marzo 20, 2026 5:30 pm
A 155 años de la Comuna de París: gesta emancipadora que interpela al presente recordando que democracia, justicia social y garantía de derechos no son concesiones del poder, sino conquistas colectivas

A 155 años de la Comuna de París: gesta emancipadora que interpela al presente recordando que democracia, justicia social y garantía de derechos no son concesiones del poder, sino conquistas colectivas

POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /

En lo que va corrido el siglo XXI, el neoliberalismo, un malhadado modelo económico, ha producido una mutación profunda del capitalismo. Lejos de la promesa de “libertad”, ha generado precarización estructural del trabajo; desmantelamiento del Estado Social; mercantilización de la vida; expansión de la informalidad y la inseguridad existencial; y como si fuera poco ha contribuido en grado superlativo a la crisis civilizatoria que ha puesto en serio peligro la existencia de la vida en el planeta.

Diversos estudios sociológicos describen esta condición como “precariedad generalizada”, en la que amplios sectores viven bajo formas de dependencia económica que algunos autores comparan con “nuevas modalidades de servidumbre o semi-esclavitud”.

A partir de esta cruda y dura realidad y a propósito de los 155 años de la Comuna de París (movimiento insurreccional que gobernó la capital francesa entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871), es preciso recrear su legado histórico que adquiere renovada vigencia en un siglo XXI marcado por el ascenso de fuerzas retardatarias, autoritarias y opresivas, el vaciamiento de la democracia liberal y la profundización de las desigualdades sociales.

La Comuna de París ofrece al menos cinco lecciones estratégicas:

  1. La democracia no puede reducirse a la representación: la experiencia comunal demuestra la potencia de la democracia participativa, revocable y territorializada frente a sistemas políticos capturados por élites.

  2. La emancipación social requiere autogestión económica: sin control colectivo sobre la producción y el trabajo, la igualdad política resulta frágil.

  3. El Estado no es neutral: la violencia desatada contra la Comuna confirma que los aparatos estatales tienden a defender los intereses dominantes cuando el orden social es cuestionado.

  4. La unidad popular es condición de posibilidad: la Comuna mostró tanto la fuerza de la acción colectiva como los límites derivados de la fragmentación política y la falta de coordinación estratégica.

  5. La memoria es un campo de lucha: mantener viva la experiencia de la Comuna es resistir a la naturalización del capitalismo y del autoritarismo contemporáneo.

Desde esta óptica, la Comuna reaparece como “contramodelo histórico”: un intento de subordinar la economía a las necesidades humanas y no al beneficio privado.

El “precariado” y la vigencia comunera

Autores contemporáneos han señalado la emergencia de un “precariado global”: trabajadores sin estabilidad, derechos ni representación política efectiva. Esta condición produce fragmentación social, desafección política y vulnerabilidad frente a discursos autoritarios.

La Comuna, en contraste, apostó por recomponer el lazo social desde la acción colectiva, mostrando que la inseguridad no es un destino inevitable, sino una construcción política.

El auge global de fuerzas de ultraderecha en el siglo XXI no puede entenderse sin el contexto neoliberal. Estas corrientes retardatarias capitalizan el miedo social generado por la precarización; promueven un orden autoritario, excluyente y represivo; y defienden jerarquías sociales rígidas y nacionalismos agresivos.

Investigaciones recientes muestran que la ultraderecha se articula hoy de forma transnacional, compartiendo narrativas contra los derechos sociales, el pluralismo y la democracia sustantiva.

Históricamente, esto no es nuevo: del mismo modo que la Comuna de París fue aplastada por una coalición ultraconservadora que invocaba “orden” y “seguridad”, hoy la ultraderecha propone soluciones autoritarias frente a crisis que ella misma no instrumentaliza.

La Comuna de París como horizonte ético‑político hoy

En el siglo XXI, la Comuna no es un modelo para copiar mecánicamente, sino un símbolo de resistencia frente a la opresión estructural; una “memoria incómoda” que desafía la idea de que “no hay alternativas”; y un recordatorio de que la democracia puede ser social, económica y radical, no solo formal.

Frente a un mundo marcado por la desigualdad extrema, la mercantilización de la vida y la tentación autoritaria, la Comuna de París sigue interpelando al presente como gesta emancipadora inacabada.

Perspectiva histórica

La Comuna de París no fue una anomalía histórica ni una utopía ingenua, sino un ensayo concreto de poder popular, breve pero profundamente transformador. Su derrota no invalida su proyecto; por el contrario, ilumina los desafíos que enfrentan hoy las luchas emancipatorias. En tiempos de regresión democrática y ofensiva reaccionaria, la Comuna sigue interpelando al presente como horizonte de posibilidad, recordándonos que otro orden social no solo es deseable, sino históricamente practicable.

La Comuna de París fue un movimiento insurreccional que gobernó la capital francesa entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871, durante 72 días, en un contexto de crisis nacional profunda. Su surgimiento estuvo directamente ligado a la derrota de Francia en la guerra franco‑prusiana (1870‑1871), al colapso del Segundo Imperio de Napoleón III y a la humillante capitulación firmada por el gobierno encabezado por Adolphe Thiers, representante de una coalición conservadora, monárquica y oligárquica asentada en Versalles.

Esta gesta popular fue una experiencia revolucionaria breve, pero de enorme densidad histórica, surgida en un contexto de derrota militar, crisis del Estado y pugnacidad social tras la guerra franco‑prusiana. Durante poco más de dos meses, sectores populares parisinos —obreros, artesanos, guardias nacionales— ensayaron una forma inédita de “poder político desde abajo”, basada en la autogestión, la democracia directa y la igualdad social.

