mayo 14, 2026 11:53 am
Mirada crítica sobre la diversidad de patriarcados, el capitalismo y el cuerpo de las mujeres como disputa

Mirada crítica sobre la diversidad de patriarcados, el capitalismo y el cuerpo de las mujeres como disputa

POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /

Rita Segato, reconocida antropóloga y feminista argentina radicada en Brasil, plantea una visión disruptiva sobre el patriarcado al afirmar que «no todos los patriarcados son iguales ni tienen el mismo costo en vidas». Esta perspectiva invita a repensar las estructuras de poder y violencia, especialmente en el contexto contemporáneo, donde el capitalismo y la baja empatía juegan un rol fundamental.

Dentro de este marco de referencia es preciso aproximarse a la diversidad de patriarcados, el impacto del sistema económico y el cuerpo de las mujeres como espacio de disputa.

Segato advierte que el patriarcado no es un fenómeno homogéneo; existen múltiples formas, cada una con características y consecuencias particulares. En algunas sociedades, la violencia contra las mujeres se manifiesta de manera más brutal y letal, mientras que en otras se expresa a través de mecanismos simbólicos o institucionales. Reconocer esta diversidad es crucial para entender por qué ciertas regiones experimentan tasas alarmantes de feminicidio y otras formas de violencia de género, mientras que otras se enfrentan a opresiones más sutiles, pero igualmente dañinas.

Desde la óptica de esta antropóloga, el capitalismo exige individuos con baja empatía para garantizar su funcionamiento. La lógica de la competencia, la acumulación y la instrumentalización de las relaciones humanas genera condiciones donde la insensibilidad se convierte en virtud, y la empatía, en obstáculo. Este sistema potencia la deshumanización y legitima la explotación, afectando especialmente a quienes ocupan posiciones vulnerables, como las mujeres, cuya subjetividad y corporalidad son sistemáticamente relegadas y cosificadas.

El cuerpo de las mujeres: campo de entrenamiento en el patriarcado contemporáneo

Segato sostiene que el cuerpo de las mujeres sigue siendo el principal campo de entrenamiento del patriarcado, incluso en el siglo XXI. Las prácticas de control, violencia y disciplinamiento sobre el cuerpo femenino se perpetúan y adaptan, reflejando la capacidad del sistema para reinventarse. El cuerpo femenino se convierte en territorio de experimentación y sometimiento, donde se ensayan formas de dominación que luego pueden ser extendidas a otros grupos sociales. Esta dinámica evidencia la persistencia de la violencia de género y su centralidad en la reproducción del orden patriarcal.

Las ideas de Rita Segato permiten comprender la complejidad y vigencia del patriarcado en el contexto actual, así como su relación intrínseca con el capitalismo y la baja empatía.

Reconocer la diversidad de patriarcados y el rol del cuerpo de las mujeres como campo de entrenamiento invita a cuestionar estrategias de resistencia y transformación social. Solo a través de un análisis crítico y reflexivo es posible imaginar alternativas que desafíen estas estructuras y promuevan una sociedad más justa y empática.

De ahí que, desde su perspectiva antropológica y feminista, Segato plantea un análisis profundo sobre las múltiples formas que adopta el patriarcado en la historia y en la actualidad. Su distinción entre un “patriarcado de baja intensidad” y otro de “alta letalidad” es clave para entender cómo las estructuras de poder han marcado el destino de las mujeres en diferentes contextos sociopolíticos.

El primero, vinculado a sociedades comunitarias y precoloniales, se caracteriza por una jerarquía que, aunque presente, permite cierta reciprocidad y politicidad en el espacio doméstico. En este modelo, las mujeres conservan mecanismos de protección comunitaria y la violencia, aunque existe, no alcanza niveles de destrucción sistemática.

Sin embargo, la llegada de la colonización y el avance del capitalismo transforman radicalmente este escenario. El “patriarcado de alta letalidad” impone una lógica de crueldad y aniquilación, donde la violencia contra las mujeres se convierte en un mensaje social y político. Aquí, el cuerpo femenino deja de ser un territorio a conquistar y pasa a ser el campo de batalla mismo, utilizado para demostrar lealtad y poder dentro de la hermandad masculina. Esta forma de patriarcado no solo subordina, sino que destruye; la violencia deja de ser incidental y se vuelve estructural, alimentada por economías ilegales, fuerzas paraestatales y una pedagogía de la crueldad que enseña a la sociedad a mirar sin sentir.

La anécdota del hombre en la cárcel de Brasil, que confiesa no entender por qué cometió una violación si no lo necesitaba, sirve como punto de partida para el análisis de Segato. Ella observa que este tipo de violencia no responde a necesidades individuales, sino que es una manifestación de una estructura de poder que exige demostrar masculinidad a través del daño.

El “mandato de masculinidad”, impuesto desde la infancia, obliga a los hombres a probar su hombría mediante la fuerza, la distancia emocional y la capacidad de causar sufrimiento. Este mandato es la base sobre la que se sostiene el patriarcado de alta intensidad.

Políticamente, Segato advierte que la fe ciega en el Estado y en los avances legales puede ser una trampa. Aunque se promulguen leyes para proteger a las mujeres, los cuerpos siguen apareciendo en fosas y la violencia no cesa. Esto evidencia que las estructuras de dominación –racial, colonial, económica y de género– están profundamente entrelazadas, y que la violencia contra las mujeres es el síntoma más visible de una maquinaria de poder que opera tanto dentro como fuera del Estado.

La impunidad y la crueldad no son fallas del sistema, sino parte integral de su funcionamiento.

Desde una perspectiva sociológica, el análisis de Segato invita a repensar el proyecto histórico de las sociedades. Propone reconstruir tejidos comunitarios, recuperar la politicidad del espacio doméstico y aprender de las formas de organización que sobreviven en pueblos originarios.

No se trata de idealizar el pasado, sino de reconocer que existen alternativas históricas y sociales a la lógica de acumulación y destrucción del capitalismo. El patriarcado de baja intensidad, aunque jerárquico, permitía una convivencia más equitativa y protegía a las mujeres mediante vínculos comunitarios; la colonización y el capitalismo eliminan esos mecanismos, instalando una pedagogía de la crueldad que se refleja en la violencia cotidiana y en la indiferencia social.

En conclusión, Segato nos ofrece herramientas para nombrar y entender una realidad compleja: la violencia contra las mujeres no es un hecho aislado, sino el reflejo de una estructura de poder que sostiene todas las demás dominaciones.

El reto es desmontar el mandato de masculinidad y reconstruir espacios de protección y reciprocidad, tanto dentro como fuera del Estado. Solo así se podrá enfrentar el patriarcado de alta letalidad y avanzar hacia sociedades justas y solidarias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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