LA JORNADA /
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aterrizó el pasado miércoles 13 de mayo en Pekín para encontrarse con su homólogo Xi Jinping en una visita de Estado de dos días. Se espera que los principales temas de conversación sean el comercio, la guerra contra Irán y la constante venta de armas estadounidenses a Taiwán, la isla china que mantiene un régimen separatista desde 1949.
Se trata de una cumbre histórica no sólo por la escasa frecuencia de los viajes que se pagan entre sí los dirigentes de las dos mayores economías del planeta, sino porque nunca un inquilino de la Casa Blanca había acudido a la República Popular con una desventaja tan abrumadora como inocultable.
Uno de los principales problemas para Trump es la insalvable distancia entre sus ambiciones y sus posibilidades. Así lo mostró, al indicar que su primera petición al presidente Xi, “un líder de extraordinaria distinción”, será abrir China “para que estas personas brillantes puedan hacer su magia”, en referencia a Elon Musk (director ejecutivo de Tesla y SpaceX), Tim Cook (Apple), Jensen Huang (Nvidia) y los otros dueños y directivos de megacorporaciones tecnológicas incorporados a su delegación.
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Si bien es habitual que los mandatarios se hagan acompañar de capitanes de empresa durante visitas de Estado en las que la agenda tiene un fuerte componente económico, la actual es una situación sin precedente debido a la deriva oligárquica estadounidense y la total confusión del poder político con el del dinero bajo el trumpismo. Así, es inevitable preguntarse quién es el verdadero jefe de la comitiva cuando Elon Musk, el hombre más acaudalado del planeta, posee intereses incuantificables en China y fue también el mayor donante de la campaña presidencial de Trump.
Resulta cuando menos desafortunado que la primera petición esté condenada al fracaso: la “apertura”, centrada en las grandes compañías que dominan la escena estadounidense de la Inteligencia Artificial (IA), no tiene manera alguna de prosperar cuando las principales –Google, Microsoft, Amazon Web Services, Nvidia, OpenAI, Reflection y SpaceX– ya han firmado entendimientos para colaborar con el Pentágono. Dado que el contenido de dichos acuerdos se mantiene en secreto, nadie puede descartar que dar acceso a esas empresas equivalga a poner toda la información personal, privada y gubernamental de un país al alcance del espionaje estadounidense.
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El otro aprieto para Trump y los suyos es la posición de debilidad desde la que deberán entablar negociaciones. En el plano interno, lo único que sostiene a la administración republicana es la lealtad –o complicidad, según se vea– de sus correligionarios en el Congreso y la adhesión sin fisuras de su base electoral (en torno a una tercera parte de la ciudadanía), pero ha perdido a los votantes independientes, encara unas espinosas elecciones de medio término y destruyó su mayor fuente de apoyo: la creencia de que es un mejor gestor de la economía que sus adversarios demócratas. En abril, la inflación general saltó a 3.8 por ciento, un nivel no visto desde 2023, cuando el magnate neoyorquino se solazaba criticando la “ineptitud” de su antecesor.
En este escenario, el encuentro parece encaminado a marcar un punto de inflexión en el equilibrio de poderes como no ha tenido lugar desde el colapso de la Unión Soviética o acaso desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
El peligro para la humanidad radica en el carácter voluble e imprevisible de Trump, así como en su tendencia a echar mano de la fuerza como cortina de humo ante sus fracasos.
La Jornada, México.



