Palabras de la Presidenta del PDA
Clara López Obregón
Acto de instalación del IV Congreso Nacional
Salón Rojo del Hotel Tequendama
15 de mayo de 2015
Durante el corto espacio de tiempo transcurrido entre el III Congreso Nacional del Polo Democrático y el que hoy instalamos, escasos dos años y medio, hemos visto la consolidación de fenómenos políticos y sociales que abren perspectivas positivas para el cambio alternativo, tanto en lo internacional como en los nacional. El péndulo de las luchas por la igualdad social y la democracia ampliada parece estar de regreso y el mundo unipolar de la globalización neoliberal, de salida. Nuestro reto en la actualidad consiste en prepararnos para asumir con éxito la responsabilidad que como partido del cambio nos corresponde en la presente coyuntura.
La crisis de los países desarrollados, iniciada a partir de 2008 y que todavía perdura, tuvo su origen en una de las columnas vertebrales de la ideología neoliberal, la desregulación de los mercados y dejó al descubierto las contradicciones propias del fundamentalismo de mercado con que los gobiernos europeos y de los Estados Unidos desmontaron el Estado de bienestar después de la caída del Muro de Berlín. En efecto, confrontados los gobiernos de los países desarrollados con el inminente colapso de las entidades financieras que cabalgaron sobre la especulación que desató la desregulación financiera, escogieron el camino ya recorrido por Colombia y otros países del Tercer Mundo, consistente en gastar los presupuestos públicos en el rescate de las grandes corporaciones, al costo humano de millones de desempleados, la pérdida de sus ahorros acumulados y del desalojo de sus viviendas.
Igual conducta siguieron los gobiernos de corte neoliberal y los de corte socialdemócrata, generando una reacción popular que dio nacimiento a una especie de sublevación global con el advenimiento de Indignados en todas las latitudes acompañada de una creciente consciencia ciudadana de la injusticia reinante, que el modelo neoliberal agudiza por promover la creciente concentración de los beneficios del producto social en pocas manos y con saldo de sufrimiento extremo de parte de las clases sociales más vulnerables pero también de las clases medias acostumbradas ya a una estabilidad económica que ven esfumarse.
Ese ha sido el éxito del denso texto de Thomas Picketty, un impensable bestseller mundial de más de 800 páginas de extensión, de no ser porque describe el fenómeno sobresaliente de la contradicción insoluble del modelo económico neoliberal. La investigación histórica de la desigualdad manifestada en las tendencias de la distribución del ingreso en país tras país, le lleva a concluir que en aquella sociedades donde la acumulación del capital crece a tasas mayores que el producto social en su conjunto, se produce una concentración del ingreso y del capital tal, que se llega a una concentración tal del poder político que reemplaza la regla de oro de la democracia de una persona, un voto, por el de tantos millones de pesos, dólares o euros con capacidad decisoria por encima de los votos. Concentración de poder económico y concentración de poder político se refuerzan mutuamente hasta dar al traste con el principio democrático.
Esta incompatibilidad del modelo económico con un modelo de democracia real ya había sido diagnosticado y puesto a prueba por los electores de la mayoría de los países de América Latina, donde la década que siguió a las crisis económicas de los años 80 y 90, experimentó el cambió en el signo político en una docena de países que eligieron gobiernos progresistas, alternativos o de izquierda: Venezuela (1999, 2007, 2013), Brasil (2003, 2014), Argentina (2003, 2007, 2011), Panamá (2004), Uruguay (2004, 2010, 2014), Chile (2006, 2014), Bolivia (2006, 2010, 2014), Honduras (2006), Ecuador (2006, 2009, 2013), Nicaragua (2007), Paraguay (2008), El Salvador (2009, 2014). En Europa el triunfo de Siryza en Grecia y el auge de Podemos en España son muestra de que allí también se puede reproducir el fenómeno.
Colombia no figura en la lista de la ola de cambio en América Latina. Una de las explicaciones más plausibles de esta situación tiene que ver con la existencia de un conflicto armado interno que ha producido 7 millones de víctimas directas, la eliminación física de una generación casi completa de luchadores sociales, dirigentes de izquierda y personalidades democráticas, entre quienes se encuentran tres candidatos en la sola contienda presidencial de 1990: Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro y Luis Carlos Galán.
La ferocidad de las dictaduras del Cono Sur produjeron en su conjunto menos víctimas entre la izquierda democrática de sus países, que las que padeció Colombia bajo gobiernos civiles. La matriz de opinión que se ha generado en Colombia suele explicar, cuando no justificar, la violencia política por parte de paramilitares, narcotraficantes y sectores de la fuerza pública en la lucha antisubversiva, sin parar mientes en que miles de los caídos fueron civiles desarmados y no guerrilleros.
