social.
Por eso, su legado no se reduce a una discografía o a una carrera exitosa, sino que se proyecta como ejemplo de dignidad cultural y liderazgo simbólico.

Internacionalización del folclor y proyección del Caribe colombiano
Uno de los mayores méritos de Totó la Momposina fue haber internacionalizado el folclor colombiano sin despojarlo de su espesor comunitario. Desde los años setenta y hasta su retiro en 2022, recorrió escenarios de Europa, Asia, África, Estados Unidos y América Latina, llevando consigo no una versión domesticada del Caribe, sino una propuesta artística en la que el tambor, la danza y la raíz popular conservaban su fuerza original.
Su participación en 1982 en la ceremonia del Nobel de Literatura de Gabriel García Márquez, en Suecia, la situó como emblema cultural de un país que empezaba a reconocerse en sus tradiciones.
Décadas después, el Premio Grammy Latino a la Excelencia Musical de 2013 confirmó lo que ya era evidente: que su obra había trascendido la representación folclórica para convertirse en una contribución mayor al patrimonio musical latinoamericano.

Hablar de Totó la Momposina es aludir a una estética de la memoria y de una política de la identidad cultural. Su legado artístico demuestra que el folclor no es residuo del pasado, sino una fuerza viva capaz de explicar quiénes somos, de dónde venimos y qué historias siguen latiendo en los márgenes del relato nacional.
En su voz convivieron río, tambor, fiesta, duelo, negritud, mestizaje, herencia indígena y sabiduría femenina. Por eso su muerte no clausura su presencia: la desplaza hacia el territorio más duradero de la cultura, donde las grandes cantoras continúan hablando a través de los pueblos que las recuerdan y de las músicas que ayudaron a salvar del olvido.



