abril 8, 2026 12:35 pm
La guerra que Trump no entendió

La guerra que Trump no entendió

POR CLARA LÓPEZ OBREGÓN /

A continuación, el texto de la más reciente columna periodística de la senadora Clara López Obregón para ‘Diario Red’.

Cómo una apuesta de fuerza terminó acelerando el mundo que quería evitar.

Donald Trump quiso una guerra corta. Un golpe de fuerza que reafirmara la supremacía militar de Estados Unidos y disciplinara a Irán. Obtuvo exactamente lo contrario. Lo que comenzó como una ofensiva sin estrategia clara terminó desatando una crisis de alcance global: una disrupción energética sin precedentes, una presión inflacionaria extendida y una reconfiguración geopolítica que fortalece, paradójicamente, a sus principales rivales.

El tiempo para dar fin a la guerra se acorta. Apenas se agoten las reservas almacenadas y el mercado asuma que la escasez va para largo, el precio del petróleo podría trepar rápidamente a 200 dólares el barril. La recesión mundial subsiguiente podría superar, en los efectos globales, a la pandemia del Covid-19.

Trump subestimó a Irán. El error fue de diagnóstico. No un poder militar que no tiene, sino porque Irán entendió mejor que el poder real hoy reside en las vulnerabilidades del sistema global. Irán no necesita derrotar a Estados Unidos en el campo de batalla. Le basta con alterar el funcionamiento del mercado energético mundial. Y eso es exactamente lo que está haciendo.

El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo global, se ha convertido en el epicentro del conflicto. No se requiere un bloqueo total. Con generar el riesgo de ataques selectivos, amenazas creíbles, basta. Un solo dron o una lancha cargada de explosivos que dañe uno de los cien tanqueros diarios que deben cruzar el estrecho es suficiente para que se cancelen los seguros marítimos y no naveguen más los tanqueros. El resultado ha sido inmediato: caída de la oferta, disrupción de flujos y presión sostenida sobre los precios.

Estados Unidos descubrió, en tiempo real, el límite de su supuesta autosuficiencia energética. Ser el mayor productor de petróleo del mundo no protege a una economía profundamente integrada en el mercado global. El precio del petróleo no se fija en Texas, sino en el equilibrio mundial y el descontento electoral en la gasolinera.

La paradoja estratégica es evidente. Mientras EE.UU. bombardea a Irán, Washington se ve obligado a aliviar sanciones para permitir que más petróleo —incluido el iraní— llegue al mercado y contenga los precios. En otras palabras, la guerra termina financiando parcialmente al adversario. Esto no es una contradicción menor. Es la prueba de que la estrategia nunca fue coherente.

Pero el efecto más profundo es otro: la crisis ha devuelto la energía al centro de la geopolítica como arma estructural. Y en ese nuevo escenario, el petróleo deja de ser garantía de poder para convertirse en fuente de vulnerabilidad.

Ahí aparece China como el verdadero ganador. Mientras Estados Unidos profundiza su apuesta por los combustibles fósiles, China ha invertido durante años en electrificación, energías renovables y control de las cadenas de suministro tecnológico. Hoy está en posición de ofrecer al mundo algo que el petróleo ya no garantiza: estabilidad con los paneles solares, calentadores de paso y vehículos eléctricos requeridos para hacer la transición energética ya.

La lección es contundente. La verdadera seguridad energética no está en producir más petróleo, sino en depender menos de él. Y esa transición —que Trump intentó frenar— ha recibido con esta guerra un impulso inesperado. Cada país que hoy enfrenta precios altos, escasez o incertidumbre energética está tomando nota. La respuesta no será más dependencia, sino más autonomía: electrificación, renovables, diversificación. Es decir, exactamente el camino que fortalece el modelo chino.

La ironía es difícil de ignorar. La guerra impulsada por el gobierno más favorable a los combustibles fósiles puede terminar siendo el mayor acelerador de la transición energética global. Lejos de debilitar a Irán de forma decisiva, el conflicto deja un mundo más inestable: un régimen herido, pero con capacidad estratégica para resistir, una economía global tensionada y un precedente peligroso en el uso del “arma energética”.

Pero, sobre todo, deja una enseñanza estratégica. En un mundo interdependiente, el poder no se mide solo en capacidad militar, sino en comprensión del sistema que apunta hacia la colaboración como imperativo estratégico. Y cuando esa comprensión falla, incluso la mayor potencia del mundo puede terminar fortaleciendo aquello que quería derrotar.

@ClaraLopezObre

https://www.diario-red.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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