Durante esta misma etapa, Colombia experimentó una fuerte concentración de la tierra, del ingreso y de la propiedad accionaria que la coloca hoy como uno de los países más desiguales sobre la tierra. El conflicto armado, el modelo económico y la violencia política dirigida parecieran ser todos elementos de una muralla erigida para impedir el cambio del modelo económico y social imperante en Colombia. En la actualidad hay un evidente desgaste de los partidos políticos tradicionales y del Gobierno Nacional que encabeza el Presidente Juan Manuel Santos acompañado de un evidente deterioro de la situación económica nacional, con repercusión en las finanzas públicas y en el aparato productivo nacional. Al lado de la crisis económica que avanza, hay que señalar la crisis moral del Estado que se profundiza ejemplificada en el hecho gravísimo de la contaminación por corrupción en la más alta corte del país que se pretende soslayar con una nueva reforma constitucional, completando 36 en la vía de desmontar el Estado social y democrático de derecho y de recentralizar el poder público en manos del Ejecutivo.
De otra parte, durante el periodo entre nuestros dos últimos congresos, se ha consolidado, no sin dificultades, un proceso de negociación y diálogo entre el gobierno y la insurgencia que, de tener éxito, abriría las compuertas para ensanchar la democracia colombiana y despejar el camino a las reformas. Liquidar la guerra, construir la paz y la reconciliación nacional se inscribe en la lucha por desarrollar una verdadera democracia en medio de la cual se pueda forjar la más amplia unidad de los sectores democráticos para concretar los cambios que necesita Colombia. Cambios en el modelo de desarrollo, cambios en el régimen político y relevo de una clase gobernante que es la responsable directa del deterioro social y moral que vive la sociedad colombiana.
En las mesas de diálogo, las fuerzas del continuismo buscan lo que se ha denominado una paz negativa que se limite al desarme, la desmovilización y la reintegración a la vida civil de los insurgentes. Una paz sin reformas sería insostenible o por lo menos inestable. Por el camino de profundizar el modelo económico neoliberal, por el camino de sacarle el cuerpo a las reformas sociales, por el camino de acumular riquezas sin tener en cuenta las necesidades del pueblo colombiano, no será posible construir una democracia y una paz estable y duradera.
A ese modelo debemos oponer la paz positiva, que implica la culminación exitosa del proceso de negociación y la firma de acuerdos con las FARC; el inicio de las negociaciones y culminación exitosa del proceso y firma de acuerdos con el ELN; la refrendación popular de los acuerdos con la más amplia legitimidad posible; la implementación de los acuerdos con una perspectiva de desarrollo e integración de las regiones, prevalencia de los derechos, profundización y consolidación de la democracia y superación de la desigualdad.
Si bien es cierto que las clases gobernantes no la tienen fácil para imponer una paz negativa, también es cierto que el movimiento insurgente no podrá lograr esas transformaciones en la mesa de negociaciones. Esto quiere decir que solo con una participación activa a través de la movilización social y política será posible conquistar la paz y los cambios que siempre ha soñado el pueblo colombiano.
La tarea de las fuerzas comprometidas con el cambio, como es el caso del Polo Democrático Alternativo, es enorme. De eso se trata el IV Congreso Nacional del partido que nos congrega después de un proceso de elección popular de los 722 delegadas y delegados que hoy iniciamos nuestras deliberaciones. No hay duda alguna que el Polo ha recuperado la senda de crecimiento y desarrollo, después de dificultades que amenazaron con destruirlo. A comienzos del año pasado en la prensa se vaticinaba que el Polo no superaría el umbral necesario para elegir una bancada parlamentaria ni para presentar su candidatura presidencial. Hoy podemos responder con orgullo que salimos fortalecidos de ese reto y que hoy en la consulta del partido participaron dos y media veces más militantes y simpatizantes que en la del Congreso anterior.
Para el Polo Democrático Alternativo, la crisis generalizada que toca el andamiaje de la justicia, el equilibrio de las ramas del poder público, el empleo y la capacidad adquisitiva de los colombianos nos obliga a actuar organizada y efectivamente en función de los cambios en lo político, lo económico y lo social. Surge la pregunta, ¿pueden quienes hoy detentan el poder y el gobierno impulsar o garantizar los cambios requeridos? ¿Alguien puede pensar que el gobierno del Presidente Santos o quienes se oponen a dicho gobierno desde la ultraderecha uribista pueden impulsar y concretar los cambios que resuelvan los graves problemas que afectan a los colombianos? La respuesta es clara: No es posible. Esas estructuras de poder están agotadas y, además, son corresponsables de los problemas que nos aquejan.