En ese sentido representó la primera experiencia moderna de gobierno proletario, así como un laboratorio de políticas sociales avanzadas para su tiempo: separación Iglesia‑Estado, derechos laborales, control obrero, educación laica, protagonismo político de las mujeres y una ruptura radical con el Estado liberal‑burgués del siglo XIX.

Su derrota violenta durante la “Semana Sangrienta” no fue solo militar, sino simbólica: marcó el límite que las élites estaban dispuestas a imponer frente a cualquier intento de reorganización social igualitaria.

Antítesis del orden dominante

Políticamente, la Comuna cuestionó tres pilares centrales del poder moderno:

  1. El Estado centralizado: sustituyéndolo por comunas federadas.

  2. La representación política tradicional: reemplazada por mandatos revocables.

  3. La propiedad privada como principio absoluto: abriendo paso a formas de gestión colectiva del trabajo.

Este proyecto fue percibido como una “amenaza existencial” por el orden burgués europeo. La represión masiva no solo buscó restaurar el control, sino disciplinar al movimiento obrero internacional, enviando un mensaje claro: cualquier alternativa radical sería aplastada sin concesiones.

La negativa del pueblo parisino —en particular de la Guardia Nacional, compuesta mayoritariamente por obreros y sectores populares armados— a aceptar el desarme impuesto por el gobierno central fue el detonante inmediato de la insurrección. El intento de incautar los cañones de Montmartre el 18 de marzo provocó una ruptura definitiva entre París y Versalles, abriendo paso a la proclamación de un poder autónomo basado en la soberanía popular.

Democracia radical y autogobierno popular

Desde una perspectiva emancipatoria, la Comuna de París constituyó el primer gobierno de la clase obrera en la historia, no solo por su base social, sino por la forma en que redefinió el ejercicio del poder político. Instauró un sistema de democracia directa y revocable, donde todos los cargos públicos eran elegidos por sufragio universal y podían ser destituidos en cualquier momento, percibiendo salarios equivalentes a los de un obrero calificado.

Este modelo rompía radicalmente con el Estado liberal‑burgués del siglo XIX, sustituyendo la representación elitista por un poder comunal basado en la activa participación, la autogestión y el control popular. La separación entre Iglesia y Estado, la secularización de la educación y la abolición del Ejército permanente expresaban una voluntad de desmantelar los pilares ideológicos y coercitivos del viejo orden.

Sujeto obrero, mujeres y solidaridad de clase

 

El rol que jugó la mujer en la Comuna de París fue trascendental: una de las referentes femeninas fue la maestra y poeta Louise Michel, llamada la «virgen roja».

Sociológicamente, la Comuna fue una experiencia de autoorganización de clase. Obreros, artesanos, empleados y sectores empobrecidos de la pequeña burguesía convergieron en un proyecto común que desbordó las identidades corporativas tradicionales. La ocupación de talleres abandonados y su puesta en funcionamiento bajo gestión cooperativa anticiparon formas de socialismo autogestionario que desafiaban la propiedad capitalista.

Un aspecto central, a menudo invisibilizado, fue el protagonismo de la mujer que logró organizarse en espacios como la Unión de Mujeres para la Defensa de París. Aunque privadas del derecho formal al voto, desempeñaron un papel clave en la producción, la asistencia social, la educación laica y la defensa armada de la Comuna, cuestionando las relaciones patriarcales vigentes.

Derrota y represión: la violencia del orden establecido

La derrota de la Comuna durante la llamada “Semana Sangrienta” (21‑28 de mayo de 1871) reveló el carácter profundamente violento del Estado burgués cuando se ve amenazado en sus fundamentos. El Ejército de Versalles, con el beneplácito de Prusia, reprimió la experiencia comunal con una brutalidad extrema: decenas de miles de comuneros fueron asesinados, encarcelados o deportados.

Desde una óptica emancipatoria, esta represión sangrienta constituyó una estrategia consciente de restauración del orden de clase, que buscó borrar el ejemplo histórico de un poder popular efectivo.

Lecciones de emancipación y democracia de la Comuna de París para el siglo XXI

Una primera lección fundamental para el siglo XXI es que la democracia no puede reducirse a procedimientos formales. La Comuna mostró que el sufragio, sin control popular permanente, tiende a convertirse en un mecanismo de reproducción del poder de las élites. Frente a ello, los comuneros impulsaron formas de democracia directa, con funcionarios electos y revocables, salarios equiparados a los de los trabajadores y una clara desconfianza hacia el Estado burocrático heredado. En un mundo contemporáneo marcado por el vaciamiento de las instituciones democráticas, el autoritarismo y el desconocimiento del derecho internacional, esta experiencia subraya la necesidad de profundizar —y no limitar— la democracia.

En segundo lugar, la Comuna deja una enseñanza clave sobre la relación entre emancipación social y poder político. Lejos de limitarse a reformas parciales, los comuneros comprendieron que la justicia social exige transformar las estructuras del poder económico y estatal. La autogestión de talleres, la separación entre Iglesia y Estado y la centralidad del trabajo anticiparon debates actuales frente al neoliberalismo, que subordina la vida social a la lógica del mercado y debilita los derechos colectivos.

Finalmente, la violenta represión que puso fin a la Comuna revela una lección amarga pero vigente: cuando los sectores populares cuestionan de raíz el orden existente, las élites recurren a la coerción. La “Semana Sangrienta” evidencia los límites de la tolerancia liberal frente a proyectos emancipadores y resuena hoy en un contexto de guerras, criminalización de la protesta social y ascenso de fuerzas de ultraderecha que buscan imponer un orden social excluyente, autoritario y profundamente desigual.

En síntesis, la Comuna de París sigue interpelando al presente al recordarnos que la democracia real, la justicia social y la emancipación no son concesiones del poder, sino conquistas colectivas que requieren organización, participación y una defensa activa frente a la represión y el autoritarismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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