El Polo Democrático Alternativo le notifica a la sociedad colombiana: estamos unidos y en capacidad de asumir las riendas del país en la etapa posterior a la firma de los acuerdos entre el Gobierno y la insurgencia; estamos en capacidad de garantizar la construcción de un modelo de paz positiva, con la concreción de las reformas que el país necesita para avanzar en democracia y consolidar una paz estable y duradera. Sin lugar a dudas, para asumir este reto debemos crecer hasta convertirnos en un partido fuerte y numeroso capaz de proyectar y participar en el proceso de la unidad de las fuerzas democráticas, conectado con la realidad y los corazones de las clases trabajadoras, de los empresarios del campo y de la ciudad, de los campesinos, las poblaciones vulneradas y vulnerables, los jóvenes, las mujeres y las capas medias, hoy en riesgo de incorporarse al precariado, esa nueva categoría de inestabilidad laboral, informalidad y rebusque que se ha convertido en la regla general del trabajo remunerado en un mercado laboral donde se considera afortunado a quien logra conseguir un contrato de tres meses de duración.
No debemos cejar sino avanzar en la movilización social y política que ha mostrado una y otra vez su efectividad. Los paros campesinos, la suspensión de la venta de ISAGEN por parte del Consejo de Estado y la decisión de prohibir las aspersiones aéreas con glifosato cancerígeno, así lo demuestran.
En las elecciones presidenciales del año pasado donde en alianza con la Unión Patriótica obtuvimos dos millones de votos y en las internas del pasado 19 de abril con 418.000 votos de militantes y simpatizantes ligados al trabajo partidario, logramos votación en prácticamente todos los municipios de Colombia. Debemos convertir esa votación en actividad y presencia partidaria organizada. Propongámonos en los próximos dos años, triplicar nuestra presencia nacional, entendiendo que en cada municipio donde hay votación existe el potencial para forjar partido, convergencia y unidad. Debemos superar la espontaneidad en nuestra actividad comunicacional y organizativa, debemos crear las condiciones financieras que nos permitan regularizar un periódico, hacer una realidad las escuelas de formación y desarrollar los lineamientos organizativos que nos permitan convertir la simpatía electoral en acción y movilización.
No es suficiente tener la razón. Es imperativo convencer que tenemos la razón. Para ello necesitamos un partido fuerte con vocación de poder fincado en la organización disciplinada, la formación de cientos, ojalá miles, de militantes, cuadros y dirigentes en todos los territorios, sectores sociales y poblacionales. En los debates previos, los jóvenes levantaron con fuerza la exigencia de que el partido organice un centro de investigación y las escuelas de formación política, tanto a nivel nacional como en las regiones. Esa tarea no se debe seguir aplazando. Las luchas sociales y políticas también nos reafirman en el camino de la movilización. Las proposiciones que se han venido construyendo con amplia participación de muchos delegados y delegadas dan cuenta del entusiasmo con que se ha abordado este Congreso: la formulación de una política de paz del PDA, las proyección de la unidad y la convergencia alternativa, la convocatoria a una Cumbre para debatir el modelo propio y alternativo de desarrollo, los lineamientos de desarrollo rural, política minero-energética, política medioambiental, desarrollo e integración regional, entre tantas otras que analizaremos en las comisiones, deben arrojar mandatos claros que nos permitan fundamentar nuestra opción para ser gobierno dado que el péndulo del cambio está a la orden del día por las contradicciones insalvables del modelo del fundamentalismo de mercado del Consenso de Washington que coincide con la finalización del conflicto armado en Colombia.
Este será el Congreso de las definiciones políticas y de la proyección del partido acorde con la vocación de poder que hemos moldeado en el trasegar de la tormentosa crisis que recién hemos superado; en la capacidad que nos demanda la actual coyuntura para colocar por encima de nuestras diferencias la vocación unitaria; en la reafirmación de nuestro compromiso con el cambio y la transformación de Colombia.
¡Estamos listos para gobernar! El próximo 25 de octubre ¡seremos gobierno en Bogotá! En el 2018, aspiramos disputar con éxito la presidencia de la República.
Este partido que fundamos hace diez años con Carlos Gaviria siente un profundo dolor por reciente partida que nos deja un inmenso vacío. El mejor homenaje que podemos hacer a su memoria es recordar sus lecciones e incorporarlas a la práctica diaria. El Comité Ejecutivo Nacional ha querido dedicar este Congreso a honrar su memoria. Como lo he reiterado en muchas ocasiones a Carlos Gaviria no solo tenemos que alabarlo sino principalmente imitarlo. La unidad fue siempre una de sus obsesiones y la admonición que no debemos jamás olvidar, una de sus tantas lecciones: Actuar y hablar “sin sectarismo, pero sin ambigüedades.” Levantemos un aplauso a Carlos Gaviria y a su legado.
Hasta siempre Maestro Carlos Gaviria, ¡su ejemplo ilumina nuestras acciones!
¡Vive el Polo Democrático Alternativo!
¡Arriba la esperanza que el futuro nos pertenece!
Polo Democrático Alternativo, ¡listos para gobernar!